El hombre, animal social por naturaleza, está dotado de una serie de recursos abiertos a la pluralidad, y destinados a cumplir sus funciones de relación. En el plano biológico el hombre es el fruto de una relación íntima, afectiva y profunda, dispuesta por la propia naturaleza. Aristóteles, en una de sus obras, “La Política”, en la que desarrolla la doctrina sobre el Estado y las formas de gobierno, define al hombre como “animal político”, es decir, social.
El hombre, desde el primer momento de su vida, tiene una relación total de dependencia de sus progenitores. Dependencia que se hace patente con el entorno social durante su cotidiano vivir. El egocentrismo inicial que se manifiesta en todo niño, nacido de su propia debilidad y dependencia, se va transformando en un instinto gregario o de relación, en la medida en la que se va haciendo autosuficiente para finalmente integrarse en el común de la sociedad. La familia, el colegio, el trabajo y la sociedad en general, están aportando de forma difusa una serie de estímulos que van conformando su personalidad.
Las capacidades innatas de relación se estimulan y desarrollan en contacto con el medio natural y social que, de modo imperceptible, van urdiendo el tejido mental, dando forma a una nueva personalidad. Natorp, el gran defensor de la pedagogía social, afirmaba que: “el individuo no pasa de ser una mera abstracción como el átomo en física… y que el hombre no llega a ser hombre sin la comunidad humana”.
Así, cuando hablamos de soledad sin ninguna otra matización, nos viene de inmediato a la mente su carácter negativo, es decir, la carencia de compañía. Pero la soledad tiene muchas caras o manifestaciones, ya que podemos encontrarnos solos en medio de una gran muchedumbre, o muy acompañados en nuestros particulares retiros.
De ahí que empecemos a vislumbrar, en principio, dos planos de soledad. La interior o vaciedad que Unamuno llamaría la verdadera, consistente en no estar ni aún consigo mismo. No están solas las personas que, aún careciendo de la presencia física de otras, tienen un rico mundo interior que alimenta su cotidiana existencia. Las vivencias afectivas, los recuerdos, las meditaciones, las reflexiones… constituyen un bagaje que puede acompañarte en todo momento. Góngora, en sus “Soledades”, nos muestra la compañía que se otorga a sí mismo, personificando o sustantivando la soledad.
La soledad voluntaria no es soledad, es buscada para estar uno consigo mismo. Supone una gran riqueza interior y capacidad de reflexión para desdoblarse en su mismo interlocutor. En tal caso ya podemos hablar de un elevado grado de madurez mental. Pero no podemos olvidar que también hay otras soledades afectivas y muy entrañables, susceptibles de transformase en nubes grises y melancólicas que no debemos albergar.
Por último, hay otro tipo de soledad que no sé si llamarla física o real, por ser la perceptible por los sentidos más periféricos. Hay soledad cuando no tienes a quién dirigirte, o cuando careces de los medios o instrumentos para relacionarte. Se está sólo cuando los sentidos no permiten una correcta intercomunicación. Si al comienzo de la vida las puertas de los sentidos se están abriendo y tu vida está a merced de tus progenitores, ahora son los que vienen atrás los que posibilitan seguir con tus relaciones: las sillas de ruedas, las gafas, los audífonos, etc., son otros tantos potenciadores de tus progresivas limitaciones. La degradación de ciertos sentidos y el deterioro progresivo del aparato locomotor, van reduciendo paulatinamente las posibilidades de relación y, el campo se va estrechando hasta el máximo enclaustramiento.
Las diversas facultades que al principio de la vida se iban desarrollando lentamente hasta alcanzar su cénit, ahora nos muestran que traían impresas en su seno unas cercanas fechas de caducidad. La degradación sinuosa y paulatina de los sentidos imprescindibles en nuestras relaciones personales, singularmente de la vista y el oído, nos conducen irremisiblemente al aislamiento y a la soledad real. Entonces la soledad se convierte al mismo tiempo en un sentimiento y en una realidad.


















