Magdalena Rincón
La diputada provincial y concejal de Puerto Lápice Magdalena Rincón Goicoechea continúa el relato de su experiencia con los militares en misión humanitaria en Haití, así como el viaje que le lleva a vivir y observar cómo viven tras el terremoto en Rapública Dominicana y Haití.
Ha vomitado. No tiene nada más que líquido en el estómago. El capitán enfermero coge la bolsa de plástico negra de la que saca las pertenencias de la madre y de la niña y se la da para que vomite dentro. Con pañuelos de papel y toallitas le limpiamos la cara. Parece que ya se le ha pasado el mareo. Vamos en coche por las calles de Santo Domingo. Se llama Altzie Pelsival (o similar). Tiene 8 años. Su madre, Gerda (o similar, porque la ortografía de sus nombres no es siempre la misma). Es joven. Vienen de Haití. Las trae el ejército español con la colaboración de las Embajadas españolas en Haití y en Rdominicana y de los gobiernos de Haití y Rdominicana.
El teniente-coronel Luis Moreno trabaja en la misión de la Armada española en Haití (Gran Goave), “Hispaniola”. Es médico pediatra. Normalmente ejerce en el hospital Gómez-Ulla de Madrid.
Con él viaja un capitán enfermero y Altzie y su madre. Saludan muy cordialmente al ministro consejero de la Embajada española en Santo Domingo que ha venido a recogerlos y que tanto ha hecho por atender la petición de los médicos militares y del capitán del buque Castilla.
En el viaje desde el aeropuerto Internacional de Las Américas en Santo Domingo hasta el Hospital infantil Dr. Robert Reid Cabral, el Dr. Luis revisa los documentos médicos y administrativos que se requieren. Llama por teléfono al Hospital, a la Dra. Rosa Nieves Paulino, oncóloga infantil. El capitán enfermero viaja detrás con la madre y la niña.
Altzie llegó hace más de 20 días al campamento sanitario de los soldados españoles. “Iba vestida de domingo-recuerda el pediatra- y con la tripa muy hinchada”. La sigue teniendo y quizás por eso, en el coche se ha mareado más “porque el bazo y el hígado le oprimen el estómago”.
Sólo habla creol. Su madre también habla francés. Nos ha pedido agua pero el médico dice que no puede. Va muy hidratada por la cantidad de suero que le ha puesto antes de iniciar el viaje. De hecho, lleva la vía. Pero cuando se ha puesto tan malita se agarraba a su madre y se le entendía perfectamente: “ma-má, ma-má”. Como cualqueir niño. Estaba cansada y asustada. Y muy delgada.
A las 7:00 de la mañana, aproximadamente, salieron en helicóptero. Son las 11:00. Lleva un pijama de color rosa y de paño, a pesar del calor. Y por encima, el vestidito de domingo con sus calcetines blancos. El pelo en cuatro rastas a modo de trenzas sujetas a la cabeza. Las pestañas se le curvan hacia atrás y le cuesta sonreir. Hasta que le das la cámara y le enseñas la foto de su madre y ella. Entonces, despierta y coge firmemente la cámara digital y pone las yemas de los dedos encima de la pantalla señalándole algo a su madre con la que habla en creol.
“Son pobres de solemnidad”, nos explica el pediatra. Con el terremoto se les cayó la casa. Tienen lo puesto. Su marido y otra hija se han quedado en Gran Goave.
La niña llevaba 20 dias en el hospital flotante del buque de asalto anfibio Castilla (BAAC) como nos explicó a bordo el capitán del navío, Francisco Peñuelas. Tiene leucemia y necesita un hospital donde tratarla. Y, por fin, parece que la cooperación real, la que de verdad hace falta porque es útil, ha funcionado.
Ha funcionado la cooperación Haití-República Dominicana puesto que los papeles de su identidad para obtener una especie de salvoconducto han llegado. Ha funcionado la diplomacia española a través de sus dos Embajadas, a pesar de que las competencias y el presupuesto en materia de cooperación se “lo lleve” la AECID y sus técnicos. Quizás ahora, en el caso de esta niña haitiana, quepa refexionar acerca de la conveniencia o no de las Oficinas técnicas de cooperación cuyo abultado presupuesto no es acorde con los resultados obtenidos en demasiadas ocasiones. Y, quizás, sea este el momento para que la AECID participe en ayudar a financiar tratamientos de este tipo o estancias hospitalarias para familias que no tienen más que defender sus propias vidas y que acuden a los médicos militares españoles. (Dicho de otro modo, que ya se podía estirar y estar donde se la necesita, aunque sólo sea por la publicidad que le hago a la AECID vistiendo un polo con su logotipo). No supone tanto si tenemos en cuenta la cantidad de gastos superfluos que hay y, desgraciadamente, que muchas veces los enfermos ya están desahuciados porque han llegado demasiado tarde a la consulta médica.
Y, por supuesto, ha funcionado, como siempre, el trabajo de las FFAA españolas. Han conseguido atender los casos más graves y ahora se encuentran prestando sus servicios en las zonas más inaccesibles, “donde no llega ninguna ong”.
En su “retrato clínico” de Haití (al menos en la zona que va de Port au Prince a Jacmel) se han encontrado lo siguiente: paludismo, malaria, desnutrición infantil, hipertensión, enfermedades de la piel como la tiña, entre otras patologías. Sorprendentemente, nos dice, no hay diarreas.
Han decidido ampliar el área de su misión inicial y ahora realizan vuelos para vacunar y prestar asistencia sanitaria en esas zonas remotas, en las que, como antesdeayer, no pudieron siquiera aterrizar por la niebla. Son ellos los que realizan la vacunación de la población que es materia de la OMS. Lo hacen porque saben que si no lo hacen ellos, no lo hará nadie. Han asistido a numerosas parturientas: hay mucho bebé prematuro.
Entramos a discutir la razón de la malnutrición infantil. Sale a relucir la falta de un sector primario que les permita garantizarse el mínimo de subsistencia. “Al año, a los niños les dan de comer galletas y otros productos (...) la lactancia infantil es muy deficiente”. Las cifras de mortalidad infantil son muy elevadas y eso, razonan quienes tienen más experiencia, explica la malnutrición infantil. Si es normal que un niño muera antes de cumplir 5 años y hay poca comida a repartir en la familia (normalmente muy numerosa), la prioridad son los más fuertes, los más sanos; no el niño, que se morirá.
Pero no todo su trabajo les reporta alegrías, también en el destacamento sufren algún que otro revés. Hace poco tiempo falleció un niño haitiano bajo tratamiento médico español a causa de una avanzada malaria cerebral. Llegó demasiado tarde al campamento español.
Cuando visité la agrupación ya me dijeron el apodo que le habían puesto los haitianos al Dr. Luis Moreno: Papá Noel. Con él había más médicos pediatras que hacen igual labor excepcional.
“Papá Noel” lleva una mochila cargada con todo lo que pudiera necesitar Altzie. No sabe qué tal es este hospital ni si la médico con la que ha hablado por teléfono estará dispuesta o tendrá recursos suficientes para atender este caso. Tiene permiso para retrasar su vuelta dos días en caso de que fuera necesario quedarse con Altzie.
Pero lo que también le preocupaba ya lo había resuelto antes de partir de Haití. A los militares les pasa como a los misioneros, cuando se les presenta un problema procuran resolverlo de inmediato. Aquí no hay aquello de “vuelva Ud. mañana” ni se crean comisiones que estudien el caso. Se hace algo eficaz, y normalmente se resuelve.
Sin telemaratones ni campañas lacrimógenas, el Dr. Luis Moreno consiguió vaciarle el bolsillo a la oficialidad del Castilla. Porque si la niña queda ingresada, ¿dónde se queda su madre? ¿dónde come o que ropa lleva? Y así, consiguió 600-700 dólares recaudados en un momento gracias a la generosidad de los oficiales del buque. Porque “no me daba tiempo a mover a todos los militares del buque.
Llegamos al hospital. Tiene buena pinta. Y asi es.
Mientras el Dr. Luis junto con el ministro-consejero de la Embajada española se dedican a hacer sus propias gestiones, el capitán enfermero empuja la silla de ruedas de Altzie (con su vestido de domingo encima del pijama). Su madre no dice nada. Se limita a no perder de vista a su hija y a no soltar la bolsa con sus pertenencias. No parece asustada. Y entonces se abre el ascensor y empiezo a comprender que esta mujer no ha visto un ascensor en su vida.
Entramos unas 8 personas.Me cuelo a un lado de la silla de ruedas, el enfermero al otro y la madre de Altzie hace como todos los demás: entra. Pero se coloca justo sobre los “rieles” de la puerta mecánica del ascensor. Y encima apoya el hombro sobre su borde.
No supe reaccionar porque entonces me estaba dando cuenta de lo que suponía ese viaje para esa mujer, y fue un señor quien la movió hacia delante para separarla de la puerta.
A esas alturas todo el mundo se imaginaba que Altzie es una niña haitiana refugiada enferma. Pistas no faltaban: dos militares españoles vestidos de uniforme.
Llegamos a una sala donde acomodan a Altzie en la cama. Hay otros 7 niños y sus mamás. La madre de Altzie está un poco desorientada pero finalmente sabe lo que tiene que hacer: sentarse junto a la cama de su hija.Y allí seguirá.
Llega la Dra. Rosa Nieves Paulino y, yo creo que todos, respiramos tranquilos. En principio parece una médico muy competente que asume la responsabilidad del cuidado de Altzie y que manifiesta su voluntad de poner todos los recursos humanos y materiales para atenderla. Aunque toda ayuda es poca y sugiere muy indirectamente que la cooperación española esté presente. Repito: ¿y si la AECID apareciese por aquí? El Dr. Luis le pregunta con miedo qué hacer con la madre, dónde alojarla. Ella le contesta que “no sólo es que puede quedarse allí con su hija sino que debe hacerlo”. El Dr. Luis se marcha ya tranquilo. Han hecho todo lo que han podido y más. El ministro-consejero de la Embajada también está satisfecho del trabajo.
Hay que despedirse. La misión de los militares concluye. La de las Embajadas concluye. ¿AECID empieza?
El capitán enfermero se ha despedido ya. Sale al pasillo con la silla de ruedas. Pero no está tan sereno como aparenta porque se le ha olvidado la mochila, que la recojo después. El Dr. Luis entra en la sala común con muchas energías, le hace el gesto de levantar el pulgar y Altzie lo imita para decirle que todo está bien, todo está correcto. Para cuando sale el doctor, decido ir también yo a despedirme. Y es un trago de cuidado. Ya según te acercas pierdes la tranquilidad por verlas, cuidadas sí, pero tan vulnerables... Me despido de Altzie y de la madre. Y me acuerdo de los enfermos que estuvimos cuidando en mi casa hasta hace poco tiempo por la costumbre que tenía de darles un beso antes de irme o al volver a casa. Y me coloco las gafas de sol porque yo ni soy el capitán ni soy el teniente-coronel ni soy de piedra.
Altzie y su madre tienen por delante un mes de tratamiento incluida, quizás, la quimioterapia. Y un tratamiento posterior de hasta 120 meses que se puede hacer ya en Haití yendo al hospital de allí como si se tratara de consultas ambulatorias.
Ya de vuelta al aeropuerto, le pregunté al pediatra si no se había emocionado. “Mucho. Por eso me he dado la vuelta. Para que no me viéseis”. Cuenta que a él se le puso la carne de gallina cuando estando en el campamento de Gran Goave en Haití, un buen grupo de haitianos comenzaron a cantar gospel (coro) “dando gracias a Dios por el día de hoy, por estar vivo, y por todo lo bueno y lo malo que les trajese el día”. Ojalá que a Altzie y su familia el Dios en que tanto creen les traiga salud y una vida digna.
















