La piedra curvada

Muchos conocemos el edificio de Miguelturra como la Torre Gorda, gran volumen que se hace visible desde la distancia sobresaliendo sobre el perfil de la ciudad

Muchos conocemos el edificio de Miguelturra como la Torre Gorda, gran volumen que se hace visible desde la distancia sobresaliendo sobre el perfil de la ciudad

La torre gorda es uno de esos edificios que necesitan verse desde los sentidos. Hay que ver el edificio en la distancia y ver y sentir la grandeza del espacio de su cúpula en el interior. Escuchar el silencio del espacio que se hace indefinido en las formas curvas de la cúpula interior. Hay que ver la piedra de su forma exterior y palpar y tocar la forma curvada se sus muros exteriores en contraste con las formas rectas de su fachada posterior

Muchos conocemos el edificio de Miguelturra como la Torre Gorda, gran volumen que se hace visible desde la distancia sobresaliendo sobre el perfil de la ciudad. Una cúpula de gran altura que sobresale de los edificios circundantes y es visible desde la distancia en diferentes carreteras de la provincia. Probablemente habrá muchos que no se hayan acercado a ver el edificio en su cercanía. Un acercamiento que cambia la visión y la idea del edificio que cobra una nueva dimensión.

 

El cambio del barroco al neoclásico

Probablemente el edificio que mejor muestra el cambio del barroco al nuevo estilo neoclásico sea la ermita del Cristo de la Misericordia de Miguelturra. Un edificio cuyas trazas fueron realizadas por el arquitecto Antonio Berete el 24 de febrero de 1772. Sabatini lo presentaba como hombre de su confianza y maestro de obras de los aprobados por la Academia de San Fernando, en la que se había matriculado a la edad de once años, el 12 de junio de 1766. Por Real Orden de 22 de febrero de 1776, el joven Antonio Berete fue encargado de la dirección de las obras del Botánico con un sueldo de 300 ducados anuales. El 25 de mayo de 1774 se bendecía el terreno donde se iba a construir la iglesia del Cristo de la Misericordia de Miguelturra, colocando la primera piedra. Un edificio que tenía un referente en la iglesia de san Francisco el Grande de Madrid.

Una ermita de planta centralizada de forma elíptica con el eje mayor utilizado como eje de simetría del conjunto. Tiene cuatro capillas que corresponden con los cuatro puntos cardinales. En la capilla del norte se sitúa el retablo dedicado al Santísimo Cristo. El alzado está definido por pilastras toscanas dobles entre las que se sitúan hornacinas y capillas menores sobre las que hay tribunas dobles con pequeños balconcillos. Por encima del entablamento una gran cúpula con tambor y linterna de cincuenta metros de altura que crea un espacio interior muy espectacular. Un espacio interior en el que las dimensiones le dan una significación especial, creando un ámbito que sobrepasa la escala del hombre y nos introduce en el ámbito de lo sagrado.

 

La piedra curvada

En la época, el edificio es valorado negativamente por algunos historiadores como Ponz en su Viaje de España en 1791 que dice: “se pasa por Miguelturra lugar bien situado, pero no quisiera haber visto en él una grande y costosa ermita con su cúpula que estaban construyendo de malísimo gusto…”. Las dimensiones, la escala y el nuevo lenguaje utilizado choca con las tradicionales propuestas del momento.

La fachada principal tiene los elementos del lenguaje barroco. Realizada en piedra labrada para adaptarse a la forma curva del conjunto está dividida en tres cuerpos con pilastras en cuyo centro se abre la puerta con arco de medio punto con una pequeña hornacina superior. En los dos laterales otras dos pequeñas hornacinas y óculos y placas.  El cuerpo segundo tiene un óculo central mayor y otros de menor tamaño en los laterales. El tercer cuerpo tiene una balaustrada con el arranque del templete que lo iba a configurar con la hornacina y dos cuerpos laterales que lo unían a las torres que no se completaron. El acceso que se introduce como un hueco de pequeñas dimensiones deja ver el espesor del acceso en su escalera que conduce al interior.

En la fachada posterior, realizada también en piedra, el lenguaje es ya neoclásico. Una fachada con un nuevo lenguaje que tiene también la calidad de las formas ilustradas con las proporciones y los trazados clásicos y equilibrados. Ahora es el plano recto con las tres perforaciones circulares a cada lado de la puerta. Sobre el acceso la forma triangular y el remate del óculo superior en una composición austera de especial equilibrio. Frente a la forma curvada de la parte delantera ahora el plano que sigue teniendo una elaboración de la piedra de especial calidad. La estereotomía ejecutada con especial habilidad que conforma una fachada en la que la piedra se convierte en protagonista de la composición. Un edificio que no llega a completarse en su parte superior y que tiene en ese aspecto de obra inacabada algo de su atractivo singular.

La piedra que sigue la forma curva de la planta del edificio adquiere así una condición táctil de suavidad, de fuerza que se hace forma labrada y que tiene una especial presencia. El trabajo de la piedra con grandes piezas que se adaptan a la forma de la planta tiene una excelente calidad y en su gran altura tienen sin embargo la atracción de su tacto que parece invitar a seguir la forma del edificio con las manos. La sillería regular de los paramentos va dejando lugar a los elementos singulares como huecos y hornacinas. Y en el punto central el acceso que aparece como una pequeña fractura en el grosor del muro que a través de escalones conduce al interior del espacio. Una búsqueda del efecto de entrada a través de esta pequeña abertura en el gran muro para acceder al impresionante espacio interior

 

La cúpula interior y el edificio en la ciudad

El espacio interior tiene el atractivo de su grandiosidad y de la escala que nos supera. Frente a la forma de la planta las dimensiones de la cúpula que llegan a los cincuenta metros de altura. Una forma que se muestra siempre como forma continua, sin límites y que cuando no tiene elementos de contraste como en este caso nos sitúa en un espacio indefinido. La fachada posterior con un nuevo lenguaje tiene también la calidad de las formas ilustradas con las proporciones y los trazados clásicos y equilibrados. La cúpula se desplomó en 1921 volviéndose a construir la actual en los años treinta del siglo pasado.

Actualmente el edificio ocupa un espacio con zonas libres en su entorno que permiten una visión global del conjunto en todo su perímetro. El perímetro ha respetado una cierta separación para las nuevas construcciones que acompañan el conjunto que se eleva como gran volumen en esta cercanía a lo construido. La zona verde en uno de sus laterales parece ofrecer un cierto respiro a esta pieza de arquitectura construida. Los añadidos en uno de sus laterales posteriores con las chimeneas salientes deberían eliminarse como manifestación del aprecio por esta pieza singular de arquitectura. Las dependencias auxiliares bien podrían buscar acomodo en algunos lugares próximos sin interferir ni alterar la impresionante volumetría del edificio.

La torre gorda es uno de esos edificios que necesitan verse desde los sentidos. Hay que ver el edificio en la distancia y ver y sentir la grandeza del espacio de su cúpula en el interior. Escuchar el silencio del espacio que se hace indefinido en las formas curvas de la cúpula interior. Hay que ver la piedra de su forma exterior y palpar y tocar la forma curvada se sus muros exteriores en contraste con las formas rectas de su fachada posterior. Tiempos y lenguajes próximos que conviven y reflejan los cambios de mentalidad y de estilo en apenas unos años. Arquitecturas de los sentidos, de la piedra curvada del barroco que camina hacia nuevos lenguajes.