20/04/2017 · 14:10

Lola Cabezudo

Sobre el humor sutil y lo otro

En las reuniones de científicos de todas las tallas y de todas las especialidades, cuando se  vislumbra un callejón sin salida, siempre se afirma que no hay ciencia básica y ciencia aplicada, ni ciencia especial sino que ciencias, ciencias, solo hay dos, la buena y la mala. Y esto es lo que los comentarios que han suscitado la intervención de los jueces con ocasión de manifestaciones pretendidamente graciosas, me han traído a la mente. Humor, humor, solo hay de dos categorías, el bueno y el malo.  Y el bueno es aquél en que el protagonista insinúa y el espectador completa humorísticamente en su mente lo que el inspirador no ha dicho.  Esto es lo que me permite desdecir a esos que se enorgullecen de explicar que Tip y Coll hicieron humor con el franquismo y no les sancionó la dictadura. En primer lugar, a Tip no le molestaba el franquismo y Coll era socialista, por lo cual ni el primero hubiera consentido una alusión despectiva del gobierno, ni el segundo hubiera propiciado una insinuación concreta y detallada porque las consecuencias del franquismo estaban en la mente de todos los posibles espectadores. Lo suyo fue lo que podríamos calificar de humor sutil, de buen humor, de ese que hace a la gente desternillarse de risa. 


Lo otro es otra cosa. Parece dirigido a esos faltos de ingenio que necesitan que les expliquen los chistes. El ítem lo reciben completo y no hay más, nada que imaginar, ningún cabo suelto al que asir, ni siquiera ambigüedad. Todo el mundo tiene derecho a considerar humor lo que quiera, tanto el que sugiere como el que ríe, pero permítanme calificar de pobre intelectual a este mundo tan poco exigente para echarse a reír. Y si el humorista se quiere ganar la vida con chistes deberá aspirar a que se rían muchos, y que no se sienta ofendido nadie porque ofender es un agravio, e insultar, según Amando de Miguel es de cobardes, no de humoristas (añado yo). 


Cultivar el humor, eso que hasta ahora se ha venido llamando así, no es tan fácil, y requiere cualidades y cultura. Los sosos no harán gracia nunca por muy académicos que sean y los graciosos natos pueden meter la pata por no calibrar la oportunidad aunque tengan mucha cultura a sus espaldas. 


Quedaría este artículo incompleto si no se dijera algo de la libertad de expresión. No es un paraguas para conflictos. Y no es aplicable a algunos casos a los que se aplica. Imagínense que en un auditorio se anuncia  una determinada obra, con orquesta, coro y solistas, y los asistentes se encuentran con un conjunto de música de cámara, que ni siquiera tiene director. Los asistentes podrán patear, marcharse o mostrar su irritación, pero el anunciado director no podrá argumentar que libremente se expresaba mejor con el cambio de programa. Pues bien, si una muestra de humor, no lo es, el autor no podrá encubrir su obra bajo ese epígrafe, ni pretender benevolencia si él se ha permitido aburrir, u ofender a muchos de sus espectadores. Las muestras de  humor han de ser para todos. Aunque es comprensible que cada uno se defienda como pueda.


Está de moda querer hacer humor con las creencias religiosas y no me cansaré de decir que gracia no tiene ninguna, absolutamente ninguna. La adhesión de los creyentes a su fe, es una actitud seria y profunda aunque los creyentes no sean ejemplares a veces.  Varias revistas, en general de sociología cristiana, como Alandar, tienen textos de humor, caricaturas y comentarios de actualidad que despiertan más que sonrisas y hasta puede que sean más eficaces creando opinión que la crítica zafia, soez y tabernaria de ciertas instancias. Por favor, humoristas, sean respetuosos.


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