El ingenio azuzado por un hambre atroz frente a la pusilánime desgana

Teatro Alhambra. Lazarillo de Tormes. Foto: Gustavo Morales

Teatro Alhambra. Lazarillo de Tormes. Foto: Gustavo Morales

Claroscuro empleó máscaras, títeres y música en vivo para narrar ‘Lazarillo’

Sin apetito, una joven francesa no deja de desfallecer un año después de la muerte de su padre y será precisamente un cochinillo, que aguarda como suculento manjar y agradece la llegada de cada amanecer sin ser trinchado, quien logre sacarla de la apatía y la desgana en la que vive dentro de un idealizado cuadro de dorado marco. El cochinillo, quien detesta la manzana que suelen colocarles a los de su especie en los asados y, por contra, le encanta el vino con el que acompañan su carne, asombra -como un teleñeco- a la joven por su capacidad de hablar y la anima a abandonar su oscuro abandono descubriendo los secretos alojados en tres arcones con los tesoros del pasado de su padre.

El acento andaluz del lechón contrasta con el francés de la joven, encarnada por la actriz canadiense Julie Vachon, que, pese al áspero duelo, se decide a traspasar el brillante marco áureo para conocer la historia llena de aventuras y sobre todo desventuras de un niño salmantino que es entregado como lazarillo a un egoísta y desalmado ciego, más tarde sirve a un avaro y no menos cruel clérigo y después a un noble sin tener donde caerse muerto. Ningún bien querrá para los dos primeros, más bien arrebatárselos con la picardía que azuza el hambre atroz a la que le condenan, mientras que por el tercero no sentirá rencor porque la falta de sustento es compartida.

Servirá a muchos otros amos, terminará prosperando y logrará dar una vida confortable en Francia a su hija, quien se despeñará por el abismo de la inapetencia al quedarse sin su progenitor, lujo de desganarse que se permiten los pudientes y no así quienes han pasado las calamidades del hambre, a juicio de un cochinillo que logra que vivos colores regresen a la indumentaria de una joven que, tras conocer las fortunas y adversidades de Lázaro de Tormes –nombre que coincide con el de su padre-, recupera las ganas de zamparse la vida.

La producción andaluza-canadiense de Claroscuro de ‘Lazarillo’ cuenta con una formidable música renacentista en directo a cargo de Sara Águeda al arpa de dos órdenes y el canto y Alejandra Saturno a la vihuela de arco, y la utilización de una realista marioneta articulada del pícaro Lázaro, realizada por el imaginero Antonio Espadas, a lo que se suman las máscaras con las que el elenco mayoritariamente femenino transmuta de personajes y situaciones.

Rodeado de seres humanos viles, Lázaro es una marioneta y al mismo tiempo es el personaje más humano en un montaje que, dentro del Certamen Internacional de Barroco Infantil, pudo verse el lunes 10 en el Teatro Municipal de Almagro.