El destino le quitó la pelota pero no la voz con la que saltó al campo de la comunicación durante más de diez mil programas de radio, la COPE, desde 1978, cuando los Mundiales de Argentina hasta 2008, mañanas, tardes, noches, y fiestas de guardar. ¡Cuánto hubiera dado Manuel Serrano, Manolo, para los amigos -y tiene muchos- por contabilizar otras tantas patadas al balón. Para un contable preciso, estilo Luis Pizarro, a lo mejor fueron más de 10.000 las que propinó al esférico desde sus tiempos del Bolañego, primer equipo que lo acogió como profesional, hasta aquel fatídico 1 de febrero de 1973. Durante un entrenamiento, Manolo Serrano se acercó al saque de esquina para que el lanzador se lo pasara en corto. “El cerebro mandó a las piernas la orden conveniente pero las piernas no obedecieron. Caí al suelo. Tenía 25 años, mi mujer estaba en estado de ocho meses. Eso me cambió la vida...” Sobrecoge aún el testimonio de Manolo Serrano contado por él mismo 39 años después con la serenidad del dolor vencido y un toque de desencanto por los acontecimientos posteriores. Pero no hay rencor en él.Ni un ápice.
Manolo es un hombre afable, un elemento del paisaje humano puertollanero que hace interminables sus paseos de la gente con la que se detiene a conversar. Pero la cicatriz sigue por ahí en un lugar sólo visible para sus ojos. No fue para menos: desde el césped a un takatá en el que aprendió a andar de nuevo sobreponiéndose a un zarpazo inmisericorde. ¡Hubiera pagado todo el dinero del mundo por seguir jugando al fútbol!”, suspira, pero acto seguido se deja conducir por su carácter contagiosamente positivo. “Si uno se cae hay que levantarse”. Tiene una memoria envidiable. El neurocirujano del entonces hospital Francisco Franco le diagnósticó un derrame cerebral. Cuando estaba hospitalizado en Puertollano tras su estancia en Madrid, el jugador Ramón Aumedes, íntimo amigo de Manolo, llevaba a la mujer de éste , embarazada, todos los días a verlo a la clinica Calvo Sotelo. Con el trajín se le adelantó el parto. “Has tenido un hijo”, le dijo su amigo a un Manolo ya sin posibilidad de regresar al campo, asido al takatá al que se agarraba como un náufrago convencido de su propia supervivencia. Lo hacía de madrugada cuando nadie lo veía. “Me caía, me levantaba...” Hasta que se levantó definitivamente con la fortaleza del hombre que se vence a sí mismo.
Lo esperaba un nuevo trabajo que nada tenía que ver con el fútbol: la estación de autobuses. Allí se ocupó durante ocho años, y como el fútbol, y por añadidura, todos los deportes lo acompañan como una segunda piel, ayudó en la organización de eventos para la COPE como la Gala del Deporte...
Entonces dedicó su tiempo a la radio y a su nueva responsabilidad como técnico de deportes en el Ayuntamiento de Puertollano.
Serrano, que sufrió otro percance grave en los años 90, es un testigo de primera línea y absoluta credibilidad de la historia del deporte local. Ha entrevistado a personalidades del deporte, ha estado en todos los guisos deportivos de la ciudad y durante tres décadas narró los avatares del Calvo Sotelo-Puertollano y del resto de los equipos. El paisaje social y humano del enclave minero se completa con su presencia, su amplia risa y su peculiar modo de caminar, la única secuela visible de aquel remoto invierno que no llegó a recibir la pelota.
Una pequeña gran espina
“No he podido correr pero he podido hablar y eso también ha sido fundamental en mi vida”. Manolo Serrano recuerda la odisea de retrasmitir partidos cuando la técnología era muy rudimentaria, cuando podías tener línea o no, cuando había que retrasmitir a pie de campo o encima de una caja de cerveza para tener visibilidad. “Un día me quemaron un cigarro en la cabeza sólo porque comentábamos que el árbitro era malo”.
Pero en la trayectoria de Manolo Serrano sorprende que el club al que pertenecía cuando sufrió el ictus, el Calvo Sotelo, no le hiciera entonces el reconocimiento merecido. Incluso se organizó un partido homenaje ante el Betis con grandes figuras del fútbol pero al final los fondos del partido fueron para otro destino. Durante una campaña de captación de fondos se le entregó una insignia de oro que Serrano donó para que le fuera entregada a otro jugador homenajeado porque el club carecía de medallas. “Y... “ Manolo no sigue. Cuenta el olvido incompresible de ser el único jugador del “Calvo” con su peripecia, sin homenaje, evoca promesas incumplidas... sin despecho, ni desprecio. A Manolo Serrano que sí fue homenajeado por el Villarreal, lo han reconocido federaciones, clubes, profesores de educación física, tiene la medalla regional de plata al mérito deportivo y amigos, unos históricos del “Calvo”, como Nuevo, Kiko, Chone... el exdirector de la COPE, Santos Alonso, y el de miles de ciudadanos que lo conocen y reconocen como la voz del fúbtol y de los deportes en Puertollano durante tres décadas. Siguió ligado al club como hincha incorregible y dos de sus hijos, Raúl y Manolín, militaron en el equipo azul, Raúl con más de 250 partidos por lo que fue condecorado. Esta vez sí había medallas.



















