La alevosa resurrección de Chicho Sánchez Ferlosio

César Muñoz Guerrero Ciudad Real
Chicho

Chicho

Dios y el Diablo juegan a naipes en ese catastrófico entramado y en ocasiones, con la venia, caen migajas que salpican a un afortunado. El regreso del vinilo ha conllevado una perfecta operación de mercadotecnia para los que son figuras, pero además ha quedado sueño suficiente para revisar la labor de alguno de esos anónimos dichosos.

Chicho ha vuelto. No esta vez a los taburés de la Aurora, ni al precario sotanillo de La Mandrágora; aun así, su aparición podría estimarse de milagrosa por lo inesperada. La convulsión que retorció a la industria musical española extinguió unas compañías, transmutó otras y dio con los huesos de muchas leyendas en el purgatorio. Dios y el Diablo juegan a naipes en ese catastrófico entramado y en ocasiones, con la venia, caen migajas que salpican a un afortunado. El regreso del vinilo ha conllevado una perfecta operación de mercadotecnia para los que son figuras, pero además ha quedado sueño suficiente para revisar la labor de alguno de esos anónimos dichosos.

Aquí es donde entra en juego el protagonista. Un verano de los primeros sesenta, dos periodistas vinieron desde Estocolmo a Madrid con un cuatro latas y un magnetofón en el maletero. Al llegar, tenían un contacto que les encerró en un domicilio con un hombre, a quien capturaron cantando unos himnos que la revista sueca Clarté publicó luego en una colección titulada Canciones de la resistencia española. La carpeta, con ilustraciones del arrobeño José Ortega, llevaba la siguiente leyenda: “silenciamos el nombre del autor por motivos de seguridad”. El furtivo objeto se enmarcaba dentro de la política de apoyo de Sköld Peter Matthis, presidente del medio, a la oposición antifranquista, impulsada en Suecia a través de iniciativas como la muestra pictórica Estampa popular. Los seis temas incluidos, entre los cuales había interpretaciones primigenias de A la huelga o Julián Grimau, se relanzaron para captar nuevos afiliados, y sus impulsores distribuyeron el vinilo en España disfrazado de compendio de folclore nórdico del siglo XX. Emilio Quintana y José Cárdenas, que han estudiado en profundidad este fenómeno popular, dan al disco escandinavo el calificativo de obra clave de Chicho Sánchez Ferlosio. Varias de aquellas piezas se registraron por primera y última vez: su autor se mostraba reacio a aprisionar las canciones, que concebía como consecuencias de la diversificada actividad política en contra de la dictadura.

Iba Krahe un día a los estudios y le espetó su colega: «Oye, Javier, no hagas discos, a mí me parece que no hay que grabar», a lo que él dijo: «Pero Chicho, tú ya los has grabado, déjame que llegue yo por mi cuenta a esa conclusión». De los dos inventarios oficiales (no cuentan los clandestinos) que efectuó a lo largo de su trayectoria, el esquivo A contratiempo ha sido el menos difícil de encontrar para quienes nacimos con posterioridad y no alternamos con contrabandistas. Se editó en vinilo y casete en 1978, y el insignificante alcance de distribución de la disquera hizo que pocas copias lograran saltar el cerco de la periferia madrileña. Pese a todo, algunos tuvieron fe de carboneros y consiguieron ejemplares. El mercado de segunda mano fue el único proveedor de esas reliquias hasta 2007, cuando se presentó una tirada en CD igual de escasa, pero que ponía remedio parcial a un abandono que se alargó treinta años. Diez años después, Warner ha juzgado oportuna una nueva puesta en escena en formato vinilo y compacto.

El creador imprimió a su primer hijo reconocido el mismo carácter anárquico de sus peripecias vitales y artísticas. Así lo testifican los implicados: sin ir más lejos, Luis Mendo, guitarrista que ideó los arreglos. «Recuerdo que recién llegada la democracia yo era miembro del grupo Malasaña. Promoví algunos cantautores junto a Carlos Guitart, cuya empresa proporcionó tiempo y presupuesto reducidos. A contratiempo fue un disco analógico, espartano, uno de mis primeros experimentos. Hasta que marché con Aute, actué bastante con Chicho en esos años, y creo que la vigencia de su mensaje es mayor hoy que entonces. La particularidad fue que se tomaron primero las canciones con guitarra y voz, y después los arreglos y algún teclado. Justo al revés de lo normal». El productor Juan Ignacio Cuadrado, que se encargó del sonido, recalca esta irregularidad del proceso: «Chicho era una persona fuera del mundo real, iba un poco a su bola. Seguramente se invirtió el orden por la complicación de imponerle unos arreglos previos. Pocas veces en mi vida he participado en una cosa así y esa fue una de ellas. No fue una producción larga sino de primeras tomas, poco elaborado. Se grabó en ocho pistas y se mezcló a mano, sin digitalización: hay que tener en cuenta que los ordenadores personales no existían ni en la facultad de informática, y que los empresariales ocupaban edificios enteros. El álbum lo sacó Guitart, conocido bajista de Los Sonor, en su discográfica Dial».

Viendo la presencia de estas dos autoridades, no cabe duda de que el cantante se rodeó de lo mejor de cada casa. También le surtieron de solera la delicadeza del filósofo Agustín García Calvo, quien cedió La gracia nevando o La balada de las prisiones; la mística de su padre Rafael Sánchez Mazas en Llegarás por los calveros o de Dante Alighieri en su tercer canto del Infierno; los certeros disparos del anónimo castellano Romance del prisionero. Esta cuidada selección de sospechosos habituales da a entender la concepción que tenía del arte como sobresalto de conciencias, lo que se acentúa en Gallo rojo, gallo negro y La paloma de la paz, dos tirones de orejas al poder establecido. La sedante Hoy no me levanto yo, inaudita reivindicación del derecho a secundar una huelga mediante el procedimiento de quedarse metido en la cama el día de autos, y Si las cosas no fueran, alegato a favor del hedonismo, dejan ver la compasión del artista detenido en la fugacidad de las cosas cotidianas, que tan poco hueco suelen ocupar en las canciones. Ante el recelo de falsedad que pueda provocar esta última afirmación, no estará de más decir que para Chicho no tenían nada que ver la pequeñez de las formas y las miras cortas con que algunos las perciben.

La otra referencia oficial de su carrera, aún por reeditar, es el single Coplas retrógradas. Salió en 1982 en el sello Nuevos Medios, propiedad del fotógrafo Mario Pacheco, y no constan crónicas que aporten explicaciones razonables sobre su individualidad. Desconocemos si el misterioso sencillo llegó a considerarse parte de una obra planificada o fue un capricho pasajero. Por de pronto, se trata de un extracto del concierto que dio Chicho el 20 de marzo de ese año en la Aurora, acompañado de la voz y el cuatro de Rosa Jiménez. Dada la extrema indisciplina del personaje, resulta factible pensar que lo que pudo calcularse hasta el mínimo detalle terminase en vía muerta por la informalidad que no demostraba con nadie y que reservaba al trato con su propia obra.

No sabemos cuánto durará la quimera. El bolerista Alberto Pérez anunció en 2007 que estaba en trámites un recopilatorio de toda la obra de Chicho que incluiría canciones, artículos y juegos, entre otras invenciones que salieron de su cabeza a lo largo de su dilatada vida. Lo prometido sigue siendo deuda: la reedición de A contratiempo se suma al volumen Canciones, poemas y otros textos, que Hiperión prensó en 2008, hace nueve años. Todos los esfuerzos serán vanos, pues el afán disperso de Chicho le llevaba a componer sin parar melodías y letras que lanzaba a merced de los vientos del pueblo. Este las recogía como lo que eran, brotes verdes vivos nacidos de la imaginación de un tipo siempre tan cercano al aliento de los siglos que la inspiración se le tornó en brindis al sol. Creer que fue desordenado su universo de carambolas imposibles, acertijos aritméticos y juegos de lógica equivale a confundir la agitación propia de las mentes pensantes con un mundo inconsciente que va acumulando encima el peso dañado del conformismo.