La esclavitud en España y en las minas de azogue de Almadén

Ángel Hernández Sobrino Ciudad Real

En general, todos los esclavos eran valorados negativamente desde el punto de vista moral, ya que se les consideraba desprovistos de capacidad para hacer obras éticamente buenas. Había, eso sí, algunas diferencias entre los esclavos negros y los musulmanes, pues mientras los primeros eran considerados como “niños grandes, torpes y absurdos, pero sin malicia” (4) , a los segundos se les acusaba de falta de lealtad y tendencia a la traición. 

Hace ya algunos años, cuando acompañaba a unos visitantes al Parque Minero de Almadén, durante el recorrido de las antiguas labores subterráneas hice alusión a la utilización de mano de obra forzada y esclava en nuestras minas de azogue, al no haber suficientes forasteros que vinieran voluntariamente a trabajar a Almadén. A una de las señoras que formaba parte del grupo le extrañó que hubiera habido esclavos en España, pues ella nunca había oído hablar de ello. Reflexionando sobre el asunto, convinimos en que a diferencia de otros países, como Estados Unidos, se ha hablado y escrito poco sobre la esclavitud en nuestro país y, sin embargo, en España no solo hubo multitud de esclavos durante la Edad Media y la Moderna (1) , sino que enviamos a muchos más a nuestras colonias en América para trabajar en las plantaciones de cacao o azúcar, y también en las minas.

Antes de nada y para no confundir al lector, debo aclarar que no me refiero a los forzados, a los que la Justicia sentenciaba a las galeras o a las minas para pagar sus delitos, sino a aquellas personas que, sin ningún motivo en la inmensa mayoría de los casos, perdían la libertad y se convertían en esclavos. Ya en el siglo XIII, las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio reconocieron tres causas de esclavitud legal: los cautivos en tiempo de guerra que fueran enemigos de la fe (2) , los nacidos de otros esclavos y los libres que voluntariamente se vendieran a sí mismos como esclavos. El esclavo pasaba así a ser una simple mercancía, que se usaba o se vendía según la voluntad de su dueño. Cuando el esclavo o la esclava, que también las había, no eran ya de utilidad a sus propietarios, estos solían desprenderse de ellos a un precio inferior al que los habían comprado, ya que raramente les concedían la libertad. La Iglesia española de la época no llegó a condenar nunca la esclavitud, sino que los teólogos la legitimaban y solo censuraban de forma tímida el trato inhumano que se les daba en ocasiones.

Francisco de Vitoria, un reconocido teólogo español de la primera mitad del siglo XVI, no planteó ningún problema de conciencia a los dueños de esclavos, salvo en lo concerniente a los métodos con que los portugueses traían a Lisboa a los negros que capturaban en África, algunos de los cuales eran vendidos posteriormente en España (3) :

“Yo, si más no se supiese, por cierto, no veo por dónde los señores que acá los compraron hayan  de  tener  escrúpulo… A la otra duda, de los que en sus tierras fueron hechos esclavos en las guerras, tampoco veo por dónde les hacen gran escrúpulo, porque los portugueses no son obligados a averiguar las justicias de las guerras entre los bárbaros. Basta que este es esclavo, sea de hecho o de derecho, y yo le   compro  llanamente…
Mayor escrúpulo y más que escrúpulo es que ordinariamente  los traen inhumanamente, no se acordando los señores que son sus prójimos…”

En general, todos los esclavos eran valorados negativamente desde el punto de vista moral, ya que se les consideraba desprovistos de capacidad para hacer obras éticamente buenas. Había, eso sí, algunas diferencias entre los esclavos negros y los musulmanes, pues mientras los primeros eran considerados como “niños grandes, torpes y absurdos, pero sin malicia” (4) , a los segundos se les acusaba de falta de lealtad y tendencia a la traición.

A todos ellos la Iglesia católica intentó bautizar, lo cual fue mucho más fácil de hacer con los negros, cuyas creencias religiosas se basaban en el animismo, que con los moros, turcos y berberiscos, quienes eran de religión musulmana. Por ello, las actuaciones de la Inquisición tuvieron que ver más con estos que con aquellos. En ocasiones, los encausados por el Santo Oficio abrazaban el catolicismo, pero en secreto seguían siendo musulmanes. En 1690 un embajador marroquí viajó a Cádiz y relató después de su visita que “todos los presos musulmanes vinieron a nuestro encuentro, proclamando en alta voz su fe musulmana y reclamando las bendiciones del profeta” (5).

Al mejor postor
Muchos españoles ricos, sobre todo de Andalucía, tuvieron esclavos, la mayoría de ellos y ellas dedicados a trabajos domésticos. Dice el historiador Domínguez Ortiz al respecto que muchos de ellos “eran un artículo suntuario que algún tiempo estuvo de moda, ornato de casas nobles y ricas”. El mercado de esclavos de Sevilla estaba en los escalones de un lateral de su catedral, donde eran vendidos al mejor postor. Se cree que en algunas épocas los esclavos, sobre todo negros, llegaron a alcanzar en Sevilla el diez por ciento de la población.

En cambio, la Corona española los utilizó como fuerza de trabajo en el remo de las galeras, los arsenales militares, los presidios africanos y las minas de Almadén. Cuando no había suficientes, como fue el caso de Almadén o el de la mina de plata de Guadalcanal (Sevilla), no dudó en comprarlos a propietarios particulares, pagando por ellos más o menos según su fuerza física y edad. En el caso de Almadén, a mediados del siglo XVII, el precio medio de un esclavo era de unos 60 ducados (6) , es decir, aproximadamente lo que ganaba un minero en un año.

El caso de Guadalcanal es menos conocido que el de Almadén, pero no por ello menos terrible. Esta antigua mina de plata, cercana a la localidad del mismo nombre y situada en plena Sierra Morena sevillana, estaba arrendada a mediados del siglo XVI a los Fugger, los banqueros alemanes que también tenían en asiento las minas de Almadén. Como no había mano de obra disponible para trabajar en las labores subterráneas, los Fugger compraron en 1559 y 1560 a los mercaderes portugueses un centenar de esclavos negros procedentes de Cabo Verde. Pues bien, en 1576 solo quedaban vivos cinco de ellos.

No obstante, donde hubo más esclavos aplicados a los trabajos mineros fue en Almadén. Tampoco en las minas de azogue había suficiente mano de obra, ni libre ni forzada, para las labores subterráneas, por lo que los Fugger, primero, y los administradores de la Corona, después, hubieron de recurrir a la compra de esclavos. Estos, a diferencia de los forzados, quienes eran condenados al trabajo de las minas por un tiempo de dos a diez años, dependiendo de la gravedad del delito cometido, venían a Almadén de por vida y solo recuperaban la libertad si los administradores o superintendentes lo autorizaban.

En algunas ocasiones se les dio la libertad después de haber trabajado, como mínimo, diez años a plena satisfacción de sus superiores. Gaspar Vázquez fue un esclavo al que se le concedió la libertad después de haber servido en la mina durante dieciséis años, realizando los trabajos más duros y peligrosos. Más suerte tuvieron dos esclavos moros que fueron rescatados en 1703 por el sultán de Meknès, Mulay Ismail, quien pagó por ellos lo que costaron a Su Majestad. Con el dinero del rescate se compraron otros dos esclavos para la mina. Si un esclavo estaba viejo o achacoso, lo mejor para él era que le destinaran a servicios auxiliares en la Real cárcel, como limpieza o lavado de ropa, ya que la libertad le conduciría indefectiblemente a morir de inanición.

Otras veces los esclavos ingresaban en la Real cárcel castigados por sus propios dueños debido a su mala conducta. Esta cesión era generalmente temporal y se denominaba “a escarmienta”. El castigo más habitual era dos años en las minas, cumplidos los cuales, los esclavos eran devueltos a sus dueños. Si el delito que habían cometido era grave, intento de fuga, por ejemplo, la escarmienta podía durar más años e incluso los dueños podían cederlos a Su Majestad de por vida. José Francisco fue un esclavo negro, de unos 20 años de edad, cedido de por vida a Su Majestad por sus dueños, Bernardo y Francisco Martínez Cabezón, aposentador y secretario del rey, respectivamente: “empezó a cumplir en las minas el 5 de agosto de 1756 y se le dio libertad el 1 de agosto de 1773”.

Algunos esclavos se fugaron de Almadén, pero su huida tropezaba con muchos inconvenientes: el color de su piel, pues muchos eran negros o mulatos, hablaban mal el castellano y, además, iban herrados en la cara (7). Estas marcas eran muy visibles, así es que se les detenía con facilidad y volvían a la Real cárcel: Gregorio Simón, un esclavo negro y alto, de unos 25 años y buen cuerpo, que había sido comprado por 1.000 reales, se fugó de la Real cárcel pero fue prendido en Guadalupe, desde donde los soldados lo trajeron a Almadén. En 1685 fue capturado en Pozoblanco “un fugitivo negro atezado, de mediana estatura, algo recio, cabello rulo, algo bajo, nariz ancha, que dicho llamarse Francisco”. El alcalde ordinario de Pozoblanco lo envió bien vigilado al superintendente y gobernador de Almadén, D. Antonio Muñoz de Castilblanque, para que hiciera con él lo que estimara conveniente. D. Antonio decidió que trabajara en la mina, donde empezó el 11 de agosto de 1685. El citado esclavo murió en la enfermería de la cárcel el 26 de septiembre de 1689.

En España, a partir de mediados del XVII, pero sobre todo en el XVIII, la esclavitud empezó a disminuir, si bien en las minas de Almadén aún había algunos esclavos en la segunda mitad del XVIII. En fecha tan tardía como 1812, todavía queda reflejada en las actas notariales la venta de algunos esclavos en España. Una Real Ordenanza de marzo de 1836 dispuso que no se trajeran más esclavos a la España peninsular y a partir de entonces los únicos esclavos permitidos fueron los de nuestras colonias americanas. Por fin, en 1873 fue abolida la esclavitud en Puerto Rico y en 1880 en Cuba.

Lamentablemente, en la actualidad todavía continúa habiendo esclavos en el mundo bajo diferentes formas: trata de personas, explotación sexual, trabajo infantil, matrimonio forzado y reclutamiento de niños para la guerra. La campaña “50 for Freedom” de la Organización Internacional del Trabajo tiene como objetivo persuadir al menos a 50 países a que ratifiquen el protocolo contra el trabajo esclavo antes de 2018.

(1)  Se estima que a finales del siglo XVI había en España casi 60.000 esclavos y que entre 1450 y 1750 se trajeron a nuestro país más de un millón, las tres cuartas partes de los cuales eran originarios del África subsahariana.
(2) El esclavo fue un botín de guerra más y de este modo decenas de miles de turcos y berberiscos capturados por las galeras de Su Majestad en las batallas navales del Mediterráneo acabaron sus vidas en los arsenales o en las minas.
(3) En los siglos XVI, XVII y XVIII, la compraventa de esclavos era un negocio más y había muchos marchantes y corredores de esclavos que se dedicaban a él. En los libros de actas notariales de la época aparecen frecuentes documentos de compraventa de esclavos, al lado de las de otros bienes como casas o fincas.
(4) Antonio Domínguez Ortiz: La esclavitud, pp. 29-30.
(5) Antonio García Mercadal: Viajes de extranjeros por España y Portugal, vol. 2, p. 1221
(6) 60 ducados eran 660 reales o 22.440 maravedíes.
(7) Estas marcas a veces eran enormes, ya que los dueños de esclavos querían dejar bien a las claras que eran de su propiedad y no se conformaban siquiera con que en una mejilla llevaran una S y en la otra dibujada un clavo, lo que conformaba “(ese)- clavo”, sino que les tatuaban su nombre o apellidos. D. Miguel de Cárdenas Madrid tenía un esclavo llamado Alí, de color trigueño y mediano de cuerpo, quien en uno de cuyos carrillos llevaba escrito “Cárdenas” y en el otro, “Madrid”.