Charlas sobre los precursores del Socialismo europeo moderno
 
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16/04/2012 - 19:46

El pasado sábado 14 de abril, tuve la fortuna de poder participar en un emotivo acto en la sede del PSOE en Ferraz, donde pudimos analizar y debatir sobre la importancia de algunas figuras muy destacadas del socialismo europeo moderno como Brandt, Mitterrand, Palme, Kreisky y Felipe González.

Estas fueron mis palabras en ese acto:

Quiero en primer lugar felicitar a Rafael Simancas, por esta iniciativa, agradeciéndole su invitación para participar en ella. Se trata de un ejercicio interesante e importante, que como ya lo ha apuntado Rafa en su introducción, debería tener continuidad, no sólo para llegar a otros temas, ampliando el círculo de esta "escuela de la memoria", sino también para profundizar en la cuestión misma objeto de nuestro encuentro.
     
Hay tres razones más específicas que, personalmente añaden una alegría especial a mi interés por esta actividad. Primero, porque con esta ocasión, me estoy viendo con amigos del alma como Virgilio Zapatero, Walter Haubrich o el propio Rafa Simancas, a los que no he tenido ocasión de saludar desde hace tiempo. Pero acaso me importa más esta reunión porque, como ha dicho José Manuel Gómez en su cariñosa presentación, una de las tareas más complejas y también más fascinantes con las que estoy comprometido en mi condición de Vicepresidente del Parlamento Europeo es el proyecto de la Casa de la Historia Europea. Se trata de crear en el entorno mismo de la Eurocámara en Bruselas un Museo de la Memoria Histórica que ha llevado a la Unión Europea  que hoy conocemos.

Un proyecto, digo, ya muy avanzado, con un calendario que prevé inaugurar el Museo en el primer semestre de 2014, justo un siglo después del estallido de la Primera Guerra Mundial -enésima guerra europea- y con un presupuesto superior a los 60 millones de euros, que no es poca cosa en los tiempos de recortes y austeridad que corren. Pues bien, es evidente que las reflexiones del encuentro que aquí nos reúne deberían tener una especial cabida en esta Casa de la Historia Europea cuyo patronato vengo presidiendo junto al amigo demócrata-cristiano alemán y Ex-Presidente de la Eurocámara Hans-Gert Pöttering.

Hay, sin embargo, un motivo más que me hace venir a esta reunión de hoy con un sentimiento de particular emoción; y es el hecho de constatar que soy de los poquísimos, acaso el único socialista español que he tenido la fortuna de conocer, trabajar y aprender  con los cinco personajes de que habla nuestro programa: Hay muchos de nosotros que conocimos a uno o a varios.

Pero muy pocos pudieron colaborar, como yo lo hice con Bruno Kreisky, por ejemplo, durante los nueve años en que tuve mi oficina en el entorno de su propio despacho en Viena. De ahí, que mi contribución, esta mañana consistirá más en recordar a estos amigos, sus características y su obra, menos que en reflexionar sobre la propia teoría de renovación del socialismo hasta alcanzar el punto en que se encuentra nuestra doctrina.

Empezaré mi comentario subrayando que hablamos de cinco personajes con características, circunstancias de vida, datos y experiencias, pensamientos y  convicciones coincidentes en muchos aspectos, pero también cuestiones en las que no coincidieron: el acento prioritario que cada uno de ellos puso en tal o cual terreno les hacía compartir uno u otro ámbito, separándose en alguna otra cuestión. No es menos cierto que la relación de amistad y confianza que les unió en algunos momentos de sus vidas respectivas, hizo que cada uno de ellos fuera influenciado por los demás.

De ese modo puede decirse que sus planteamientos y actuaciones resultan complementarios a la hora de valorar sus respectivas contribuciones al socialismo moderno que hoy conocemos y practicamos. Por otro lado y como parte de nuestra reflexión de hoy, conviene destacar que a todos ellos les debemos profundo agradecimiento los socialistas españoles, y en definitiva, nuestro pueblo.

Mi intención, es compartir con vosotros una serie de datos referentes a Kreisky, Brandt, Mitterrand y Palme, para luego comentar lo que me parezca más pertinente respecto del papel cumplido por Felipe. Lo hago además, subrayando de salida que González pertenece a una generación distinta y claramente posterior a la de los otros cuatro personajes objeto de nuestro encuentro de esta mañana.
 
Siguiendo con lo que se refiere al tiempo en que vivieron y operaron los cuatro dirigentes sobre los que tratamos, es importante destacar que tres de ellos pertenecían a la misma generación. Bruno Kreisky nació en 1911; y Willy Brand lo hizo en 1913 y François Mitterrand en 1916. Olof Palme pertenece a una generación intermedia habiendo nacido en 1927. Felipe González nació mucho después, en 1942.

En otro orden de cosas tres de los cuatro compañeros de que hablamos -coincidiendo en ello con Felipe- habían pasado por la durísima experiencia de la lucha clandestina, de la resistencia antifascista y de un exilio más o menos prolongado. Tal fue el caso de Kreisky, de Brandt y de Mitterrand. En cambio, Palme vivió siempre en régimen de democracia sin tener que salir de su propio país y practicando la solidaridad con los antifascistas desde su propia situación en una sociedad donde el estado de Derecho no se vio alterado durante toda su existencia.

En otro orden de cosas, tres de estos personajes -coincidiendo en ello también con Felipe González- habían seguido el cauce natural de militancia en el contexto del movimiento obrero, Kreisky, Brandt y Palme militaron desde jóvenes en los partidos políticos del socialismo democrático, y tuvieron además algún tipo de actividad dentro del movimiento sindical de sus respectivos países. El caso de Mitterrand fue muy distinto; tuvo su experiencia en la resistencia contra la ocupación nazi de Francia; fue militante del Partido Radical, en línea con la tradición que representa mejor que nadie Pierre Mendès France; nunca tuvo mucho que ver con la Sección Francesa de la Internacional Obrera -la SFIO- que fue durante muchos años, también durante la mayor parte de la vida de François Mitterrand, el Partido Socialista, hermano del nuestro  y de los de Kreisky, Brandt y Palme. Mitterrand llegó al socialismo mucho más tarde, ya como político experimentado y en edad francamente madura. Iba, sin embargo,  a convertirse en el refundador del socialismo francés, demostrando una enorme capacidad de agrupar, aglutinándolos, a sectores e individuos de distinta procedencia de la izquierda.

También en esto iba a vivir una experiencia parecida a la de Felipe González, al relanzar el Partido Socialista Obrero Español, tras la caída de la dictadura: la experiencia del río que sabe crecerse de forma extraordinaria al integrar uno tras otro a distintos afluentes que vinieron a enriquecer cualitativa y cuantitativamente la fuerza, la representatividad e incluso el contenido doctrinario de nuestras organizaciones. Con su actuación François Mitterrand se convirtió hasta nuestros días en referente esencial del Socialismo - y aún del conjunto de la izquierda- en Francia.
   
Pasando a disecar el contenido ideológico de los cuatro personajes de que hoy tratamos -al margen de lo que luego digamos de forma más específica para Felipe González- cabe destacar en ellos una seria de coincidencias fundamentales en las que todos se identificaron sin matices ni fisuras. 

Coincidieron, en efecto, en una serie de valores: la libertad, los derechos humanos, el Estado de Derecho y la democracia, pero todo ello sin desmerecer nunca a otras dos prioridades de principios: la justicia social y la solidaridad. También coincidieron con la misma radicalidad en una serie de objetivos estratégicos que se convirtieron en la base de su doctrina y de su práctica política. La realización del Estado del Bienestar es uno de estos objetivos innegociables. Algo que se proyecta en conseguir la igualdad -también la igualdad de oportunidades- para todos y todas; y asimismo la seguridad para todas y todos. Eso debería irse concretando en la generalización de la educación, de la sanidad, de las pensiones, todo ello con carácter público, así como el acceso a ámbitos como el ocio, la cultura o el deporte, que hasta entonces habían sido exclusiva de las clases dominantes.

En la puesta en práctica de la igualdad, según la entendían estos personajes, adquiere una gran importancia el convertir en derechos para todos lo que desde siempre habían sido privilegio de unos pocos. Otro objetivo estratégico de su pensamiento y de su acción política fue sin dudad la preservación de la Paz, con el compromiso esencial de no caer nunca más en las guerras que habían diezmado a sus pueblos a lo largo de siglos y siglos, con especial crueldad en la primera mitad del XX.

Sin embargo, y pese a todas estas coincidencias -que lo iban a ser en mucho de lo esencial- lo cierto es que también podemos apreciar matices y aun discrepancias en cuanto a la aportación específica que cada una de estas personalidades hicieron al Socialismo moderno  que hoy nos ocupa.

También para entender esto, conviene tener presente que, más allá del hecho generacional, no coincidieron todos al mismo tiempo, en su responsabilidad de Gobierno. Kreisky, Brandt y Palme gobernaron fundamentalmente en la década de los setenta del siglo pasado. Mientras que Mitterrand -como González, por cierto- lo hicieron en los ochenta y primera mitad de los noventa. Es decir, que el primer grupo y el segundo iban a gobernar en un contexto internacional bastante distinto, pudiendo incluso decirse que Mitterrand y González pudieron operar en una Europa y en un mundo transformados en bastante medida por la obra de Kreisky, Brandt y Palme.

Casi a vuelapluma trataré de destacar ahora lo que cada uno de los cuatro dirigentes de que hablamos pudo aportar de forma más específica.

Bruno Kreisky fue un europeista en el sentido amplio de la palabra.  Partía de una situación marcada por la localización geográfica de su país y por la neutralidad forzada impuesta por el "Tratado de Estado" mediante el que los aliados que habían liberado a Austria del nazismo, ocupándola al final de la Guerra, ratificaron la independencia del país en 1955, fecha en la que se retiraron de su territorio las fuerzas armadas de Francia, Inglaterra, los Estados Unidos y la Unión Soviética. Kreisky estuvo siempre preocupado por la relación con sus vecinos separados por el telón de acero: le había tocado vivir en primera línea las revoluciones aplastadas de Hungría (1956) y de Checoslovaquia (1968) a escasos kilómetros de Viena. Por ello su política de relación con el Este (Ostpolitik) y con la propia URSS fue siempre una prioridad, ejemplo de habilidad, de flexibilidad,  de firmeza en los principios, de solidaridad, y del mayor sentido común. La paz fue siempre para él un objetivo de supervivencia.

Y hay un rasgo más, importante,  y que no debemos olvidar: con su condición de judío, encabezó el movimiento de los socialistas europeos involucrándose en  la crisis del Oriente Medio. Fue el primero en mantener  que, aun dando al apoyo más absoluto a la existencia y seguridad de Israel –gobernado entonces por los pioneros socialistas que habían refundado el estado-, también debían reconocerse los derechos del pueblo palestino y establecerse  relaciones cordiales con sus organizaciones representativas, en particular con la OLP.

Willy Brandt también fue un convencido europeísta y un militante de la paz. Pero lo hizo, no desde uno u otro neutralismo, como el caso de Kreisky o de Palme, sino desde una clara orientación atlantista. Atrapado en el corazón del cepo de la Guerra Fría -no olvidemos que fue antes que nada el gran Alcalde de Berlín- Brandt siempre pensó que la colaboración con los Estados Unidos sería indispensable para mantener a la Unión Soviética dentro de las fronteras de su bloque y a la Europa Occidental fuera de influencia. También pensó, sin embargo, que la construcción de una Europa Unida será determinante para el progreso de todos en nuestro continente y para el del pueblo alemán, en concreto. Fue el primer artífice de la Ostpolitik en su vertiente de “los pequeños pasos” para normalizar las relaciones con sus vecinos del Este, aún bajo control e influencia de la URSS, empezando por sus compatriotas de la entonces Alemania del Este o RDA. Pero acaso lo más novedoso en el pensamiento y en la acción de Willy Brandt fue el entender la necesidad de trabajar con los países en vía de desarrollo, en Asia, en Africa y en Latinoamérica.

Su contribución más original y destacada -junto a Palme- fue abrir la Internacional Socialista a Partidos que pudieran interpretar los valores y la actuación de la socialdemocracia en el mundo en desarrollo. En esa tarea tuvo mucho que ver el magnífico papel de la Fundación Friedrich Ebert, que hasta nuestros días es un puente valiosísimo para llevar nuestros valores por todo el mundo, apoyando a quienes por ellos luchan más allá de nuestras fronteras. Eso fue importantísimo en el mundo al Sur, pero lo fue también en España y Portugal, como lo fuera luego y hasta hoy en los países del Centro y Este de Europa, que iban a sacudirse las dictaduras comunistas que los tuvieron sometidos y apartados del resto del continente durante muchas décadas.

Brandt, como Kreisky y Felipe González, luego, y hasta en alguna medida el propio Mitterrand, iba a destacar en la labor de reconstrucción de un país,  un partido y una sociedad, dándole la mayor importancia a la indispensable reconciliación nacional, no con los derrotados nazis, pero sí con la derecha demócrata cristiana, conservadora, que históricamente había sido el gran adversario de la Socialdemocracia en sus respectivos países.

Olof Palme también iba a ser un gran pionero y activista en lo que se refiere a la solidaridad con el mundo en desarrollo. Fue suya la iniciativa que hizo que, desde mi labor en la Internacional de Juventudes Socialistas, se me destacara a América Latina para localizar a grandes organizaciones juveniles que pudieran convertirse en nuestros interlocutores socialdemócratas en aquel continente. Y suya fue la iniciativa que nos hizo mandar a Manuel Simón, aquí presente, a África, en una operación de parecidos intención y alcance.

Uno y otro íbamos a afiliar a la IUSY a las ramas juveniles de grandes partidos que pocos años después ingresarían en la Internacional Socialista, haciendo que ésta dejara de ser una organización de dimensión exclusivamente europea. La Solidaridad de Palme fue proverbial pero, en cambio, su neutralidad -y su visión de la paz como prioridad- no fue algo circunstanciado por la Historia, como fue el caso de Austria: fue una opción bien meditada en alguien que nunca tuvo ni mucha confianza ni mucho interés por el proceso que se venía dando en las Comunidades Europeas. De hecho, Suecia nunca se acercó a este proceso, sino años después de que Olof Palme fuera asesinado.

François Mitterrand también había tenido que participar en la reconstrucción de un país, y de una sociedad, tras la liberación de Francia de la ocupación Nazi y del régimen de Vichy. Y mucho más tarde, como antes les decía, iba a ser el gran artífice de la reconstrucción de un renovado Partido Socialista. En realidad, Mitterrand fue siempre un nacionalista y un ilustrado francés -mucho más nacionalista que los otros  personajes de que venimos hablando. Sin embargo, precisamente por la época en que le tocó gobernar, fue el más comprometido de todos ellos -a la altura de Felipe González- con el proceso que llevaría a la Unión Europea.

A su respecto, quisiera destacar una característica más, que no compartió, ni con Kreisky, ni con Brandt, ni con Palme, pero que debería tener alguna importancia para nosotros en España. Mitterrand defendió a capa y espada la laicidad como un valor inseparable del Socialismo Democrático. Llegó incluso más allá: para él, la laicidad era un principio clave en lo que llamaba "los valores republicanos". Por cierto, ¿Habéis reparado en que este encuentro nuestro se produce el 14 de abril, aniversario de la proclamación de nuestra República...?

Todo lo que he dicho hasta ahora de Kreisky, Brandt, Palme y Mitterrand me lleva a dedicar unos minutos a Felipe González, del que, de pasada, también he ido desgranando alguna de las características que podía compartir con cada uno de los anteriores. Me parece, en todo caso, que lo más destacable es que Felipe puede ser considerado como un heredero de todos los demás, habiendo influido, sin embargo, a su vez, más o menos, en cada uno de ellos. Seguramente Willy Brandt fue quien más reconoció a Felipe como  su sucesor, haciéndolo con orgullo y alegría; no es menos cierto que Brandt era seguramente el más generoso y humano de los personajes de que he venido hablando.

En Felipe se daban dos características que iban a resultar determinantes para su relación con ellos y para su papel, para su contribución al Socialismo de nuestros días. En primer lugar, es de sobra conocida y reconocida para quienes hemos tenido la fortuna de colaborar con él, su condición de esponja, capaz de escuchar, entender, interiorizar y metabolizar, aprendiendo de cuantos le rodean. Tremenda y admirable, esa capacidad de absorber, mejorando el producto. Como lo es una segunda y notable dimensión que algunos han llamado "carisma": su capacidad casi hipnótica de atraer, de explicar, de convencer.

Felipe González ha sido y es un ejemplo extraordinario de capacidad de aprender de los demás y de movilizar a los demás.

En ese sentido asumió como nadie los valores más fundamentales de la socialdemocracia moderna, poniendo en práctica en los años de su Gobierno, es decir, en década y media, los cimientos y un par de pisos del Estado de bienestar: algo que en otros países había tardado, por lo menos, medio siglo en hacerse realidad. Asumió además de forma militante el compromiso por la paz y por el desarrollo del mundo del Sur, dedicando más específicamente su atención al Mediterráneo y a América Latina; y poniendo a ambas regiones en la agenda de las Comunidades Europeas. En ese mismo ámbito, se involucró de forma decisiva en el conflicto Israelo-palestino.

Fue además una pieza destacada – mucho más de que suele reconocérsele - en lo que Brandt o Kriesky llamaron Ostpolitik. Lo hizo también merced a sus relaciones de confianza con políticos como Gorbachov, como Alexander Kwavnieski o como Gyula Horn. En este terreno llegó a convertirse en el principal apoyo Comunitario de la Alemania Federal para producir sin traumas la integración de la Alemania Oriental, que no sólo pasó a formar parte de la República Federal, sino también de la Unión Europea. Aquí, no fueron ya Willy Brandt o Helmut Schmidt quienes reconocieron la labor de España -y de Felipe-. Fue el Canciller Helmut Kohl, quien hizo el mayor reconocimiento de nuestro papel.

Pero mucho más allá, todos los países del Este, al sacudirse las dictaduras comunistas, vieron en nuestra transición hasta la democracia una experiencia  modélica en su propio camino a seguir; y Felipe González fue el personaje en el que todos ellos identificaron un proceso en el que  el sueño de la consolidación de las libertades, del Estado de derecho y una notable prosperidad iban a posibilitarse dentro de la aspiración a convertirse en miembros de pleno derecho de la Unión Europea.

Es un hecho, por lo demás, que Felipe fue más lejos y más hondo que los demás grandes hombres de que hemos hablado, en el desarrollo y progreso del propio proceso de articulación continental. Acaso fue uno de los primeros en entender la necesidad de hacer de la Unión Europea un gran actor global, influyente y coherente, como único camino para defender nuestros intereses y nuestros valores en un mundo que ha llegado a articularse en torno a las dos coordenadas que son la economía globalizada y la necesidad de gestionar el mundo -también en el control de las finanzas por la política- desde un cuadro de multilateralismo.

Con todo, lo más específico en la contribución de Felipe Gonzáles al proceso de construcción europea puede que sean las tres dimensiones en las que más insistió: la de la solidaridad –social y territorial-, y la de la ciudadanía que hoy todavía luchamos por mantener los Socialistas europeos como algunos de los grandes retos pendientes para el entramado comunitario y como  temas en los que no podemos permitir que la derecha nos lleve a dar ni un paso atrás, tampoco con el pretexto de la crisis.

Ya, para ir terminando, quisiera, en un par de brochazos. Destacar algunas de las cosas en que, como españoles. Más debemos a los personajes de que aquí estamos hablando. Y es que a todos ellos les debemos mucho: a Felipe, por supuesto; pero a él no me referiré aquí y ahora, entre otras razones porque estoy seguro de que la deuda va a seguir aumentando durante muchos años, y no es cosa de pagársela a plazos. Resumiendo mucho diré que a Palme le debemos su naturalidad, su modestia, su cercanía, su solidaridad con nuestra lucha antifascista: inolvidable será siempre su paseo por Estocolmo, con una hucha recaudando fondos para ayudarnos en nuestra resistencia.

A Kreisky y a Brandt les debemos su incansable militancia: su ejemplo como activistas en Partido y Sindicato; su cariño y su admiración -a veces próxima a la idealización- por la lucha de nuestro pueblo contra el fascismo, desde la guerra hasta la transición democrática. A Mitterrand le debemos el ejemplo de cómo se rehace un Partido desde unas pocas cenizas, a base de memoria y de inteligencia para atraer y para mantener en sus filas a más y más gente. Pero le debemos otras dos cosas absolutamente esenciales para nuestro país y para nuestro pueblo. Yo afirmo de forma radical que sin su actuación, España no hubiera ingresado en las Comunidades Europeas cuando lo hizo y nuestro progreso se hubiera retrasado todavía unos cuantos años más. Soy testigo de excepción del momento en que Francia tuvo que ratificar nuestro ingreso: hubo ochocientos mil tractores bloqueando todas sus carreteras y los comunistas, entre otros muchos movilizados con todas sus fuerzas para que no se nos abrieran las puertas; su argumento era que nuestro ingreso supondría la ruina de su agricultura y una oleada de millones de emigrantes que les invadiría, arruinando su progreso social.

En tan tensas circunstancias, Mitterrand tuvo la gallardía, la estatura moral y la autoridad política, “la grandeur”, en definitiva, de salir en la televisión a decirle a su pueblo que el ingreso de España suponía saldar una deuda histórica para Francia; y que, además, ninguna de las catástrofes anunciadas se producirían, sino todo lo contrario: nuestro ingreso sería beneficioso para los intereses de francesas y franceses. Y se disolvieron las manifestaciones y se votó la ratificación de nuestro ingreso en la Asamblea Nacional... Y todo salió como el Presidente lo había anunciado.  François Mitterrand fue además quien produjo la inflexión en la actitud y actuación de Francia respecto de su colaboración con España en nuestra lucha antiterrorista, iniciando así una cooperación que iba a llevar a ETA a rendirse, unos cuantos años después.

Y una última reflexión: todos los personajes de los que hemos hablado fueron grandes hombres de acción: todos sabían escuchar, pero acaso más, sabían hablar, convencer, movilizar. Sin embargo -y éste ha sido un serio problema del Socialismo democrático europeo- ninguno de ellos escribió casi nada. Mitterrand lo hizo, pero bastante más como literato que como político. Pues bien, eso hace posiblemente aún más necesario que profundicemos en lo que fueron sus vidas, sus obras, sus actuaciones, sus éxitos y hasta sus fracasos. Si ellos no escribieron, razón de más para que escribamos nosotros sobre ellos, para recordarles siempre y más aún para que su pensamiento y su labor puedan seguir inspirando a las mujeres y hombres que hoy se integran en nuestras filas, a veces con más esperanza y compromiso que el conocimiento del camino que recorrimos hasta aquí.

Alguna vez le dije a Felipe González que sería un gravísimo error pensar -o dejar que otros pensaran- que el tren se puso en marcha el día que alguno de nosotros se subió al vagón. Siempre pensé que era obligado decir y publicar que si uno pudo subirse al tren es porque otras y otros lo habían traído hasta nuestro andén, casi siempre con grandísimos  esfuerzos. De eso se trata: de saberlo, de interpretarlo y de seguir avanzando.

Gracias a todas y a todos por vuestra atención, por vuestra amistad y por vuestra compañía.

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