Sentirse en casa en Haití
18/03/2010 - 11:27 Escrito por Lanza
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Magdalena Rincón

Cuando se habla de cooperación o de cooperantes parece que nos centramos en la “novedad” de que haya cientos de personas que dediquen su tiempo libre o de trabajo, que sacrifiquen su vida diaria en un país desarrollado por ir allí donde consideran que pueden ser útiles ayudando a los que menos tienen. Así sucede con numerosas Ongs, muchas de ellas creadas en España y algunas en la provincia de Ciudad Real, como es el caso de la Orden del Sacer.

Y, por cierto, este viaje con todos sus gastos los cubro de mi bolsillo, con la excepción del mini portatil del que disponemos los diputados provinciales con conexión wireless, cuyo uso solicité a la Presidencia para evitar quedarme incomunicada en Haití.
Pero por desgracia y como en todo, de esos cientos hay algunos que, bien por estar mal dirigidos por sus responsables de Ongs o bien porque su generosidad, su entrega personal, depende excesivamente del presupuesto público, dan una imagen errónea de qué es y para qué sirve la cooperación internacional. Y todos los que han trabajado en Haití saben de lo que hablo.

En las montañas de Jacmel, saqué una foto a un poblado derruido y de repente escuché una voz de mujer que me gritaba en creol. Le pregunté al sacerdote que nos acompañaba si es que le habría molestado con mi foto. Me dijo que sí; que estaban hartos de fotos, de cooperantes que los fines de semana se iban de fiesta a las playas, de los jeeps relucientes de Ongs y organizaciones internacionales que bajaban por la carretera como si fueran los reyes del mundo (si se estropea el coche, no pasa nada, ya me comprará otro la cooperación internacional). Pero, afortunadamente, no todas las ongs son iguales.

Junto a esa “novedad” que acapara la atención de los medios de comunicación y de la sociedad, hay otro tipo de cooperantes que de forma silenciosa realizan una labor ingente e impagable.
Dos ejemplos claros de eficiencia, eficacia y compromiso social en esta materia son aquellas instituciones que siempre están donde se las necesita. De un lado, la labor de la Iglesia Católica, así como de otras confesiones cristianas en Haití, cuyos misioneros están antes, durante y después de la catástrofe. Están ya insertos en esas sociedades de acogida y tienen un conocimiento ponderado y preciso de la realidad social de cada país. Con Cáritas, la Diputación Provincial de Ciudad Real (así como muchos Ayuntamientos incluido el de Puerto Lápice, o la propia diócesis) ha firmado un convenio por el que se les concede una ayuda de 27.000 euros destinados a Haití. Mi crónica anterior atestigua la entrega y su uso final: dárselo a quienes lo necesitan.
De otro lado, las Fuerzas Armadas Españolas. Esta segunda crónica quiere ser un homenaje al trabajo que de manera callada realizan las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado al cumplir con su nueva función de prestar ayuda humanitaria sin dejar de ser soldados.

Salimos de Jacmel camino a Santo Domingo para acudir a la Conferencia Técnica de Reconstrucción de Haití. Hay que llegar a la frontera antes de que anochezca (sobre las 19:00) y antes de que la cierren.
Para despedirnos, el Obispo de Jacmel nos ofrece un desayuno a la haitiana con un ingrediente especial: un cuarto de queso manchego envasado de Gómez Moreno ¡de Herencia!. Hay unos 8.000 kilómetros de distancia entre Jacmel y Herencia con un océano de por medio, pero el sabor al queso manchego nos devuelve por unos momentos a “casa”, a La Mancha.

Entre los comensales se encontraba un seminarista haitiano con una pronunciada cicatriz sobre el cráneo que llegaba hasta la frente. Se salvó al saltar por la ventana del seminario cuando el edificio se desplomó el día del terremoto. Catorce de sus compañeros murieron y dos profesores. Y, por primera vez, al Obispo le cuesta disimular el dolor: pausa la voz, se desvanece el vigor de su voz, se le enrojecen los ojos. A su lado, el seminarista de la cicatriz parece pasear su mente de nuevo por la tragedia que narra M. Domond.

Cargamos sobre la “yipeta” (jeep) una tienda de campaña del cargamento que entregamos para dejarla en Grand Goave. Allí trabaja y vive el sacerdote haitiano que nos sirvió de guía hasta Jacmel y que necesitaba una tienda.
En Jacmel ha comenzado la reconstrucción... por llamarla de algún modo. Unos abren agujeros verticales recorriendo la fachada para meter un ridículo mallazo de ferralla; otros prefieren la madera quizás porque hay una casa de madera pintada de verde que sigue en pie como un faro en mitad de la nada. Las tirantas de madera agolpadas contra los restos de un muro llevan un nombre escrito: Lionel (quizás el dueño del muro y las ruinas).
En Grand Goave dejamos al sacerdote y su tienda de campaña en el corralón que da a las escuelas. Algunas personas se encuentran sacando y limpiando libros y material escolar para preparar la vuelta a las aulas.

Sobre la marcha decidimos ir a ver el buque español Castilla que se encuentra frente a la costa haitiana, en la bahía de Petit Goave. De camino a esa bahía nos encontramos un par de vehículos militares con bandera española apostados a la derecha. Da gusto encontrarse con militares españoles. Es algo así como si vieras a tu amigo de toda la vida. Se trata de un destacamento de la Armada Española que ha instalado un campamento sanitario. Entramos a lo que podríamos describir como un descampado en mitad de la sierra. Los haitianos están en fila.
Los militares vacunan y prestan consulta de pediatría, de ginecología, de traumatología... Es similar a un buffet pero sanitario. En una mesa a nuestra izquierda hay un grupo de enfermeras haitanas voluntarias. Los médicos militares españoles quieren que cuando ellos se marchen haya profesionales preparados para continuar. Pero dicen que hace falta quien les guíe, quien esté encima para que hagan bien su trabajo.

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