José Rivero Serrano (Ciudad Real, 1951) es un arquitecto que escribe libros, o un escritor que, por las mañanas, ejerce la arquitectura. Su último libro, “Geografía personal” (Biblioteca de Autores Manchegos, Colección Literaria Ojo de Pez, Diputación de Ciudad Real, 2012), pertenece a un género difícil de clasificar: ensayo, dietario (sin fechas), revisión de la civilización... Podríamos aplicarle el epíteto de “filosofía en fragmentos”.
Rivero se califica a sí mismo, al final del libro como un “curioso moderno”; curiosidad por todo y por todos, alimentada por infinitas lecturas que van de la novela a la estética, del ensayo o la Historia a la crítica cultural. Y Modernidad como opción vital, en tanto que apertura a lo nuevo, sin olvidar un bagaje cultural que arranca de la Ilustración, del racionalismo, para llegar a la postmodernidad más inmediata o actual.
El libro podría ser definido, en palabras del autor, como “un tropel de asuntos desconexos y de rara trabazón”. En efecto, Rivero anota en su cuaderno reflexiones y citas sobre infinidad de temas, entre otros: los colores, la imagen, la fotografía, el humo, la luz y la sombra, el Arte, sobre la máquina, las formas de aprendizaje, las viviendas, las poblaciones o los cementerios, la tierra, el suelo, y sobre la Memoria, en muchas de sus manifestaciones, una de ellas, el olvido.
Cualquiera de estos asuntos, o muchos otros que aparecen a lo largo del libro, surgen al hilo de una cita de un reflexión, que Rivero analiza y a la que responde con su propio planteamiento, estableciendo un diálogo en el que nos encontramos con nombres señeros de la cultura (Walter Benjamin, Ortega, John Berger, Borges, Barthes...), junto a autores más actuales como Julian Barnes o Peter Handke, y entre los españoles algunos ensayistas con los que Rivero encuentra bastantes concomitancias: Félix de Azúa, Vicente Verdú o Eduardo Arroyo. Pero quizá entre sus autores españoles preferidos estén Juan Benet, que no sólo fue un gran novelista sino un pensador y crítico muy agudo, y nuestro paisano Ángel Crespo, poeta y traductor, pero también humanista en un sentido amplísimo en cuanto a su enorme curiosidad y su gran cultura.
Una figura aparece una y otra vez a lo largo de estas páginas de Geografía personal y es la de Ramón Gómez de la Serna, bien porque Rivero incluya algunas de las ‘greguerías’ ramonianas que son más de su gusto, bien porque el mismo incurra en ese género, difícil y arriesgado, pero enormemente brillante si se le aplica la lucidez y el ingenio. He aquí algunos ejemplos:
“Me bebía la vida a borbotones y, claro, me atragantaba”. (p. 127)
“El otoño teme al gris, por eso se reviste de dorados leves”. (p. 54)
“La toalla, como intersección de lo seco y lo húmedo”. (p. 37)
“Marca del tedio: fango y chatarra”. (p. 20)
Pero no todo son greguerías o metáforas plásticas y luminosas. Hay también reflexiones de fondo que nos abren rendijas al pensamiento, siempre fragmentario, de Rivero. Por ejemplo:
“Gracias al trabajo aprendemos a obtener lo que necesitamos, pero el espíritu nos hace preguntarnos para qué” (p. 154)
“Siempre es más fácil buscar la seguridad que la libertad”. (p. 145)
“Leer no soluciona nada, más bien lo complica todo”. (p. 123)
“Todo conocimiento se sabe fragmentario”. (p 113)
Estamos ante un libro lleno de sugerencias, que exige esfuerzo al lector (como todo buen libro) y que nos ofrece un universo de referencias y reflexiones tan variado como el mundo mismo. Un libro para aprender, para discutir, para polemizar, para profundizar en algunos de los muchos temas en él esbozados.
Parafraseando al autor en su introducción, todo lo que aquí se contiene (“reflexiones, aforismos y esbozos” nos hablan tanto del autor en sí mismo “cuanto de la colectividad en que se inserta”. Un mundo personal, en absoluto banal, enormemente reflexivo, que va a permitir sin duda al lector desarrollar el placer de la lectura y, sobre todo, el placer del pensamiento.
















