Francisco Mena Cantero

De crisis y otras reflexiones

08/02/2012 - 20:59

Durante este obligado enclaustramiento de más de cuarenta días ya, tengo tiempo de pensar en muchas consecuencias de esta crisis, que parece que los culpables somos los que sufrimos los recortes, las congelaciones, etc., pues los demás continúan, como decimos en La Mancha, en su borriquito. Pues se están dando consecuencias sociales, morales, espirituales, aparte de las económicas. Mas no hay mal que por bien no venga, y está llegando la hora de reflexionar en nuestra, de todos, actitud anterior a esta situación de la que nadie tiene la culpa.

El caso es que hemos estado viviendo y aún seguimos haciéndolo, por encima de nuestras posibilidades. De aquí que el estado de crisis se encone cada día más. Pero voy a referirme a una crisis más honda, más radical. Es la crisis de valores que venimos padeciendo desde mucho antes que la económica. ¿No será esta fruto de la otra? Es una cadena de errores que han aflorado ahora, pero su raíz está mucho más profunda.

Recordemos el caso de Roma en la antigüedad. Cuando a lo largo del curso de su historia, los romanos ávidos de gloria hicieron grandes empresas. Incluso por el amor a la gloria reprimieron vicios más torpes, y llevaron a cabo grandes conquistas para enriquecer su patria. Y, al contrario, cuando el amor de los romanos degeneró en avaricia, lujuria, desorden y corrupción, preparó su decadencia. Salistio primero, y, más tarde, Agustín de Hipona, coinciden, entre otros, en señalar esta causa moral de la caída del Imperio Romano. El auge del Imperio de debió a cierta bondad y a la administración pública de hombres rectos. Esta fue, por ejemplo, la filosofía de Catón. Por eso la ética tiene un valor decisivo en la grandeza y decadencia, no solo de aquel imperio, sino de cualquier nación que, en cualquier tiempo, se precie de honrado político y gerente público.

De todo esto cualquier historiador podría decirnos muchas cosas, mas yo tomo de San Agustín esta pregunta y la aplico a nuestro mundo occidental y, por supuesto, a España: “¿Qué otra cosa nos muestra el mismo amor y deseo de tantas cosas vanas y perjudiciales, que originan cuidados mordaces, perturbaciones, tristezas, miedos, satisfacciones desordenadas, discordias, guerras, (…) fraudes, corrupciones, envidias, crueldades, lujurias…?

Ortega y Gasset, por citar a quién no resulte sospechoso para ciertas personas que puedan leerme, realza el valor de las buenas costumbres para el florecimiento de los pueblos, en su obra una interpretación de la Historia Universal”.
Mas todo esto resulta “música celestial” para la mayor parte de nuestros políticos. Y es que, se dice también en La Mancha, “nadie escarmienta en cabeza ajena”, y uno que va más lejos, siente miedo pensar que estamos en aquella situación en que estuvo Roma y tantos imperios antes de su caída total.

De todas formas, siempre hay tiempo de arreglar las cosas mientras existen ganas y vida. Pero que no nos pongan parches ni remiendos como el de llamar a cierto teléfono y denunciar como únicas formas de evitar el maltrato doméstico. Esto no es ir al fondo de la cuestión, como no lo es para evitar nacimientos no deseados, el uso de la mal llamada “píldora del día después”, por ejemplo.

Hay que buscar la raíz de estos males, sin dejarnos influir, a través de medios de comunicación, por el uso y costumbres de otros países. Ser nosotros mismos con nuestros valores de siempre; romper de una vez por todas, con el hedonismo que nos esclaviza; poner la vista, además de en lo terreno, también en lo más espiritual del hombre. En suma, cambiar de mentalidad y volver a nuestros ancestrales valores. Lo que ahora hacemos no es progreso, es regreso. Creo que lo dicho hoy, a vuela pluma, habría que reflexionarlo con sensatez, buena voluntad y, obviamente, respetando todas las ideologías, pero lo uno no debe quitar lo otro.