Es hermoso sentir alegría. Esa alegría que cada día está más alejada de nosotros. Todo es contrario a ella: las prisas, los impedimentos materiales, las rivalidades, las envidias… Las dificultades cierran el portón de nuestra vida impidiendo que penetre la luz para iluminar los recintos internos. Por ello nuestro yo se enmohece y languidece dejando la puerta abierta al desencanto y a la depresión. Se nos cierra la visión y no podemos ver el vuelo de un pájaro o la sonrisa de un niño. Impedimos que la ternura y la comprensión alberguen en nuestro sentimiento. Necesitando que nuestra fantasía dance y salte por las praderas de nuestras vidas. Cuando esto ocurre, nos transformamos. Se nos olvidarán los problemas y todo se hace grato. Y aparece la alegría; esa señora oronda que desprende destellos de vitalidad y de generosidad y que logra que repiqueteen a fiesta las campanas de nuestros entresijos. La alegría es el ropaje más bello que nadie puede vestir.


















