Estamos en crisis. La situación está difícil, y no sólo por el grave deterioro que está sufriendo la población española y europea (¡ni mencionar el Sur, desde hace siglos!), sino también por lo difícil de cambiar y mejorar las dinámicas estructurales de este sistema económico que nos ha llevado donde estamos.
Podemos hablar de causas de largo recorrido y desencadenantes de lo que está pasando. Entre las primeras se pueden mencionar al menos dos: la apuesta neoliberal en la economía de Reagan y Thatcher, en los 80, y la debilidad progresiva del trabajo en favor del capital a la hora de acceder o repartir la riqueza, por no mencionar el fundamento mismo del capitalismo: egoísmo, individualismo, desprecio de lo público y beneficio propio. Como desencadenantes, el peso de la economía especulativa como fundamento para la obtención de beneficios, en detrimento de la economía real y productiva que paga impuestos, crea empleo y se socializa, así como la falta de coraje político para frenar estos excesos.
Si en los 80 se produjo una apuesta por el capitalismo más inhumano, que sigue campando a sus anchas, actualmente, asistimos a un paso más en esa apuesta, con los gobiernos arrodillados a las demandas del mercado, nuevo Moloch que sigue exigiendo víctimas humanas en forma de más pobreza, más paro, menos cobertura social, expolio de lo público o de las viviendas de los más débiles, entre otras.
La manifestación más palpable de esto último es el asalto que los mercados han dado en estados como Grecia o Italia, imponiendo a tecnócratas procedentes no del sufragio universal, sino del gran capital o de sus propagadores, como el banco de inversiones Goldman Sachs, entidad que, según reiteradas informaciones, ayudó a maquillar las cuentas griegas a la Unión Europea, sin olvidar a Mario Draghi, actual Director del Banco Central Europeo (BCE) o distintas personalidades económicas del gobierno federal de EEUU, también procedentes de esos entornos. Por no hablar del cómo y para qué se ha reformado nuestra Constitución (artículo 135).
Todo esto, recuerda bastante la situación creada con la Deuda E(x)terna del Tercer Mundo: gobiernos nada democráticos que hundieron a sus ciudadanos en deudas impagables con bancos e instituciones de los países ricos, ciudadanos que apenas si recibieron migajas de esa riqueza transferida a interés a dichos gobiernos, ciudadanos que, sufrieron, en base a las recetas para pagar la deuda del Fondo Monetario Internacional, la supresión de derechos básicos en educación, sanidad o, sencillamente, la alimentación, ciudadanía, en suma, que sigue y seguirá pagando y transfiriendo riqueza al Norte (los países empobrecidos financian a los países más ricos y poderosos).
Estamos, pues, en una situación similar, con sus matices: estados que rescatan con dinero público el sistema bancario nacional o internacional, hundido en las pérdidas por las maniobras especulativas de éste para obtener beneficios sin control, entidades financieras que compran deuda soberana a gobiernos que tienen que pagarles un interés desmesurado, poniendo a los países contra las cuerdas y exigiendo recortes o “ajustes” que paga el pueblo llano que nada tiene que ver con la crisis creada (se socializan las pérdidas). Por cierto, El Banco Central Europeo presta a los bancos al 1%, bancos que luego cobran deuda a los países en torno al 4,5%-6%. Pero este Banco Central no puede prestar a los países a ese 1%, con el beneficio que ello supondría para gobiernos y, sobre todo, población.
Sin embargo, por citar España, tampoco la bonanza, en época de “vacas gordas” era tanta: la riqueza se concentraba en pocas manos (se privatizan los beneficios), el porcentaje de pobres, según Caritas, rondaba el 15% de la población, el medio ambiente ha sufrido enormes y reiteradas agresiones y han sido muchas las familias que, a pesar de tener ingresos y trabajo hasta hace 2-3 años, no han podido pagar las hipotecas o se han visto abocadas al empobrecimiento a las primeras de cambio: sin trabajo, sin ingresos y sin expectativas, a corto o medio plazo, de tenerlo.
Con esta perspectiva, podemos sacar algunas ideas:
• La crisis está resultando una excusa perfecta para lanzar un ataque contundente a lo público, con el objetivo de crear “nuevos nichos de mercado”; se quiere acabar con logros y derechos sociales y convertirlos en negocio: salud, educación, pensiones, etc. En el caso de Castilla la Mancha, ya se han anunciado, entre otras medidas, la privatización en la gestión de 4 hospitales, el adelgazamiento en salarios y plantillas de los trabajadores públicos, con los consiguientes recortes en prestaciones sociales y educativas o recortes en asistencia y cobertura social.
• Los partidos mayoritarios no creen en lo público, ni lo defienden convenientemente cuando gobiernan. Ello es visible, sobre todo, en su enfoque económico de carácter neoliberal, dejando hacer a los mercados, desregulando cada vez más en beneficio de lo privado, inyectando dinero a los bancos pero no a las familias, restando derechos laborales, en suma, consolidando una “Europa de los Mercados, y no de los ciudadanos y ciudadanas. Resultaría impensable que en una Multinacional los ejecutivos propusieran repartir beneficios con los trabajadores y la sociedad, y no entre los accionistas, a nadie le entraría en la cabeza tal idea; sin embargo, cuando hablamos de lo Público, no parece tan delirante desmantelar un estado del bienestar, ya de por sí enflaquecido, y malvender a entidades privadas las sociedades estatales más rentables o privatizar servicios públicos de todos.
• La auténtica gobernanza no se está ejerciendo desde las urnas, sino desde los consejos de administración de fondos de inversiones, bancos, multinacionales…, que marcan las prioridades y agendas a los políticos en materia de economía, servicios sociales, energía, legislación ambiental..., sin que la mayoría de ciudadanos nos enteremos. Se cuentan por millares los grupos de presión privados que, desde Bruselas o Washington, presionan ante los gobernantes para conseguir sus objetivos mercantiles, de espaldas a las necesidades de la gente.
• Es una evidencia que el Neoliberalismo es incompatible, por principios, con la Democracia, los Derechos Civiles, el Estado del Bienestar o la Biodiversidad, aunque tradicionalmente se haya defendido lo contrario.
• Respecto al Sur (Tercer Mundo), los recortes en cooperación van a ser draconianos y sigue sin haber voluntad política (mucho menos económica) de cumplir los acuerdos internacionales contraídos con esos países, como el 0,7% o cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio de Naciones Unidas, acabar con el escándalo del hambre, la enfermedad o la problemática ambiental (me refiero, especialmente, al cambio climático, que tendrá en este área geográfica y humana su mayor impacto y virulencia). Incluso se llega a presentar como un lujo, como un despilfarro, en “los tiempos que vivimos”, el destinar financiación a ese fin: “para pobres, los nuestros”.
• Por último, los grandes medios de comunicación, sirven, alimentan y rinden pleitesía a este credo neoliberal y, lejos de informar, el llamado “cuarto poder” crea opinión, cuenta medias verdades y presenta como única solución a la problemática económica o de deuda, lo que dictan multinacionales y bancos. Hay, sin embargo, propuestas y alternativas que nada tienen que ver con lo que se escucha, mucho más viables, sostenibles, sociales y efectivas que no se transmiten a la sociedad. Por ejemplo, el libro “Hay Alternativas” de Vicenç Navarro, Juan Torres López y Alberto Garzón Espinosa.
Alterar las estructuras presentes no es fácil y, además de conocer las dinámicas económicas y políticas que han llevado a esta situación, es necesario hacer un análisis en profundidad, también, de nuestra sociedad.
Muchos de los males que se mencionan más arriba, se repiten a nivel micro, es decir, a nivel de pueblos, barrios o a nivel personal: los especuladores no sólo están en los centros económicos, sino también cerca de nuestra casa o dentro de nosotros mismos: varía el volumen pero no el espíritu de especular o defraudar. En ese sentido, es necesario una regeneración cultural y de valores, volver a establecer, como colectividad, un nuevo “contrato social” con un espíritu más solidario, justo, respetuoso y sostenible.
La respuesta a este estado de cosas no puede venir sólo de lo ya institucionalizado: sindicatos, partidos, asociaciones. Es necesaria una respuesta social, ciudadana, de base: en España las mayores sacudidas a nuestra conciencia colectiva han venido de la sociedad civil más espontánea y creativa: movimiento 0,7% en los 90 o el 15-M, recientemente.
Es imprescindible formarse e informarse, ya que los responsables de estas situaciones tienen nombres y apellidos, ya sea en forma de sociedad anónima, ya sea con otra denominación, y se debe seguir denunciando las injusticias y a los injustos, sin olvidar que una mentira, por mucho que se repita, sigue siendo una falsedad. Sólo así seremos una sociedad sensibilizada y comprometida.
Debemos ser conscientes que una parte importante de la ciudadanía convive, se beneficia o cohabita, sin mayor problema, con estas injusticias, y no sólo ese porcentaje minoritario que acapara la mayor parte del poder o los beneficios e influencias. Lo más escandaloso de nuestra época, como decía alguien, es “el silencio de los buenos”, que asisten impasibles a lo que está pasando y que no hacen ni tienen intención de hacer nada.
Por último, hay que tener memoria, saber de donde venimos y qué valor tiene la sanidad pública, la escuela de tod@s y para tod@s, la solidaridad con los empobrecidos de aquí y de allí, por citar algunos ejemplos, y recordar qué y quienes lo hicieron posible, para recuperar la soberanía de las personas en lo político, dignificarlo y reconstruirlo y desde ahí, con sabia y personas nuevas y renovadas, volver a dirigir lo económico con valores humanos y solidarios, ponerle límites y quitarle poder, cosa que no harán los partidos gobernantes o que esperan gobernar. Como propone el Movimiento 15-M hay que profundizar en la democracia y estos políticos “no nos representan”.
En suma, superar la crisis no consiste sólo en recuperar la estabilidad de las bolsas, la deuda soberana o el crecimiento, que será pan para hoy e injusticia para mañana, superar la crisis significa cambiar de paradigma, de modelo, crecer como personas y como sociedad en valores de equidad, justicia y humanidad, y, desde ahí, crecer… o decrecer. Por cierto, a las puertas de la Navidad, no puedo dejar de evocar la figura de Jesús naciendo en un pesebre, pobre y perseguido. Sin embargo, lo que más me evoca, en estos tiempos su figura, no es sólo la del niño pobre desamparado, sino también la del Jesús adulto expulsando a latigazos a los mercaderes que habían convertido el templo, la casa de su padre, en “cueva de ladronas”. Quien sabe, si ese templo no podría ser una metáfora de nuestro bello planeta azul.


















