Recibió de la alcaldesa una escultura del artista local Kirico
Ruiz anima a vivir la Semana Santa culiparda de pasión pura y costalero sudor
 
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Escrito por A. Ruiz

“La semana más grande de Ciudad Real, la más hermosa, la más bella, arrebatadoramente más conmovedora...” Así es la Semana Santa culiparda, donde se respira “pasión pura, fe de sal y viento en canastillas de oro y barro”, destacó su pregonero de 2010, el periodista Javier Ruiz Martínez, que trazó en el Quijano un precioso recorrido, lleno de recuerdos, vivencias y alusiones a las diversas hermandades y barrios, por las distintas jornadas en las que se vive, con sobrecogedora intensidad y a partir del mensaje ‘ama al prójimo como a ti mismo’, la Semana de Pasión.


“Cuando marzo ha quedado abierto y abril se rompe por el costado”, se siente la llegada de la primavera, a los “culipardos nazarenos” ya les tiembla la voz y rezuma la “pena manchega de costalero sudor” en una tierra en la que hasta las saetas “se dicen de otra manera, con cante llano, tieso y recio, verdad profunda que hierve en la raíz misma de la meseta”. En La Mancha, de “agua y vino estamos hechos” y “cómo no vamos a ser gente de fe si hasta Dios cogió el vino para derramarse...”, expuso Ruiz, que precisó la emoción que despierta la llegada de la Semana Santa en los manchegos, dispuestos a “sacar a Dios en bandolera, de pie, enhiestos, que es lo que tiene la llanura, que da siempre gente de pie, por más que nos doblen la cintura”. Las manos de los costaleros son de “jornalero, que abandonan su jornal, por un pedazo de gloria a la voz de un capataz, por una marcha que suena con timbre hondo y compás”.
Profesional de la radio, buen comunicador y apasionado de Ciudad Real y sus tradiciones, Ruiz conmovió a los presentes que llenaron el patio de butacas del Quijano con un travelling de sensaciones, enriquecido con algún que otro flash-back, que ilustraron vivamente cada una de las jornadas de la Semana Santa.


La alcaldesa, Rosa Romero, el vicario general, Miguel Esparza, el presidente de la Junta de Cofradías, Emilio Martín, y el subdelegado de Gobierno, Miguel Lacruz, escucharon sobre el escenario el pregón de Ruiz, quien habló de su participación, siendo niño, en la procesión del Domingo de Ramos, “la procesión de los pequeños porque a los pequeños” Dios los prefiere frente a los grandes y poderosos. “El que quiera salvarse, que se ponga el último, porque los últimos serán los primeros”, recordó Ruiz, para aludir al Ultrajado y Coronado de Espinas, “saliendo de una Merced estremecida en trompetas, azotado y vejado....”, y tras él María del Perdón, llevada por costaleras, por esa “mujer manchega de hilo y esparto, doblada cual alcayata, pero siempre derecha y de pie, enormemente de pie como el junco, que termina venciendo al viento de la planicie”.
Sin olvidar el mimo y devoción con el que el barrio de los Ángeles saca a su Señor, Ruiz llegó al Martes Santo. El “mejor del mundo” esta aquí, sostuvo, y subrayó la hermosura “sin condiciones” de una Madre, la Esperanza, y un Hijo, el Cristo de Medinaceli, “perdidos que esperan el momento de encontrarse y acariciarse”.


Cautivo del sentimiento que despierta Jesús de las Penas hizo uso de los versos de San Juan de la Cruz y describió a las mujeres que, “con el pañuelo mordido y la pena en la peineta”, sacan a la Virgen del Mayor Dolor, la “Madre partida por un rayo que la acecha, un puñal de madrugada”.
Si la Mancha fuera mar, para Ruiz el barrio de Pío XII sería su puerto y al timón, el Miércoles Santo, estaría el Señor de la Bondad, tras el que va la Virgen del Consuelo, cuyo costalero, “perito en lunas”, sabe levantarla suave para no aumentar el quebranto ni rozar su sufrimiento.

Decir tanto en silencio
“Qué lento y qué largo” desfile vendrá luego y en la noche “cómo se puede decir tanto en silencio”, se preguntó Ruiz, que no dejó de cuestionarse cómo los ciudarrealeños van a ir a acostarse con Cristo en la Cruz, con sus “brazos colgados en el firmamento”, y de rememorar una saeta cantada en la calle del Lirio. “Una garganta de barro se rajaba en espejos de luna clara y hasta las flores se recogían ante tanta belleza sumida”.
El Jueves nace en “un parto de angostura y silencio” y comienza el “día más hermoso del año, día rojo de calendario, del amor fraterno”, en el que la historia se pone “boca abajo” porque “el rey se va a servir y al criado le lavan los pies”, con el amor como arma más poderosa y la frase ‘ama a tu prójimo como a ti mismo’ en la que están compilados los derechos humanos, sostuvo Ruiz.


Al Perchel, “un barrio de tiempo, anudado a su iglesia, a su plaza...”, llega la mesa enorme de la Santa Cena, la coral cantando y la pureza de entrega del Dulce Nombre de María, para arrebatarse con la volcánica emoción del Ecce Homo, cuya cascada de impresiones recreadas por Ruiz arrobó al público, que contempló con sus palabras después a Longinos y la Virgen de los Dolores, Perchelera cuya pureza hace que aunque “de hierro era, siempre me termino derritiendo en cera”.
En la madrugada del Viernes, el Nazareno subiendo “la cuesta de su agonía”, con la mañana la Oración en el Huerto y el encuentro del Cristo con su Madre en la calle de la Amargura, el dolor de Jesús Caído y el Señor del Perdón y las Aguas entre los dos ladrones, seguido de la Virgen de la Misericordia.


Ciudad Real “de luto en almohadas y crisantemos” recibe al Cristo de la Piedad, con un manto de claveles rojos que alfombran el lecho de cruz, y el Santo Descendimiento, paso sobre el que Ruiz rememoró con emoción cuando se rompió en el 97 un brazo de la imagen de José de Arimatea, y los hombres lloraron como niños y de esas nobles lágrimas siguen “brotando rosas”. Los carrillos de los miembros de la Banda de Santo Tomás de Villanueva sostienen con “floreadas corcheas” la hora de muerte que representa la Virgen de las Angustias, detrás llega la tremenda solemnidad del Santo Entierro, y las “perlas de azogue” recorriendo el precioso rostro de la Virgen de los Dolores.


El día del “abandono, los sagrarios abiertos y los pies rotos” es el Sábado Santo, en el que sale la Soledad y la Amargura, cuyos costaleros beben el “último zumo de muerte”, apuran la “última gota de hiel”, para, por fin, llegar el Domingo de Resurrección el Cristo triunfante, que vence a la muerte, junto a la Virgen de la Alegría, en una jornada en la que queda patente que “quedan muchos lugares y gentes por resucitar” y que la Iglesia, que ha de ser valiente y no callarse ante la injusticia, “debe estar con los débiles, con los que menos tienen, con los que sufren la carencia y el olvido”.

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