Un sueño enriquecido por el alma femenina

rosaura arpa

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‘La vida es sueño’ es una de las obras más representadas del Siglo de Oro y con razón. La calidad de su texto, la universalidad de su temática y la profundidad de sus personajes elevan la obra de Calderón de la Barca al máximo exponente del teatro clásico español. Rara es la edición del Festival Internacional de Teatro de Almagro en la que no nos topamos con un par de versiones de la obra y esta proliferación de miradas dificulta acercarse a su universo desde una perspectiva original.  

Ramón Ruiz
Almagro

‘La vida es sueño’ es una de las obras más representadas del Siglo de Oro y con razón. La calidad de su texto, la universalidad de su temática y la profundidad de sus personajes elevan la obra de Calderón de la Barca al máximo exponente del teatro clásico español. Rara es la edición del Festival Internacional de Teatro de Almagro en la que no nos topamos con un par de versiones de la obra y esta proliferación de miradas dificulta acercarse a su universo desde una perspectiva original.   
La ‘Rosaura’ de Paula Rodríguez y Sandra Arpa, dentro del Certamen Almagro OFF, nos ofreció un derroche de originalidad no sólo por la perspectiva desde la que se adentra en ‘La vida es sueño’, sino también por una puesta en escena que combina el riesgo, la frescura y la poesía.
Las dos actrices, que en un ejercicio de artesanía teatral son también autoras del texto, la escenografía, el vestuario y la coreografía, renuevan completamente la perspectiva de la obra, poniendo en el centro de su montaje a Rosaura, uno de los personajes femeninos más ricos y complejos del teatro del Siglo de Oro.
En su viaje hacia las raíces del personaje, Paula y Sandra no se limitan a las fronteras textuales de lo escrito por Calderón y se aventuran en lo desconocido para reconstruir la vida interior y exterior de Rosaura.
En esta labor siempre compleja de introducir palabras nuevas a un texto tan catedralicio, el resultado de la propuesta es más que notable y tanto en el verso como la prosa, el texto de las autoras encaja armónicamente y por momentos alcanza altas cotas de belleza.  
La puesta en escena no se queda atrás en originalidad. Las dos actrices cargan sobre su cuerpo y su voz todo el peso de la narración. En un espacio negro, el relato se va construyendo en medio de un juego de luces y sombras que consiguen con dos pequeñas linternas que les acompañan en la acción.
Nada más necesitan las actrices para invitarnos a compartir la búsqueda que lleva a cabo Rosaura de su propia identidad. Un trayecto lleno de ritmo y cambios de registro, en el que las dos actrices generan una danza interpretativa llena de intimismo y poesía.
Sin la protección de una máscara o de una escenografía que las cobije, las actrices se lanzan al vacío y realizan un titánico trabajo de interpretación para recrear el entramado narrativo de ‘La vida es sueño’ que, a pesar de estar difuminado tras Rosaura, se mantiene presente en la obra.
El cambio de foco hacia Rosaura aporta una sana perspectiva femenina sobre las preguntas esenciales que lanza Calderón. Perdida entre dos géneros, mitad hombre y mitad mujer, la protagonista busca su identidad al tiempo que busca su propia alma.
En este camino se topa con un Segismundo, mitad fiera mitad humano, que se encuentra enclaustrado en su propia división interna. Y a partir de aquí, el camino interior de ambos personajes transcurre en paralelo, como si su encuentro (que produce los momentos de mayor intensidad escénica entre las dos actrices) fuera el catalizador que les empuja hacia ellos mismos.

Identidad
La búsqueda de Rosaura culmina con la recuperación de su retrato (su identidad), que permanecía secuestrada en manos de Astolfo, representado como un hombre banal y obsesionado por el poder. Una vez finalizada su lucha personal, Segismundo y Rosaura se encuentran de nuevo al final del trayecto, ya completos, para iniciar uno nuevo.
Resulta muy interesante la nueva perspectiva que ofrecen del clásico, y el enorme trabajo previo que han realizado para destilarle una mirada femenina tan personal y tan cuidada. Además, el entramado de ideas se asienta sobre un enorme trabajo actoral, que hace habitable una obra que a priori parece difícil de habitar. Pero a esta atmósfera poética y evocadora, le falta en ocasiones algo más de estructura para que no se quede en un bello ejercicio de cuentacuentos, más que en una obra de teatro.
La calidad y la profundidad que consiguen las creadoras de esta ‘Rosaura’ invita al espectador a repensar nuestra propia lucha interna entre lo masculino y lo femenino.