Si todos sus ingresos, paciente lector, los percibe por nómina y es lo suficientemente honrado o cobarde –la conducta resultante sería la misma fuera cual fuere la motivación- como para hacer su declaración de renta, lamento decirle que es usted un pechero: su baja condición socioeconómica le obliga a pagar impuestos. Aunque, justo es reconocer que no es suficiente ser de baja cuna para ser “pechero” y tener que “pechar” con los gastos del poder: si ha sabido elegir la forma de ganarse la vida, puede salir del “privilegio odioso” de subvencionar a la Administración. Tradicionalmente, estuvieron exentos de contribuir económicamente al mantenimiento del poder los nobles y los clérigos… además de los “exentos”, que eran los que se veían libres de “pechar, por designio real. Los tiempos han ido cambiando ciertas cosas, aunque me temo que el paso de los siglos no ha hecho mucho más que ir cambando nombres y detalles, .manteniendo discriminaciones e injusticias. Creo firmemente que, eso de que “Hacienda somos todos” es mentira, o, como mucho, una idílica aspiración política o ciudadana; aunque no es precisamente la administración de Hacienda la más idónea para declararlo, si quiere dotar de sinceridad a sus mensajes. Y Hacienda es el actual Rey que permite exenciones a la ciudadanía.
Es Hacienda –el Gobierno-, quien permite que el fraude contributivo alcance dimensiones que baten el record europeo. La protección de la antigua nobleza terrateniente perdura mediante el mantenimiento de unos precios catastrales bajísimos, dejando la explotación o la no explotación a gusto del terrateniente que, por no tener demasiados gastos, puede permitirse el lujo de no aplicar explotaciones racionales. Pero cuando la riqueza deja de ser monopolio del terrateniente, porque la industria y el comercio –o la maldita especulación- han desplazado el poder económico a otros, “pecheros” por nacimiento o laicidad, la protección oficial recurre a mil y un procedimientos para hacer la vida más amable al snob (“sine nobilitate”) adinerado. Aún recuerdo una intervención en televisión del ex – ministro de Aznar, Josep Piqué, justificando su contestada declaración de la renta que, en su expresión, había “optimizado” para pagar lo menos posible, por el procedimiento de desviar ingresos hacia “sociedades”. Eso sí, tuvo la decencia de no recomendar “optimizar”, si los ingresos no eran cuantiosos. Es una actuación muy generalizada.
Añadan otros curiosos procedimientos de fraude, como las de las inefables “sicav”, especie de inversión colectiva que se presentan como un acceso más a lo que los neoliberales llaman el “capitalismo popular”, en las que, teóricamente, un mínimo de 100 inversores aportan otro mínimo de dos millones cuatrocientos mil euros como inversión colectiva. Por supuesto gozan de unas exenciones fiscales jugosísimas… aprovechadas por millonarios que mantienen de forma individual, o muy restringida si es colectiva, porque el mínimo de cien inversores la completan con los llamados “mariachis”: falsos inversores a las órdenes del millonario evasor de impuestos. No creo que sea muy difícil descubrir éste invento; pero sí creo que no hay especial interés en hacerlo.
Por uno u otro procedimiento los adinerados se ven libres de las aportaciones que ordinariamente hacemos las gentes normalitas, por lo que los euros -¡ay, esos billetes de 500!- van y vienen con impunidad para refugiarse en sofisticadas cuentas foráneas u oscuros rincones escondidos. Pero eso no es problema: los buenos gobiernos, preocupados por sus pobres ricos, de vez en cuando declaran una “amnistía fiscal” para que, con un rebajadísimo impuesto, puedan legalizar la situación de sus ilegales bienes… con entera discreción: a nadie importa la procedencia de ese dinero, ni se lo va a preguntar. La cantidad llevada voluntariamente al Fisco queda bendecida, proceda de negocios no declarados, de tráfico de drogas o de pagos por asesinatos.
Deberes tributarios
Tampoco la Iglesia, tradicionalmente, ha sido cumplidora con sus deberes tributarios. Y es normal: si el pago de impuesto supone el reconocimiento de una autoridad superior en quien los percibe, la Iglesia no está dispuesta a reconocer la superioridad de un poder temporal sobre el espiritual que ella se atribuye: es una cuestión de “fuero”, aunque algún experto hispanista, como Gerald Brenan, atribuya el egoísmo eclesiástico español a la Desamortización de sus bienes y el consecuente trauma que ello le produjo. Mi respeto por él es y sus finos análisis es enorme; pero creo que aquí se equivoca: ha sido la tradición española de la llamada “alianza del trono y el altar”, la que ha hecho prolongar el abuso eclesial más allá de la vigencia de la Constitución en la que se establece la carencia en España de religión propia, al menos con carácter estatal.
Pero lo cierto es que la Iglesia Católica, en virtud de unos inconstitucionales acuerdas, sigue gozando de asignaciones y exenciones indebidas. Políticos de uno y otro signo no se han atrevido a poner coto al abuso, por miedo a su influencia social; aunque ello ha motivado admoniciones de la UE y la condena en sus tribunales por atender “necesidades” católicas e ignorarlas en otras confesiones.
Bien merece tratar de ello en otro comentario; pero en lo que se refiere a los impuestos, baste hoy con recordar su negativa a pagar el IBI de su gran cantidad de edificios no dedicados al culto.
En esta época de crisis, hasta Italia cobra ese impuesto a la Iglesia; pero la española, no solo se pone, sino que Rouco comete la villanía de amenazar con acabar o rebajar con la acción de Caritas, cuando en realidad, y así ha sido declarado por algunos de sus miembros más destacados, se sufraga en su inmensa mayoría a cargo del Estado y de las aportaciones de los españoles en los Rendimientos del Trabajo Personal, cuando marcan la cruz en la casilla de “otros fines sociales”. Pero, todo esto, enormemente importante, es otra historia.
Domingo Luis Sánchez Miras/Sin dogmatismo
Pecheros (y II)


















