La diputada provincial Magdalena Rincón, natural de Puerto Lápice, ha viajado a República Dominicana y, desde allí, ha acompañado hasta Puerto Príncipe a un convoy de ayuda humanitaria. En el siguiente artículo cuenta, en primera persona, el relato estremecedor de cómo continúa la vida en Haití dos meses después del seísmo que arrasó el país caribeño.
Magdalena Rincón
Son las 21:00 horas en Haití, las 3:00 de la madrugada en España. Estamos en la residencia del sr. obispo de Jacmel, M. Domond. Llevamos más de 12 horas de viaje. Acabamos de entregar un cargamento de ayuda humanitaria de 20 toneladas Cáritas internacional Haití. Medicinas, alimentos y tiendas de campaña. Quien haya visitado Jacmel sabe que esa ayuda es necesaria para el momento posterior al terremoto pero que habría que invertir millones para que Jacmel sea lo que en un país desarrollado entendemos como “ciudad”.
El primer paso en esta aventura, quijotesca sin duda, se inició en la frontera entre República Dominicana y Haití. De Barahona (donde trabaja el padre Amadeo, originario de Torralba) marchamos en “yipeta” (es decir, un jeep) hacia Jimaní.Atravesamos una pista asfaltada cuyos arcenes poseen vida propia: se agolpan chamizos, gente, vacas, cabras y perros. Todos ellos con una media de edad muy joven: casas de chapas, de maderas desencajadas, de una sola habitación, iglesias repletas de feligreses que celebran la ceremonia dominical en edificios en construcción, jóvenes negros, esbeltos y vivos de movimientos para retirarse de la carretera cuando pitan los coches, las motos o los trailers. Sorprende la pucritud de sus vestidos: las mujeres (bellísimas haitianas) visten faldas negras de vuelos, chaqueta, bolso y tacones...sobre un suelo de tierra y a un metro de la polvorienta “carretera” atestada de tráfico. Ellos, hasta los niños, visten de traje chaqueta, corbata, zapatos negros... y aunque sean las 10:30 de la mañana no hay quien aguente el sofocante calor.
Jimaní, ‘la farmacia’
Jimaní todos la recordamos de la TV: allí llegaban refugiados haitianos pidiendo entrada a República Dominicana; cooperación internacional y periodistas en la misma proporción; hospitales que no daban abasto. Dos meses después, ‘la farmacia’ (o sea, el chiringuito playero con ese letrero que asalta la pista) ha conseguido un aumento considerable de sus ventas. Sólo le pedimos repelente de mosquitos para evitar contagio de malaria por su picadura, un gel de limpieza higiénica “en seco” para las manos y un antihistamínico.
En frontera hay varios pasos: los puestos de República Dominicana se pasan sin problemas. Cruzamos los metros de tierra de nadie y llegamos ante la frontera haitiana. Hay que buscar los tres camiones del convoy. Después de pelearte con el funcionario de turno del puesto que ha de rellenarte los papeles, firmar, sellar, se levanta el poste. Mientras tanto, del lado haitiano hay unos soldados italianos (suponemos de la Minustah) que quieren saber dónde está el taxi dominicano que venía a recogerlos. Me pasan la Blackberry porque no se entienden en castellano con el taxista mientras me hablan en inglés.
“Morena, ¿ça va?”
Se hacen colas a ambos lados; el calor aprieta. Hay niños haitianos que vuelven cada pocos minutos con sacos de ayuda que descargan detrás de un coche donde les esperan sus adultos. No tengo muy claro si reciben ayuda o la “roban” en cuanto que será revendida en sus mercados. Otros haitianos me llaman: “Morena, ¿ça va?”. La “morena” está blanca como la leche, va cubierta de pies a cabeza para protegerse del sol, tiene pinta de europea perdida, vagabundea en espera de sus compañeros y va haciendo fotos a los que esperan (¿el qué?) subidos las rocas que recortan el paso fronterizo que del otro lado bordea el lago Enriquillo.
Cruzo a la otra parte de la frontera en busca de mis compañeros que siguen de papeles. Pasaporte en el bolsillo. “Hola, soy diplomática española, espero a mis...” y sin pestañear cruzas. Es la ley del que aparente más autoridad. Del otro lado ya hubo un soldado dominicano que al ver las botellas de agua que llevábamos para nuestro consumo, nos señaló una y nos dijo que se la diésemos. Le dijimos que no y adelante.
La carretera de Jimaní a PauPrince es... indescriptible. Vamos en fila india, no se sabe dónde empieza el carril derecho y donde termina el izquierdo. Las motos se agolpan a tu rebufo, el pedregal de los arcenes se confunde con la pista, y el masaje de saltos, resaltos, socavones y volantazos se sucede a la vertiginosa velocidad de 40-80 kilómetros por hora.
Haití no es tan árido como lo describen. No hay mucha diferencia con el paisaje de la zona sudeste de República Dominicana. Hay infinitas extensiones de caña y cerca el mar. Llegamos a PauPrince. Nuestra carretera rodea PauPrince por el lado del aeropuerto y del puerto. No tenemos que entrar a la ciudad. Pero son kilómetros de miseria acumulada en las aceras.Montañas de escombros ya recogida, estercoleros a 30º, pequeños arroyuelos que apestan a miasmas. Las fotos las saco con una mano sujetando la cámara y la otra a la ventana del techo desde la que me asomo.
El ambiente de ajetreo, de bullicio, de miles de personas y toneladas de basura junto con el humo de los coches, camiones, experimentos automovilísticos varios (moto-conchas, camionetas-sauna, autobuses del tamaño de un smart pero con 20 personas dentro y unos llamaticvos colores por fuera con leyendas religiosas), hace que el objetivo de la cámara se ensucie y que busquemos cerrar las ventanillas al basurero exterior. ¿es posible imaginarnos qué sería Pau Prince con 200.000 cadáveres pudriéndose al sol? Y, sin embargo, hay mucha vida en los habitantes de PauPrince: no paran de ir de un lado al otro, de normalizar su vida, saben que tienen un país que levantar. El aeropuerto y el puerto están custodiados por soldados armados. Y en un cruce de caminos aparece una torreta de la ONU (UN) que ¿controla qué?.
Conduciendo por esta pista-carretera tienes que frenar la lenta caravana porque cada poco tiempo hay un socavón o, peor, el terremoto agrietó el asfalto, lo combó, lo hundió y para ayudarte a no caer en la grieta los señalizan a estilo dominicano: un montón de piedras a modo de barricada o un gran trozo de tronco.
A lo largo del recorrido hemos visto campos de damnificados por el terremoto: son chamizos construidos con caña y cuatro telas/sábanas transparentadas por el uso que vuelan al viento. De repente unos militares en cuatro esquinas armados profesionalemte: éstos no pueden ser haitianos, no tienen ejército). Un campo con tiendas militares, limpio y en orden. La bandera venezolana ondea junto a la haitiana. Más adelante, toldos de Canadá. Y del lado del mar ( a nuestra derecha) asoma la bandera española. Es la Cruz Roja española la que ha levantado ese campo.
La subida a Jacmel desde PauPrince es para valientes. Dejamos el valle, que con las lluvias se convertirá en torrentera y barrizal y se llevará los campos y las tiendas. Subimos a entre 1.500 y 2.000 metros de alura. Entre curvas, coches de cooperantes, y trailers no cabemos todos. Será por eso por lo que se suman las familias haitianas que escalan desde los valles interiores hasta la carretera para llegar a la fuente de agua que está al otro lado del arcén; los niños que te piden en creol (lengua vernácula) que les des dinero); y los desprendimientos de tierras capaces de partir una montaña.
Al interior se elevan las montañas que en época de lluvias (próxima) arrasarán con todo lo que encuentren a su paso. Están “peladas”. Pero no más que las de Almería o sur de Madrid.
Dejamos a los camiones que sigan su recorrido a su marcha. Aceleramos el paso. Nos acompaña un sacerdote católico haitiano para llevarnos hasta el obispo Domond en Jacmel. ¿Dónde lo recogimos? En una equivocacion del camionero guía que nos llevó a otro pueblo donde preguntamos en francés y nos contestaban en semi-francés-creol. Les preguntamos a las vendedoras con sus puestos al borde de la carretera pro la Iglesia Católica del pueblo y nos dirigieron muy bien. Sólo que al llegar del edificio quedaba en pie una especie de torre con la cruz en lo alto. El resto, como el barrio, ruinas. Pero las personas que rondan por allí ayudan y nos localizan al sacerdote que nos hará de guía.
Ciudad africana con aceras
Jacmel es una ciudad africana con aceras, edificios de hormigón imponentes, unos en pie, otros desaparecidos. El obispo nos dice que giremos a la derecha. Dejamos la carretera central de la populosa ciudad y volvemos a los caminos de piedra y polvo y socavados. Según parece, atravesamos el mejor barrio de la ciudad...
La entrega la hacemos en la misión. Allí ya aguardan una veintena de personas cuya pobreza debe de ser extrema. Es de noche y salen de las sombras. Se acercan. Les saludas. Al contacto de su mano, tímida, notas los años de unos, el duro trabajo que han hecho para ganarse la vida y, en algunos, la misma capa de polvo y miseria que humeaba en PauPrince.
En la residencia del obispo nos dan de comer (llevamos horas sin comer: aquí no hay supermercados) a nosotros, y a todos los que tranportaban los camiones. Tenemos duchas y alojamiento: los inconscientes, quizás, en una habitación dentro del edificio; los conscientes, entre ellos el obispo lo harán en las tiendecitas de campaña que han instalado dentro del recinto pero lejos del edificio. Al cenar hicimos un brindis: un sincero agradecimiento del obispo Domond a los que han permitido, gestionado y facilitado la carga y entrega en mano, directa a los haitianos de Jacmel y a toda la ayuda internacional en espera de un gobierno capaz de no corromperse; otra, la nuestra, el apoyo a un futuro mejor para este pueblo humilde y trabajador, no solamente pobre. o
Su futuro en nuestra mano
“Sonríen al pasar por delante de ti con un ‘bonsoir’. Y, de verdad, se siente vergüenza. Es como si nos presentásemos como dueños de sus vidas, su futuro pasa por nuestra voluntad de ayudar y enviarles algo. Resulta hasta casi humillante ver cómo bajan la vista cuando te saludan como si tuviesen la obligación de hacerlo porque les venimos a traer algo para subsistir. Sabes que no es así; pero te hace pensar. Hay una niña de unos 5 años, me mira sin comprender nada. Pensará ella también como todos, el obispo el primero , ¿dónde está mi gobierno, dónde está mi riqueza, dónde se ha perdido que tienen que venir de fuera para ayudarnos? Hay elecciones en noviembre. Y pasará como siempre. Pobreza, subdesarrollo y corrupción en manos de cuatro que llegaron al poder para después olvidarse de ellos. “
















