Entrevista con Manolo Márquez
Enamorado del toro y del toreo
 
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27/05/2012 - 11:16 Escrito por J. C. Sánchez

La primera vez que escuché el nombre de Manolo Márquez fue hace diez años, de boca de Laurentino Carrascosa, el ganadero alcazareño. Él fue quien me contó cómo había conseguido encauzar la trayectoria de su ganadería al comprar, por mediación de Márquez, un lote de vacas y un semental de puro origen Torrestrella, allá por los primeros años de los 80. Desde entonces, sin pretenderlo, me he “cruzado” con el nombre de este sevillano en numerosas ocasiones, generalmente como mediador a la hora de formar ganaderías ciudarrealeñas como la antes mencionada de Carrascosa, o las de La Rinconada o Demetrio Ayala, por no hablar de su faceta como apoderado. Y en todas ellas han sido palabras de cariño y elogio las que a él se han dirigido. Con ocasión de la novillada celebrada en Las Virtudes el pasado miércoles 25 de abril, y con Tomás Campuzano ejerciendo de nexo de unión, por fin el arriba firmante tuvo la oportunidad de conocer personalmente a Manolo Márquez, de 84 años y una cabeza todavía privilegiada. Y nos contó muchas cosas. De otros tiempos. De otras formas. Algunas de ellas las relatamos a continuación.

LANZA: Todo en la vida tiene un comienzo. ¿Cómo fueron los suyos en el mundo del toro?

MANUEL MÁRQUEZ: De una manera muy simple; creo que nací con ello dentro. De otro modo no me puedo explicar cómo con cuatro años me empeñaba en dar pases a las cabras con un pañuelo. Por supuesto, las cabras no embestían, pero yo lo intentaba. Seguí matando el gusanillo como pude, y a los once años conseguí torear un becerro de media sangre.

L: Como en muchas ocasiones ocurre, sus comienzos no fueron fáciles.

MM: No lo fueron, no, porque me quedé sin madre muy pronto. Pero tuve la suerte de que el pueblo de Gerena, donde nací, podríamos decir que me adoptó. Todo el mundo me cuidaba.

L: La faceta por la que más conocido es Manolo Márquez es por la de apoderado, veedor y representante de ganaderías sobre las que trataremos más adelante. Pero no convendría olvidar que Manolo Márquez fue novillero. ¿Cómo fue aquella aventura?

MM: Preciosa, pero de corta duración. En aquellos tiempos no había escuela taurina, y se aprendía a golpes y buscando desesperadamente pegarle un pase a lo que fuera. Y así aprendí yo, hasta que, sin tener el oficio aprendido, debuté con picadores en Sevilla el 27 de junio de 1948. Pero mi carrera se acabó pronto. Sin embargo, a pesar de todas aquellas dificultades, añoro muchísimo aquellos tiempos, porque tuve la suerte de torear en el campo detrás de grandiosos toreros como por ejemplo Manolete, Juan Belmonte… Y cuando pienso en aquellos días la nostalgia me gana.

L: Y después empezaron los apoderamientos.

MM: Así es. Al primer torero al que apoderé fue al portugués José Julio, en 1959. Antes había conocido a Andrés Gago, quien creo que ha sido uno de los mejores apoderados que ha habido, junto a José Camará, Domingo Dominguín, y más recientemente, los hermanos Lozano. Y Gago fue quien me introdujo en el mundo taurino que había más allá del ruedo.

L: Pero José Julio simplemente fue el primero, porque la lista de toreros a los que ha apoderado es realmente extensa.

MM: Sí. Puedo decirte que he apoderado, además de a José Julio, a los matadores Amando Soares, Calatraveño, José Fuentes, Carnicerito de Úbeda, Marismeño, Sánchez Puerto y Zurito, y a los novilleros Emilio Silvera, Rafael Astola, que fue quien indultó un novillo de Albaserrada en Sevilla, Curro Puya, Mondeño II, Juan Mora, Santi Ortiz, que ahora es periodista taurino, y a David Silveti. También he llevado las carreras de varios rejoneadores, como Gastón Santos, Javier Buendía, Antonio Ignacio Vargas, Manolo Moreno Pidal o el Conde de Sanremi.

L: ¿Por qué surgió la idea de hacerse apoderado?

MM: Porque el toro era lo único que había tenido en mi cabeza desde muy pequeño, y todavía hoy es lo único en lo que pienso. Y porque a mí me hicieron las cosas muy mal cuando estaba toreando, y creía que con la experiencia que había ganado yo podía ayudar a toreros que estuvieran empezando.

L: ¿Y qué es lo que tiene que saber hacer bien un apoderado?

MM: Un buen apoderado debe conocer perfectamente al torero que apodera. Saber cómo hay que tratarle como persona para que luego pueda dar el máximo como torero. Y también muy importante, como un día me dijo Andrés Gago, un apoderado debe saber decir “No” cuando sea necesario, aún a costa de perder la comisión de ese festejo. Hay que saber ver más allá del día en que se vive y saber lo que puede beneficiar o perjudicar a corto o medio plazo a tu torero.

L: En la lista de matadores a los que ha apoderado ha citado a dos ciudarrealeños: Calatraveño y Sánchez Puerto. ¿Cómo fueron aquellos días?

MM: Con Sánchez Puerto estuve muy poco tiempo, pero me di cuenta de lo gran torero que era y es. Con Calatraveño fue distinto porque estuvimos varios años. Es un hombre entrañable y con muy buen corazón. Y un gran torero. Logré ponerle siete tardes en Las Ventas, y organizarle varias tardes memorables en Ciudad Real, como por ejemplo un mano a mano con Palomo Linares en el 72 que fue un verdadero éxito. Fíjate si la relación con Calatraveño sería estrecha que soy el padrino de su primer hijo, a quien también le puso mi nombre. Incluso hubo un tiempo en que pensé venirme a vivir a Ciudad Real, porque pasaba más tiempo aquí con Calatraveño que en mi casa de Sevilla.

L: El nombre de Manolo Márquez también estuvo muy ligado a la casa Canorea.

MM: Así es. Fui el encargado de ver toros en el campo para la empresa Canora durante treinta años, tanto para la plaza de Sevilla como para la de Ciudad Real, en el período en el que don Diodoro Canorea fue empresario de Ciudad Real, entre los años setenta y ochenta. Y mantuve y mantengo muy buena relación con muchos ciudarrealeños a los que guardo un gran cariño, como don Cecilio López Pastor, Pepe Víctor, su hijo José Luis, Juan Pérez Ayala y su hijo Juanito Pérez Serrano, Luis Sastre, Andrés Prado, José Juan Ayala, Clavileño, Manolo y Carlos López Camarena, Manolo Gijón, Diego del Moral, José Luis Vaca…

L: El toro, por tanto, ha sido, además del toreo, su otra gran pasión.

MM: Totalmente. Creo que el toro en el campo es algo maravilloso. Y como tenía buena relación con muchos ganaderos, y estaba enterado de lo que pasaba en el campo bravo, ayudé en lo que pude a los que me lo pidieron y quisieron.

L: Entre ellos, varios ganaderos ciudarrealeños.

MM: Guardo muy buena relación con muchos ganaderos, y algunos de ellos son de Ciudad Real. Con Laurentino Carrascosa tengo una relación familiar. Conocí a Laurentino Carrascosa padre, que fue quien empezó la ganadería con encáste Santa Coloma, y ahora con su hijo, también Laurentino Carrascosa, mantengo un contacto muy cercano. Es un hombre encantador, como también lo es su esposa Cecilia. También intercedí para que Pepe Víctor se trajera a su finca La Rinconada, en Villamanrique, vacas y algún semental de origen Hermanos Sampedro, una ganadería que conozco en profundidad y que sabía que podía funcionarle bien a Pepe Víctor, y ahora a su hijo José Luis. Y con Demetrio Ayala pasó algo parecido. Pero Demetrio, a quien aprecio mucho, es un hombre muy inteligente, y cuando vio que podría haber disputas familiares por su ganadería, decidió venderla cuando le presenté una buena oportunidad de hacerlo.

L: ¿Y cómo ve el toro actual alguien que ha visto varias épocas del toreo?

MM: Pues creo que la situación actual está obligando a muchos ganaderos a desechar vacas que son extraordinarias. A veces se es demasiado cuadriculado y no se hace caso de lo que yo llamo el “ojo clínico”, que es saber ver más allá de lo que un animal esté desarrollando en un momento determinado en una plaza. Y es que no se debe perder de vista ni un segundo el comportamiento de una vaca o un toro que se esté tentando, porque los animales varían mucho, para bien o para mal. Y hay que estar atento a esos cambios y saber identificarlos. Por ejemplo, una ganadería que visité hace poco y que me sorprendió para bien fue la de Murteira Grave. Por el tentadero que vi allí, en el que salieron seis vacas extraordinarias, y por lo que dijo el ganadero después de la tienta, esa es una ganadería que no tardará en ponerse en los lugares de privilegio en los que estaba hace poco.

L: Podríamos estar hablando horas y horas con alguien que es, sin caer en la exageración, una enciclopedia taurina viviente. Pero hay que ponerle un punto y seguido a esta charla, aunque no sin antes preguntarle a qué dedica su tiempo con 84 años Manolo Márquez.

MM: Pues sigo enamorado del toro, y soy representante de varias vacadas portuguesas, como por ejemplo la de Varela Cruxo, una magnífica ganadería de la que hoy día hay nueve sementales padreando en España, dos de ellos indultados en plazas de toros; uno por Ortega Cano en Olmedo (Valladolid), y otro por Finito de Córdoba en Marbella. O también la de Ascensao Vaz, que también está en un momento extraordinario. Aunque la persona que ahora está más al tanto de ellas es mi gran amigo Tomás Campuzano, quien me sigue dando vida en este mundo del toro, y a quien guardo un cariño fraternal. Y también tengo mucho contacto con otra ganadería española que está en un gran momento, como es la de Soto de la Fuente.

L: A seguir bien don Manuel.

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