Ha muerto un personaje relevante de la reciente historia española. Un político cuya memoria difícilmente dejará indiferente a nadie, como han puesto de manifiesto muchas de las notas necrológicas que se publican estos días. Llama la atención que algunas de ellas hayan omitido parte de su biografía, como si hubieran querido hacerle un último homenaje al olvidar su largo historial franquista. Pero se equivocan, porque la vida da muchas vueltas y la síntesis final es lo que cuenta, una síntesis que no puede ser entendida sin el principio de la historia, de su propia historia política, que probablemente le dejara marcado para toda su vida.
Tuve ocasión de tratar por vez primera a Manuel Fraga Iribarne desde que se reincorporó a su cátedra de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, tras su cese como Ministro de Información y Turismo del Gobierno de Franco en 1969, hasta su nombramiento como embajador en Londres en 1973. Fui su alumno en el segundo y tercer curso de la Licenciatura y, años más tarde, formé parte del mismo claustro de profesores en nuestra común Facultad.
En ese tiempo pude comprobar sus diferentes caras y actitudes según sus expectativas o estados de ánimo, viendo en directo cómo se desenvolvía en distintos papeles y escenarios, siempre riguroso, inflexible y autoritario, pero astuto, experimentado y laborioso como pocos.
Primero conocí al Sr. Fraga, así le llamábamos desde la distancia y el temor. Llegaba a clase con paso firme aunque algo escorado al andar y gesto adusto. Iba acompañado de un séquito de al menos dos o tres profesores adjuntos que se sentaban a su alrededor en el estrado. Si en medio de sus explicaciones atisbaba intencionalidad crítica o irónica en alguna pregunta de uno de aquellos alumnos contestatarios, que abundaban en las aulas complutenses de aquellos primeros años setenta, tronaba diciendo “¡Eso es una impertinencia!”. Si algún militante de izquierdas insistía en sus interpelaciones críticas o introducía algún comentario adverso a sus tesis con un poco de vehemencia, no tardaba en dar la temida orden a uno de sus ayudantes: “¡Llame a la policía!”. Ésta que, en aquellos años estaba aposentaba en los propios edificios académicos, tardaba poco más de un minuto en llegar con los cascos hasta las cejas y las porras en la mano. A la voz de “¡Desalojen!”, dejaban el aula limpia en breves instantes. Y más valía salir de los primeros entre aquel pasillo de uniformes grises y correajes de campaña, porque si alguno de los de atrás, creyéndose a salvo, se exaltaba y gritaba algún improperio contra el Sr. Fraga o contra la madre de algún policía, cosa nada infrecuente, se formaba un zafarrancho del que era difícil salir sin llevarse algún porrazo o algún revolcón escaleras abajo entre el apelotonamiento de porreros y receptores de porrazos.
Unos quince años más tarde, cuando algunos de aquellos estudiantes “impertinentes” y otros cuantos compañeros de viaje, ocupando los puestos intermedios del escalafón académico, constituimos por elección democrática el equipo que gobernaría el decanato de aquella Facultad, convivimos con el ya diputado del Parlamento español y fundador del Partido Popular en sus últimos años de catedrático en activo. Entonces pasamos a llamarle don Manuel. Imbuidos por el espíritu de reconciliación propio de la Transición le organizamos un gran acto académico de homenaje y despedida con motivo de su jubilación, presidido por el Rector Gustavo Villapalos. Con una asistencia masiva de alumnos, antiguos alumnos, profesores, políticos de diverso signo y no sin algunas protestas contra el homenajeado y los organizadores, entre una nube de micrófonos, cámaras y periodistas don Manuel impartió emocionado su última lección magistral.
Aquel distante Sr. Fraga, que igual nos explicaba en clase las bondades del Parlamento Británico con palabras atropelladas que terminaba una lección, sin contestar preguntas, levantándose súbitamente del asiento con un “¡Y no tengo nada más que decir”! Aquel temido Sr. Fraga, que mandaba llamar a la policía para desalojar el aula por una simple pregunta que no fuera de su agrado, pasó a ser para nosotros don Manuel cuando lo vimos transitar desde la mesa de los Consejos de Ministros de El Pardo hasta los escaños del hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo. Pastoreaba una manada de lobos descarriados desde las majadas montaraces de la dictadura hacia los rediles compartidos de la incipiente democracia donde, al menos, trató de enseñarles que, en los debates con las ovejas discrepantes, vale ladrar pero no morder.
En la primera conferencia que pronunció en el Club Siglo XXI de Madrid tras su cese como Ministro, un grupo de depredadores con abrigo Loden verde, despotricaban con saña en un corrillo por las veleidades liberalizantes que, según sus estrechas mentes, había dejado traslucir en su discurso. Advertido en la siguiente clase universitaria de aquellos comentarios por un alumno allí presente, y preguntado si sería posible consolidar en España un modelo democrático con esa grey, el profesor Fraga contestó escuetamente: “Con esos bueyes hay que arar”.
Y vaya si hubo que arar. Y todavía seguimos arando con alguno de ellos en mitad del barbecho. Aunque hayan cambiado el abrigo Loden verde de cazador de Berlanga por elegantes modelos de Dior y zapatos de charol.
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Juan Gómez Castañeda
El Sr. Fraga y don Manuel




















