El filósofo alemán Fichte dijo aquello de “filosofar es no vivir, vivir es no filosofar”. Cabría sustituir el término filosofar por lo poético y tendríamos lo que hoy podríamos decir: “lo poético es no vivir, vivir es no querer saber nada de lo poético”. Veámoslo de otro modo. El hombre sumergido en el turbulento tráfago de vivir, carece de actitud adecuada para contemplar el contenido poético de las cosas, y viceversa. Recordemos la distinta objetivación de una misma cosa según la diversa mentalidad de quién la contempla. El poeta Campoamor, hoy desconocido, ay, para tantos, puede servirnos de ejemplo con su poema “la opinión”, en el que el cadáver de una joven para un filósofo es “uno menos”; y para un poeta “un ángel más”. Esta ejemplificación puede resultar algo exagerada, pero pocas veces el ejemplo aclara la explicación; al menos yo no lo he conseguido.
Y ¿a cuento de qué viene todo esto? Pues vamos a verlo. El abuelo, antes de serlo y contemplar la vida ya casi pasada, estuvo, obviamente, en plena actividad y veía al amplio futuro que le aguardaba, por lo que su lucha con la vida, su vivir era tan intenso que podría llamarse turbulento. El modo de relacionarse con sus hijos era tan distinto al de hacerlo con los nietos como el día y la noche. Sería un enorme error pensar que el cariño por los nietos, es superior al que tiene por sus hijos. Es que han cambiado las circunstancias del punto de vista. Como padre, la vida un frenesí, una duda, una casi lucha. Como abuelo, la vida una serena línea enorme en el pretérito y un punto muy cercano el futuro. Todo esto visto con la quietud de quién comienza a ver la verdad de la vida cara a cara, y se ha alejado hasta casi huir del todo de los afanes de la vida, aún no conseguidos totalmente, pero en vías de cercana solución.
La actitud del abuelo es casi un arrobamiento del alma, en el sentido de que comienza a alcanzar la suspensión de las operaciones voluntarias y, quizás algo menos, de las racionales. Cada vez menos le preocupa el aspecto práctico de la vida y se goza más de la contemplación general de todo cuanto lo rodea. Es rico con solo vivir. No necesita más.
Ahora quiere a sus nietos como son, se alegra de su presencia, de su desinteresada alegría. Si no fuera broma contaría aquello de que el abuelo siente dos alegrías con sus nietos: una, cuando llegan, y otra, cuando se van. Pero tonterías aparte, cuando los padres de estos nietos eran como ellos, su cariño era menos puro porque, entonces, amenazaba el futuro con su temblorosa duda. El amor por los hijos era tan grande como incierto el futuro. Latían en esta relación paternal inquietudes y flaquezas que hoy, con la edad, el tiempo ha disipado, y el futuro ya está aquí. El abuelo ya está en la larga. Todos recordamos cuando más jóvenes aquellas prevenciones: “no hagas tal o cual cosa que luego sale a la larga”. Pues ya llegó la larga.
El abuelo solo necesita ver jugar sanos y alegres a sus nietos. Ya casi no hay futuro para él. O ya no cuenta o lo hace escasamente. Sin embargo este pensamiento es algo que se torna muy grande en el hombre, pues la felicidad está hecha, en esta vida, de pequeñas cosas insignificantes. No le pidamos más, pues difícilmente nos lo va dar este vivir.
Francisco Mena Cantero
De abuelos y nietos




















