Parece que algunos ediles basan su aportación a la modernidad durante su gestión al frente de las instituciones en pequeños detalles, que podrían considerarse nimios, casi ridículos, si no fuera porque realmente resultan absurdos y hasta molestos y peligrosos. Uno de estos pequeños detalles es dar carta blanca al uso de la bicicleta en las ciudades.
Con los tiempos que corren de paro, recortes sociales y hasta miseria en significativas capas de la sociedad, algunos alcaldes, más carcas que el padre Ripalda, piensan que la guinda elegante y avanzada del pastel de su gestión es autorizar a que los ciclistas circulen por las aceras, crucen entre los viandantes por los pasos de peatones montados en la bici y hasta suban en el metro con sus monturas, como es el caso de Madrid. Así se apuntan algún tanto entre los sectores supuestamente más dinámicos y deportivos de la ciudadanía, en una actitud cuya demagogia se descubre en cuanto se analiza en profundidad su verdadera catadura ideológica.
Ahí tenemos el caso de Gallardón, que no solamente ha huido de Madrid dejando algunas obras faraónicas para su mayor gloria personal, pero sin las cuales los ciudadanos podríamos haber seguido viviendo como si tal cosa, sino que ha dejado vacías y endeudadas las arcas municipales para que vayamos pagando sus fanfarronadas entre los contribuyentes presentes y las generaciones futuras. Y en cuanto ha tenido ocasión de asomar la patita por debajo de la puerta del Ministerio de Justicia, ya no solo aparece el cabritillo que conocían los madrileños, sino algo mucho peor, más oscuro y más retrógrado; como mínimo, lo del cuento pero en aumentativo. Eso sí, habrá logrado pasar entre algún sector de la ciudadanía como un alcalde moderno que fomentó el uso de la bicicleta. Pero no es así. El uso de la bicicleta se fomenta limitando el espacio desproporcionado que avasallan los coches y acotando amplios y seguros carriles bici en las calzadas. Pero no metiendo a esas máquinas silenciosas por las aceras para que se lleven por delante a los más débiles y con menos facultades, los ancianos, o a cualquier niño descuidado que salga corriendo de su casa.
Decididamente, ni las bicicletas son para las aceras, ni que circulen por las mismas es un signo de modernidad, sino de desparpajo político, de engaño a los ciclistas urbanos y de falta de consideración hacia los viandantes.






















Y por último, que no, desde luego, menos importante, no olvide usted, Fanega expatriada, que el adoctrinamiento es propio de las confesiones, v. gr., de la Santa Madre Iglesia y que, en puridad, "adoctrinar en el rojerío" constituye una evidente contradicción en los términos pues, precisamente, el "rojerío", si es coherente con los principios vertebradores de la izquierda, siempre propugnará, fomentará y celebrará el pensamiento crítico. Lo cual es incompatible con el adoctrinamiento y con el dogma.