Manuel Pérez Tendero
Dos jóvenes sabios
 
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06/11/2011 - 13:23

Estos tres domingos leeremos el capítulo 25 del evangelio según san Mateo. Es el final del discurso de Jesús sobre el fin de los tiempos, que antecede al relato de la Pasión. Son las últimas enseñanzas del Maestro y están dedicadas al tema del final de la historia. Es el último de los cinco discursos de Jesús, que se asemeja a Moisés ofreciendo a los suyos la nueva ley, el nuevo camino para llegar a Dios.

En este capítulo, como en otras ocasiones, Jesús se expresa a través de parábolas, de tres parábolas: las doncellas que esperan al novio, el señor que deja talentos a sus siervos y el pastor que separa las ovejas de las cabras. Leeremos cada una de ellas en cada uno de los domingos. Hoy, podremos escuchar la primera de ellas: la parábola de las diez doncellas, cinco de ellas sabias y cinco necias. También el primer discurso de Jesús finalizó así, contraponiendo una actitud sabia a otra insensata: el que escucha las palabras y las cumple se parece al hombre sabio que edifica su casa sobre roca; con tan buenos cimientos, ningún viento ni lluvia puede derribarla. El hombre necio, en cambio, que edifica su casa sin cimientos en la arena, es aquel que no cumple la palabra de Jesús; deja su vida sin cimientos al quedarse en la palabra, en la escucha, sin transformar su vida en nada.

En la parábola que hoy escuchamos, la sabiduría consiste en estar preparados con antelación. Al final, todas las novias se duermen, pero unas tienen suficiente aceite en la alcuza; el resto, en cambio, no. Las necias piensan que siempre es posible prepararse, a cualquier hora; parece que la vida consiste en el momento fugaz y presente en el que se dice y se improvisa. Pero se equivocan, el novio pasa de largo, se quedan sin boda. Todo lo que nos importa se prepara, especialmente los acontecimientos más positivos y festivos. Jesús no pone, en primer lugar, el ejemplo de un juicio, sino el de una boda. Prepararse para el final no es vivir con sumo cuidado para no tropezar, llenos de miedo por el posible castigo, sino preparar un acontecimiento de dicha, iniciar una nueva vida de amor y fecundidad. Lo que llamamos “Juicio final” es también banquete, bodas de alianza eterna, amor y dicha para siempre. Quien llega no es un juez, sino el esposo enamorado a quien anhelamos como la novia el día de su boda.

El drama de las novias necias no está en su pecado sino en su improvisación. No se han preparado, no han deseado con efectividad el momento de la boda, no han orientado sus vidas desde ese acontecimiento. Eso es lo que quiere Jesús inculcar a sus discípulos: la vida está encauzada por la meta, la “causa final” es la principal de todas las causas que nos mueven; la vida tiene sentido cuando tiene objetivo, intención, proyecto. Eso es la salvación: adelanto de la dicha en los preparativos, anhelo creciente de lo que ya se ha pregustado; deseo, pasión.

Ayer, en la parroquia de santa María de Daimiel, el obispo de Ciudad Real ordenaba diáconos a dos jóvenes de aquel pueblo: Carlos y Francisco José. Me consta que ha habido preparativos para esta especie de boda adelantada que es la ordenación; el esposo de la Iglesia venía a hacerlos sus amigos, testigos de su llegada de Esposo y Salvador. Me pregunto cuánto aceite llevan en la alcuza de su vocación, hasta dónde llega la sabiduría de su respuesta, cuánta sensatez han acumulado en su camino joven hacia la ordenación.

El esposo llegará siempre de improviso, les saldrá al encuentro por los caminos de la vida con retos que ellos no habrían esperado. Tendrán que asumir tareas que desbordan su preparación y sus expectativas. La clave estará en la sabiduría de la que brotará su respuesta. Son jóvenes, como las doncellas, pero necesitan ser sabios, como los ancianos. El aceite se derramará copioso en sus manos consagradas, pero deberán guardar bien ese aceite en la alcuza de su corazón creyente, siempre atento para encender luz en medio de la oscuridad.

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