Miquel Gallardo fue el joven monje encargado de velar por la salud del viejo Don Juan, ya de trapo, pero al que insufló una poderosa energía, un ansia por vivir o revivir el dulce sabor del cortejo, que se convirtió en en amarga hiel de reproches al aparecérsele las mujeres a las que había prendado y, tras irrefrenable entrega, abandonado. Hay algo de vampiro, de búsqueda de un nuevo sabor, de sangre fresca, en el Don Juan milenario sobre el que escriben Tirso de Molina, José de Zorrilla, Molière y Josep Palau I Fabre, autores en los que se basa el original montaje que la compañía Pelmánec Teatro llevó al Teatro Municipal de Almagro.
Hasta la muerte, enamorada de este galán que extermina cualquier tibieza o recato en las damas, temió llevárselo y, cubierta de un rojo pañuelo, le visitó en noches de extenuado cansancio tras arranques de furia que condujeron a Don Juan a intensos carraspeos y a la necesidad de un descanso. No se precipitó porque éste fuera eterno la muerte, cuyo títere, desprovisto de la sábana roja, recordó a los simpáticos personajes tenebrosos de Tim Burton.
En el escenario, costales colgados de sogas que remitieron a la extrema sencillez en cuanto a ornato del entorno monacal en el que acaba sus días Don Juan, pero también recordaron a los sacos golpeados de manera obsesiva por los boxeadores. Se balancearon como badajos de campanas retrotrayendo melodías y voces de amadas despechadas cuyos rostros aparecieron proyectados en cortinas y sábanas y cuando estos odres se rajaron brotaron de ellos arena roja cual sangre tan difícil de detener como el tiempo.
Gallardo hizo de todo en uno y, si su voz y cuerpo correspondieron con los de un joven aturdido -Jacobo- entre el aliento a disfrutar sin freno de los deseos frente a los consejos de una vida alejada de tentaciones, de sus manos y garganta cobraron nervio y genio los títeres de Don Juan y el padre Luis, con una gran expresividad que hizo dudar, a veces, si de veras su palpitar y gestos procedían enteramente del único actor sobre el escenario.
En el juego de contrastes, dualidades y antónimos de la obra, la medicina que le proporcionaba el joven a Don Juan resultó ser veneno; y el padre Luis, encargado de su educación y que en realidad era don Luis Mejía, condujo a Jacobo hasta su verdadero padre ya que fue engendrado del enamoramiento con doña Ana de Pantoja.
El público ovacionó en el Teatro Municipal de Almagro levantado de sus asientos a Gallardo por su versatilidad, destreza y gran trabajo de desdoblamiento al recrear la pieza en torno al mito de Don Juan, capaz con tres carretes de hacerse con el corazón y la voluntad de cualquier mujer, como expuso la propia muerte: El del hilo negro de su mirada, el de la lana de sus manos y el de la seda de sus labios.


















