Libertad y dignidad para las mujeres

El montaje ‘Las Cervantas’ se hace eco de un puntal reivindicativo de Cervantes a favor de la igualdad, y en su estreno en Almagro sirvió de homenaje a José Monleón  

Julia Yébenes    
Ciudad Real

Mensaje de libertad y equidad para la mujer de hace cuatro siglos que, sin paradojas, sigue siendo vigente en la actualidad. No sólo Galatea, la pastora Marcela, la bella Dorotea y la proyectada Dulcinea desprenden deseos de independencia y compromiso de la mano de su creador, también las mujeres reales del entorno del escritor analizan su estado social e individual y, sobre todo, la dictadura moral a la que están sometidas.
Este es el escenario en el que se mueven las cinco figuras femeninas que han protagonizado este fin de semana ‘Las Cervantas’ en el Corral de Comedias, con un montaje concebido por Fernando Soto para analizar lúcidamente los sentimientos y estereotipos de género y con una cierta similitud (por la ausencia de hombres pero con una atmósfera infinitamente más abierta) a la composición escénica de ‘La Casa de Bernarda Alba’.
El texto de Inma Chacón y José Ramón Fernández abusa de lenguaje coloquial, por debajo del imaginario literario del propio Cervantes, aunque transmite de manera transparente la ansiada libertad femenina, que el escritor esgrimió en todo su legado, entre sus diálogos de caballerías, aventuras y amores.
“No es el delito al que quieren castigar, sino al pecado”. La religión católica como verdugo implacable de la posición relegada de la mujer ejerce de yugo en la historia, y a la vez es el instrumento para alcanzar la liberación de conciencia, en ese juego psicológico que tan eficientemente ha utilizado el ser humano (sobre todo los que marcan reglas y estereotipos) a lo largo de los siglos. Son esos “brazos largos y decencias cortas” de las que habla la función, en la que destacan las hermanas Olayo como hermanas lúcidas y prácticas de Cervantes. “No está a gusto la buena suerte en esta familia”, reiteran.
Y para buscar resquicios a la imposición hace falta una inteligente ironía, que en este caso sale a escena a rachas, para cubrir de decoro y compostura la posición de unas protagonistas consideradas ‘putas y barraganas’ , pero que exhiben el problema y solución a través de sus personajes. Por un lado las jóvenes y cándidas hija bastarda y sobrina del escritor (Isabel de Saavedra -Clara Berzosa- y Constanza de Ovando –Irene Ruiz-), frescas y rompedoras, y por otro, la férrea esposa, Catalina de Salazar, poco ancha de conciencia y defensora de que “las cosas sean como tiene que ser”.
Fernández explica las hermanas de Cervantes son “libres, cultas, que viven de su trabajo componiendo ropa, que han sobrevivido a los abandonos y la falta de palabra de hombres defendidos por los usos de la época” y que, por tanto, “tienen mala prensa”.
Llama la atención el aprovechamiento escénico del emblemático espacio del siglo XVII, que ha acogido las dos funciones con el cartel de ‘no hay entradas’ y que ha sido sede de la recreación de la casa de “las Cervantas” en Valladolid, donde Miguel de Cervantes se traslada por un tiempo, por ser capital de la Corte y desde donde tiene que regresar a Madrid tras el suceso real, poco conocido, en el que está basada esta obra.
Todo sucede en la noche del 27 de junio de 1605, cuando un caballero herido de muerte pide auxilio cerca de la vivienda del escritor y de sus “Cervantas” y se abre una investigación y un interrogatorio que lleva al escritor a ser encarcelado de nuevo (junto a otros vecinos) para encubrir a un noble, que es el verdadero asesino.
Por ello, las mujeres luchan contra un mundo “que las prefiere sumisas”, dice Fernández, y se convierten en “heroínas que no se doblegan”, aseguran ellas mismas al final de la obra, cuyo mensaje sirvió para homenajear al dramaturgo y crítico José Monleón, muerto este viernes a los 89 años. Tras condenar el atentado terrorista de Niza, el director, Fernando Soto, condenó el suceso a través de “la búsqueda de la bondad y justicia para no vivir con miedo” que cultivó Cervantes, así como reclamó la esencia de los textos de Monleón.
José Ramón Fernández, alumno de este referente del teatro, le dedicó la función y destacó que supiera “conjugar la pelea por la libertad y dignidad” de los seres humanos con un espíritu “joven”.