Reportaje de campo
Eduardo Gallo, en el camino de remontar el vuelo

El pasado 25 de diciembre Eduardo Gallo cortaba una oreja en la plaza más grande del mundo, la Monumental de Insurgentes de Méjico. La oreja fue el premio concedido tras realizar una labor medida y mecida a un toro que tuvo calidad, pero que fue remiso a la hora de arrancar. Aguantó Gallo las dudas del toro, y cuando embarcó su embestida lo hizo con largura y aplomo.
Dicho todo lo anterior, vaya por delante que el arriba firmante se considera amigo de Lázaro Carmona, apoderado del torero que esta semana protagoniza el reportaje taurino de los miércoles de LANZA. Sin embargo no es ese vínculo el que nos ha impulsado a dedicar este espacio a Eduardo Gallo, sino el nivel exhibido por el torero salmantino en dos tentaderos –uno de machos y otro de hembras- durante la semana pasada, y de los cuales fuimos afortunados testigos, como se puede apreciar por las fotografías que acompañan este texto.
El primero de los tentaderos tuvo lugar en la ganadería de Jiménez Pasquau el 2 de enero. Aquel día se tentaron diez erales, es decir, novillos de dos años, de los cuales se “quemaron”, o lo que es lo mismo, se torearon, siete. Dos de ellos cayeron en las manos de Gallo, quien destacó por su firmeza sobre todo en su primero, un novillo que metía la cara pero al que había que esperar y aguantar mucho, lo cual hizo el salmantino, alargando el viaje del de Pasquau más allá de lo que en principio el novillo quería. En el segundo eral poco pudo hacer por colarse éste descaradamente por los dos pitones, buscando directamente el cuerpo del torero.
Y quiso la providencia –o lo que fuera- que volviéramos a coincidir tres días más tarde en la cercana ganadería de los hermanos Lozano en un tentadero de hembras. Seis fueron las eralas probadas en ese precioso enclave ganadero y campero que es El Cortijillo, en el límite de las provincias de Ciudad Real y Toledo. Ante sus tres oponentes -excelentes dos de ellas, por cierto- Eduardo Gallo volvió a imponer su mando, llevando muy largas a las tres vacas, e imprimiendo algo extra que no era característico en su tauromaquia antaño: gusto. Y como no se trata de hacer un pormenorizado análisis técnico de lo realizado ante las tres buenas vacas de Alcurrucén por Eduardo Gallo, diremos, simplemente, que estuvo sensacional, aunque fuera ante tres “simples” eralas. Porque no crean, muchos toreros también pegan petardos en los tentaderos, aunque sea ante vacas.
Ahora “sólo” queda que Gallo tenga la suerte de poder mostrar esa tauromaquia en una plaza en la que un triunfo tenga repercusión real (Madrid, Valencia…), para lo cual deberá primero anunciarse en ella; segundo, tener la suerte de que en el sorteo le toque un toro que le permita medianamente evidenciar su buen momento; tercero, que en ese día y en ese momento exacto se entienda con su oponente y que el público lo capte; y cuarto, que mate al toro acertadamente. ¡Cuántas cosas, verdad! Pues éstas, y muchas otras, hacen falta para que un torero que en su día gozó del favor de público, empresas y crítica, como es el caso, vuelva a alzar el vuelo. Como buen gallo. Y este Gallo puede.

















