Sin dogmatismo: Europa se mueve
Mientras elegantes conservadores franceses el pasado domingo derramaban tristes lágrimas por la derrota de Sarkozy en el hall de un lujoso hotel, gentes en camisa cantaban y se abrazaban sin tratar de disimular su desbordante alegría… en la Plaza de la Bastilla. Solo se oía cantar la revolucionaria Marsellesa: es el himno nacional y el francés no se toma a broma su nación, a la que respeta hasta el “chauvinismo”; aunque no puedo por menos que sonreír cuando oigo a la extrema derecha fascista cantar con entusiasmo: … “¡Marchad, / Marchad/ a defender/ la santa libertad!” que popularizaron en 1793 los federales marselleses. Quizá los manifestantes de izquierdas debieran cantar, en opinión de algunos, el “Ça ira, ça ira”: “Va a estar bien,/ va a estar bien./ Cuando el aristócrata proteste/ el buen ciudadano se reirá en su cara”… y así buscar alguna distinción simbólica. A mí me gusta más así; aunque no tenga por menos que sonreír divertido, cuando oigo a la formación de extrema derecha de Marine Le Pen cantar con fervor la revolucionaria “Marsellesa”.
Afortunadamente para los franceses, son bastante más educados y por tanto más demócratas: por laicos, atemperan la creencia política, a la que no tiñen de designio divino ni de “guerra santa”, y terminada la lucha electoral, el presidente saliente y el entrante, van a poner flores, juntos, en el monumento al Soldado Desconocido, que sin ser general ni generalísimo, murió oscuramente luchando por Francia. No en vano nuestros vecinos del norte nos llevan siglos de educación democrática. Cuando hicieron su Revolución, republicana y laica, nuestro indolente monarca Carlos IV arreglaba relojes, cazaba, disfrutaba de la música y lamentaba el derrocamiento y asesinato de “sus primos” los Borbones franceses, sin preocuparse de nada más: ni siquiera de lo asuntos políticos y familiares, desempeñados por su inquieta esposa Maria Luisa de Parma y el apuesto guardia de corp Manuel Godoy. Hasta tal punto llevó su indolencia en cuestiones políticas, que se atribuye a Napoleón el siguiente juicio sobre él: “Éste era un excelente hombre. Toda su energía se limitaba a obedecer a su favorito, el Príncipe de la Paz (Godoy)”.
Se ve que Napoleón lo conocía tan bien como el “afrancesado” Goya, que le retrató, en cuerpo y alma, junto a su pintoresca familia, como más tarde hizo, esta vez a solas, con su malvado hijo, el “Rey Felón”, para nuestra desgracia “El Deseado”; y lo fue hasta tal punto, que nuestros incultos compatriotas se engancharon a su carroza, liberando a los caballos, para que nadie les pudiera arrebatar la gloria de pasear a aquel indeseable coreándole con los gritos de “Vivan las caenas”. No fueron a la zaga los ánimos de clérigos y nobles, lo que animaron al “Rey Chispero”- mote ganado por sus juergas en los más viciados y viciosos ambientes madrileños- a derogar la Constitución de 1812 y restablecer las “tradiciones patrias”: la Santa Inquisición, la censura, los parasitismos de la nobleza y el clero… hasta que pocos años después, un militar liberal, Riego -que dio nombre siglos después al himno republicano, se sublevó para reponer la constitución. Fue cuando ese “Deseado” e indeseable Rey, dijo aquello de marchemos todos juntos y yo el primero, por la senda de la Constitución.
Pero Francia volvió a moverse: restauraron durante un poco tiempo su monarquía, que para ayudar a monarcas a recobrar sus poderes absolutos, enviaron en auxilio de Fernando VII un ejército, los “Cien Mil Hijos de San Luis, con la condición de que no se restableciese la Inquisición, de lo hizo caso omiso nuestro Rey, que no permitía más poder que el suyo para sus súbditos, pero sí veía bien que la poderosa máquina de la Inquisición dependiese directamente del Vaticano: la tradicional alianza del Trono y el Altar tenía bases firmes en España. El paréntesis monárquico francés duro poco y pronto la República volvió a sus tareas de enviar maestros nacionales a todos los rincones del país para que fueran culturalizando al pueblo y haciéndolo ciudadano, mientras aquí, la Iglesia clamaba –y clama- por monopolios educativos. Y para colmo, cuando muere Fernando VII dejando el trono a su hija, su hermano Carlos se subleva contra la idea de una reina o cualquier modelo liberal y funda el rancio carlismo, que se convierte rápidamente en la religión oficial de la Iglesia Española. Uno de sus mas eximios representantes, nuestro paisano el cardenal Monescillo, miembro de las Cortes por el Partido Carlista, lo deja bien claro, fijando los derechos de los españoles –pobres, claro- en la máxima “Pan y Catecismo”. Y mientras tanto, Francia sigue haciendo cultura, democracia y laicismo con una seria separación entre religiones y políticas.
Sin querer entrar en políticas más modernas, creo que es natural que Francia, sin excesivo poder, siga pesando en Europa y reaccionando contra gobiernos conservadores que siguen sin rechistar a la derecha alemana. Pero poco podemos esperar de gobiernos españoles, que en plena crisis económica recortan todo a todos… menos en subvenciones y tratos de favor a la Iglesia. Hasta la muy católica Italia cobra ya el equivalente al IBI a la Iglesia Romana. ¿Para cuando nosotros? Aunque eso, es otra historia.