Leonor Rodríguez Almendros

Jesús de Medinaceli, 60 años con nosotros

20/03/2012 - 18:55

Atado, con la mirada profundamente triste, esbelta su figura, el corazón vibrante,  las manos atadas,  conteniendo la amargura mientras sobre sus hombros heridos carga con todas nuestras debilidades, con todo nuestro dolor, con todas las injusticias, con todas nuestras miserias… Esa corona de espinas que aprisionan sus sienes más de dos milenios, está hecha con los egoísmos, olvidos, y maldades de todos los hombres  que han sido, somos y serán a lo largo de la historia.  Cristo lleva más de 2000 años subiendo al calvario y está llorando todavía…
¡Dios mío, cuán grande eres y qué diminutos nosotros ante ti!

Me intimida contemplarte cargando con tantos siglos de dolor a tus espaldas, siempre con el regazo abierto de par en par para acogernos, consolarnos, y perdonarnos,
Apiádate Dios mío de todos tus hijos, que sin duda te aman, te admiran, te rinden culto con ardor en ésta tu ciudad, en tu barrio,  y no  tengas en cuenta nuestras muchas limitaciones.    
Hace 60 años  Padre Jesús de Medinaceli que llegaste a nuestra Parroquia, a nuestro barrio, para quedarte a vivir junto a nosotros y desde entonces aquí está el cielo. Y es que Dios y su Madre, desde que lo hicieran por primera vez  en Belén, han elegido siempre el lugar más humilde como hogar para vivir.
Aquí en el Pilar, este barrio sencillo, viven los dos vecinos más ilustres que pudiéramos imaginar: Nuestro Padre Jesús de Medinaceli y nuestra Madre la Virgen de la Esperanza.
¡Estamos tan acostumbrados a su presencia!
El vivir con Ellos a diario va impregnando de un halo de espiritualidad el quehacer cotidiano, de cada uno de sus vecinos, contagiándose del mismo entusiasmo el resto de los habitantes de nuestra ciudad acudiendo fervorosos al encuentro con ellos  a menudo en su lugar de culto.

Explosionan los corazones de forma especial cuando la noche del Martes Santo, Madre e Hijo se encuentran en la Plaza Mayor.
Aún maniatado, el  corazón de Cristo escapa hacia su madre que arrebatada de dolor, aunque contenida, le abraza con la mirada, le seca el sudor, acaricia su rostro curtido por el sufrimiento, y es entonces cuando el pueblo que asiste en silencio a este arrebatado acto de amor, se deshace en llanto en forma de aplausos.
Una flor blanca y una roja se entrelazan y toda la plaza se llena de una luz mágica, divina, que nos envuelve a todos.
Es Dios mismo quien baja junto a su excelsa Madre para mezclarse con todos nosotros, que embebidos por ese halo misterioso que desprenden las dos imágenes benditas, nos recogemos abriéndoles de par en par nuestro corazón henchido por la emoción.
Recorren las calles una a una, despacio, miles de ojos clavan sus miradas en ellos mientras los sufridos costaleros mecen con exquisita ternura al Hijo, a la Madre…

María de la  Esperanza, plena de dolor, contiene todo el mar que es su llanto, en unas discretas lágrimas que surcan su rostro sereno, bellísimo, recogida en el silencio, casi de puntillas, para no hacer ruido, camina tras su Hijo lacerado.
Imponente tu rostro Señor de Medinaceli, se clava como un puñal en nuestros corazones tu corona de espinas, y esa melena oscura que mueve levemente la brisa y el movimiento acompasado de todos los que te transportan, hacen que te veamos  totalmente vivo,  tan humano a la vez que divino, que por unos instantes un enorme escalofrío nos recorre a todos de arriba abajo.
Y tu Madre, siempre cerca, intentando hacer con su presencia mas leve tu inmenso dolor, acariciando con la mirada al Hijo que acunó, dentro y fuera de ella, que besó, que cobijó en su pecho durante tanto tiempo, y que callados ambos nos están dando la muestra de Amor más grande que podamos imaginar.
Nuestro amor, Padre Jesús de Medinaceli, Virgen de la Esperanza, es tan solo una gota de agua, el Vuestro, son todos los Océanos infinitos.