Domingo Luís Sánchez Miras

Sin dogmatismo: Rojo y negro

14/06/2012 - 18:15

No está en mi ánimo hacer ningún comentario acerca de los colores del trabajo, usados por los partidarios de la Primera Internacional y por otros seguidores de Bakunin de ideología análoga, además de formaciones fascistas como nuestra Falange, simuladoras de obrerismo. Ni tampoco trataré  de la magnífica  novela de Sthendal, que, al decir de algunos, acierta en el planteamiento y desarrollo de la psicología de su protagonista Jean Sorel… porque era una proyección de sí mismo, de sus gustos, de su atracción por el poder encarnado en su  época por el rojo del ejército y el negro de la clerecía: no han cambiado mucho las cosas, al menos en algunos países, de esta situación en la Francia posterior Napoleón, en ese paréntesis en el arraigo del republicanismo de la Revolución Francesa.

 

Paradójicamente, en España, pese a nuestro ultraconservador gobierno, surgido de unas elecciones democráticas que el PP ganó por mayoría absoluta, hay una pulsión nacional por   “La Roja”. Sin duda se trata de un logro democrático: si durante el  franquismo alguien tiene la humorada de de llamar a la selección nacional “la roja”, tenía todas las papeletas para ser conducido, por algún representante de la autoridad, a alguna dependencia donde poder ser obsequiado por su atrevimiento con algún, y hasta algunos coscorrones. Hasta tal punto era odiado ese color por los autoproclamados como “gentes de orden”, que desde que el insurrecto General Franco mandó a los españoles, comenzó a pensar en cambiar el color de la camiseta por el azul. No sé si un azul “neto y proletario” como la camisa falangista, un azul celeste de evocaciones marianas o azul marino acorde con su frustrada vocación marinera.

 

Al final, la selección quedó con la camisa roja de la monarquía española, como la holandesa con la naranja de la casa de Orange o la francesa con la azul de los borbones, pese a su exaltado republicanismo. Pero la tradición es la tradición, aunque aún moleste a algunos: el otro día, en un periódico conservador, leía a un comentarista la expresión de la “colorada”, para no llamar “la roja” a nuestra selección, de la misma forma que en la emisora de los obispos oía hace unos años a Jiménez Losantos, protestar contra la manía de llamar a la selección “la roja” cuando “nunca se la había llamado así”, a pesar de que su cambiante orientación política le permitía comprender más que a otros, como la democracia formal va eliminando los tabúes dictatoriales.

 

Lo cierto es que “la roja” ha sabido entusiasmar a los españoles con sus victorias futbolísticas a nivel mundial: nunca nos habíamos visto tan potentes en ese deporte-espectáculo, que ha sustituido a otros enfrentamientos tribales más peligrosos y crueles. El problema está en si van a continuar las alegrías futbolísticas que consuelen, a una gran parte de nuestros compatriotas, de las tristezas que nos generen “los negros”. Y aquí entra el otro color, que, aunque coincida, no es  el de la poderosa clerecía francesa de del paréntesis monárquico francés, envidiado por Jean Sorel, sino la vestimenta de los aún más poderosos guardianes de la ortodoxia del gasto y cuantía mínima de los recortes que la UE impone a España por su rescate financiero.

 

 Cierto que el ministro de Hacienda, se apresuró a prometer a los españoles: “Los hombres de negro no van a venir”. Y por supuesto, no se refería a los “malos” de un cuento de miedo infantil, sino a los duros vigilantes que velarán por el correcto empleo de los dineros destinados al rescate de nuestros bancos. Aunque, eso sí, nos trataba a los españoles de niños, pequeñitos y crédulos, y presentaba el rescate financiero como un maná caído del cielo, gracias al buen hacer de nuestro Presidente, Mariano Rajoy. No fue ésta una nueva ocurrencia de Montoro, sino el cumplimiento con el propósito del PP de mostrar las bonazas de su mandato hasta la paranoia: la intervención europea no era un rescate a la depauperada España; sino una ayuda, gestionada gracias a la habilidad negociadora de su Presidente de Gobierno, que había conseguido que la UE nos abriera sus arcas, en magníficas condiciones, para ayudar a nuestra maltratada banca.

 

 De eso presumió en su triunfal notificación de la “línea de crédito” que Bruselas nos ofrecía: él no había recibido presiones de nadie; sino que nos confió haber sido él el que había presionado a la cúpula europea. De nada han servido los desmentidos europeos y la rechifla de la prensa internacional: nuestro Gobierno, “erre que erre” sigue, con sus medios adictos, hablando en los mismos términos triunfalistas, y ha sido la propia frau Merkel quien ha tenido que aclarar que fue ella quien “convenció” a Rajoy de la necesidad de ser rescatado y de que, como es lógico, lo prestado incrementará nuestra deuda. Europa se muestra ya harta de la arrogancia y ocultismo del gobierno español.

 

Esperemos que, en estos complicados tiempos, “la roja” nos depare alegrías y los “hombres de negro” no nos amarguen en demasía.