Sobre ‘El perro del hortelano’, de los Amigos del Teatro
Carmen, Lope y su perro... del hortelano
 
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24/07/2009 - 20:32 Escrito por Lanza

Emilio Arjona / Ciudad Real
Cuando Carmen Ocaña Gómez, el otro día, contaba, con mucha gracia, la justa y emotiva sensación de gozo que sintió cuando le dijeron que “su” comedia lopiana, ‘El perro del hortelano’, entre otras ingeniosas y magistrales obras del Fénix, se iba a representar hogaño en los ya treintañeros Festivales de Teatro Clásico de Almagro, se nos contagió “de pleno” la alegría y la emoción de Carmen.
Ocaña hace un ‘Perro del hortelano’ muy cercano a la propia y compleja peripecia humana del propio Lope, tan intensa, tan copiosa, tan diversa que en sus 73 años le permitió ser amante de varias mujeres: Marfisa, Filis, Jerónima, La Luján..., sacrificado y doliente marido de otras, Belisa, Amarilis, Juana... Excelente aunque desafortunado padre que pierde a varios hijos, hombre de religiosidad difícil pero muy arraigada en su propia humanidad, fiel servidor de ilustres personajes de su época, fue guerrero con el Marqués de Santa Cruz..., poeta y dramaturgo profundo y prolífico: Fue Lope hombre sabio y crítico conocedor de lo humano en la diversidad. Conoció minuciosamente la calle a la que amaba sin complejos...
Fue, en definitiva un hombre, un poeta, un cronista de su tiempo y de su propia existencia. Existencia que vivió intensamente y lo que vivió lo supo contar con imaginación, seriedad y gracia incomparable.
En esta deliciosa comedia, que es lo que nos interesa ahora, Lope de Vega lleva, como buen conocedor de la condición humana y lo complicado de la existencia, por aquello de que “cada uno es como es” y que “cada uno está hecho de distinta “pasta”... y valiéndose de sus buenas maneras y conocimientos dentro, de la comedia, y del “enredro”, subgénero que se hizo permanente en la Comedia española entre la dama y el galán o el caballero y la doncella, lleva, decimos, a un desiderátum tan colosal, que hace tranquilo al mismísimo perro del refrán y al que se une, en este caso en clave de arrebato irascible, aunque muy gracioso al mismo tiempo, al menos para el espectador, el estudio del carácter de las personas que es, en este caso, el de la Condesa de Bellaflor, felicísima creación del autor madrileño, a la que lleva al máximo de sus propios sentimientos y de sus íntimas contraposiciones con ella misma, hasta parecerse, no más que al antagonismo del perro del dicho popular: “que ni come ni deja comer a la jauría”.
El diseño brillante de Diana, la condesa, en el que destaca su contradictoria manera de ser, sobre todo en el tema de las relaciones amorosas, de las que tanto sabía, por cierto, el prodigioso dramaturgo, es un afortunadísimo hallazgo del autor, aunque, que casualidad, podemos encontrar gozosamente también en varias de sus comedias hallazgos semejantes, con los que, el poeta y comediógrafo madrileño, subraya, con arte sin par, caricaturizando ingeniosa y valiosamente, en su singularidad, las facetas de la manera de ser de algunos de esos personajes de sus obras más afortunadas.
Y como de la obra de los creadores insignes se suele decir que se extrae el todo, o una parte importante de la propia y compleja humanidad del autor, pues... velay... que diría un castizo.
Carmen Ocaña, como autora propicia y valiente de la propuesta, y responsable de la dirección del grupo que hace la galardonada función, al mismo tiempo se encarga, además, evidentemente con éxito, de la singular figura, difícil, aunque atractiva para una actriz, de esta condesa de Bellaflor. Carmen, que sabiendo que la empresa era complicada aunque muy sugestiva, ha puesto en ello su mayor empeño y también su mayor entusiasmo, precisamente, en el estudio de esta condesa sin igual, y, especialmente, en su casi enfermiza volubilidad que provoca confusión extremada en el entorno de la señora, y, sobre todo, en el galán de la comedia, al que descoloca estrepitosamente la dama con su cambiante proceder.
Este personaje de Teodoro al que, a veces, pone frenético la condesa, y otras se muestra sumiso e interesado y colérico, cuando la dama se ausenta, e irritable ante Marcela, lo interpretar, muy bien, por cierto, de manera efectista y convincente Antonio del Río, actor tan fijo como necesario en el grupo.
También, con su actitud voluble, la condesa malogra el idilio que, dentro de su mansión, mantiene Teodoro con una de las asistentas de la señora: Marcela, interpretada por Pilar Pérez, actriz que en las sucesivas apariciones del Grupo, se está consolidando al alma, tanto en su manera de decir -cuenta con una excelente voz para el teatro-, como en la de matizar, gestualmente, lo que vive y cuenta en la función.
El imprescindible pícaro de esta comedia, Tristán se llama, está, diríamos, que muy bien recreado por el actor de Amigos del Teatro Jesús Segura. Y pensamos que enriqueció el personaje con actitudes y matices efectivos y oportunos al decir el texto que le correspondía a su rol como amigo, más que criado de Teodoro.
En fin, todo el conjunto que en esta ocasión dirigió Carmen estuvo a la altura para merecer el éxito que, sin duda, logró Amigos del Teatro y su directora que, además, encontró en esta condesa sin igual... algo de lo que, tal vez, se podría ver y entender tras un estudio de la propia BIOgrafía humana del grandioso poeta y dramaturgo del siglo de oro. Enhorabuena. A Carmen Ocaña, doble y confidente de la duquesa de Bellaflor.

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