El año 1997, Carlos Robles Piquer me invitó a participar en el libro de Homenaje Académico que se tributó a Manuel Fraga Iribarne, con motivo de su jubilación como catedrático de la universidad. Nunca se lo agradeceré suficiente porque ello me permitió estudiar con más detalle su vida y su obra, muchas veces ignorada y tantas veces controvertida.
En estos momentos dolorosos para todos, fui a rendirle homenaje póstumo en el domicilio donde la familia había tomado la certera decisión de velar el cadáver, en el piso de la calle Fernando el Católico, en el barrio de Argüelles de Madrid, donde entre la sencillez del ambiente resaltaba aún más la gigantesca personalidad del hombre que había vivido más de medio siglo ocupando importantes cargos y había culminado con éxito indiscutible varias carreras universitarias y oposiciones logradas con el número uno. Esta muestra de austeridad ha sido una última gran lección porque Fraga nunca trabajó para él, ni consideró el dinero más que como un instrumento para sobrevivir. Trabajó para los españoles, para que desapareciera el terror de otra guerra civil, para que se consolidaran y ampliaran las clases medias y para que se estableciera un sistema democrático y de libertades en España, similar al que disfrutaban los países libres del mundo occidental.
Durante los dos o tres minutos que estuve rezando ante su cadáver, me impresionó la paz y la armonía que reflejaba en su semblante.
Allí recordé las palabras que había pronunciado ante el Consejo Nacional del Movimiento, en la catedral de la ortodoxia franquista, después de haber sido cesado como Ministro de Información y Turismo, cargo que ocupó de 1962 a 1969, años que coincidieron con los primeros pasos del desarrollo político, económico y social que tanto ayudaron a los españoles a hacer posible la transición hacia la democracia.
Fraga, en esas dos competencias políticas alcanzó dos metas que parecían imposibles:
- En materia de información, logró que las Cortes aprobaran un proyecto de ley articulado, que suprimía la censura, consolidara la apertura de la prensa y, por primera vez, asistieran a las Cortes los cronistas parlamentarios, lo que no dejó de ser un primer paso lleno de dificultades y de abusos.
- En materia de turismo, inició un proceso económico y social tan importante, que sus efectos continúan siendo visibles hoy, hasta el punto de ser el único sector económico que está ayudando a los españoles en estos tiempos de crisis, porque solamente el turismo está creciendo cuatro veces más que el conjunto de la economía.
Como ambos logros fueron espectaculares, las envidias y las voces agoreras del inmovilismo susurraron en los oídos del Jefe del Estado que Fraga estaba poniendo en peligro la supervivencia del Régimen y cesó al Ministro de Información y Turismo.
Gracias al cese fulminante, el 15 de diciembre de 1969, Fraga tuvo ocasión de pronunciar su primer discurso de “leal oposición” ante los guardianes de la ortodoxia, donde trazó el programa de futuro. Entre otras cosas, dijo:
“… los que creemos que el proceso de desarrollo político y de apertura debe continuar a todo trance, nos encontramos en una grave crisis de conciencia. Hablemos claro: los hombres que nos hemos batido por la representación familiar, por la libertad de las ideas y de su expresión, los que hemos planteado el problema de la libertad religiosa…”
“…España dispone hoy… de unas crecientes clases medias, en todos los órdenes, que permiten confiar en un futuro político de ancha base, de prudencia y moderación.”
“Hoy es posible en España una política de centro, abierta y decidida, que nos saque de la vieja dialéctica de los bandazos tradicionales de la derecha a la extrema izquierda y del orden a la anarquía. Eso es lo que el país quiere y lo que el país espera; lo que estábamos dándole ya y que ahora no admite frenazos. Pero ¿cómo, sin asociaciones, vamos a lograr la integración de las nuevas generaciones y de las nuevas clases, esas juventudes de la edad y del desarrollo que hoy están extramuros del sistema? ¿Cómo vamos a enfrentarnos con los nuevos problemas y las nuevas soluciones? ¿Cómo podrá hacerlo sola la Administración, privándose de la iniciativa permanente, manteniendo pasiva a la ciudadanía?.. ¿Cómo encontraremos a los hombres nuevos, a los programas creadores, a las ideas vitales?”
“Tales son los problemas que afluyen a mi mente en este instante. No necesito añadir que digo aquí lo mismo que dije antes donde entonces me encontraba…”.
Nadie hasta ese día se había atrevido a pronunciar un discurso así: “libertad de ideas, libertad de expresión, libertad religiosa política de centro, abierta y decidida, alejada de los bandazos de la derecha a la extrema izquierda… lo que el país quiere, lo que el país espera…”.
Las pruebas más palpables del espíritu y de la vocación política de Fraga, las proporcionó cuando no estaba ejerciendo ningún cargo público: desde 1970 a 1973 escribió cuatro libros, lo que parecía un peligro para los cimientos del Régimen y por eso lo mandaron como Embajador al Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda. Desde allí, instalado en su vocación permanente, continuó aprendiendo y trabajando y publicó otros siete libros entre los años 1974-1976, a través de los que iba desbrozando las ideas para llevar a cabo la transición política desde el centro sociológico.
En 1994, me regaló su último libro, que hacía el número ochenta y tantos, titulado: “Luces y Sombras. Reflexiones al final de un milenio”. En los últimos párrafos del capítulo titulado “Sociedad y Moral” desveló un pensamiento a través del cual auguraba la crisis actual y marcaba las líneas maestras para superarla, no sólo en España, sino en Europa y en el mundo moderno. Son un retrato del alma que le inspiró durante toda su vida y que hoy adquiere un valor testamentario. Dicen así:
…
“Tercera e importante cuestión: las relaciones entre el poder público y el poder económico. Se trata de una cuestión fundamental. Las economías occidentales son hoy economías mixtas, con una gran influencia de la Administración. Ésta no debería ser ejercida más que en el interés de la ley y del bien común. Si se desvía esa influencia a servir fines partidistas o intereses privados, se rompe el equilibrio y pueden producirse los mayores males. La independencia de las instituciones, como de la autoridad monetaria, es por ello fundamental. El control de las entidades que avalan las grandes operaciones económicas (auditorías, etcétera), deben estar fuera de toda sospecha.
Moral pública, moral institucional, moral familiar, moral privada, sin esa base común en los fundamentos no puede haber convivencia. Y no se hable de hipocresía: la misma actitud del hipócrita es una forma de respeto a la moral. Pero una tendencia generalizada a negar o despreciar la moral destruye la comunidad de respeto y de solidaridad.
Es cierto que en nuestras grandes sociedades secularizadas tendremos que conformarnos con unas bases anchas, generosas, mutuamente tolerantes. Pero ésas son indispensables, aunque cada uno debe exigirse más a sí mismo y a los de uno, que es lo contrario a usar la ética social como un arma arrojadiza en contra de los demás.
Termino con la última consideración a la que me obliga mi conciencia. Dentro del principio de libertad religiosa, de tolerancia mutua (dentro del orden público) y de separación de la Iglesia y el Estado, estoy persuadido de que la moral social tiene mucho que ver con las convicciones religiosas. Para la mayoría de los hombres, sin Dios todo está permitido. Es importante recordarlo una vez más, ahora que los avances científicos y tecnológicos no sólo no sustituyen a una moral trascendente, sino que la hacen más necesaria que nunca. Si Dios ha muerto para la sociedad, ésta se disuelve. En Él puede haber paz, comprensión, perdón, mutua ayuda. Nietzche se equivocó, afortunadamente; Dios no ha muerto. Mejor dicho, ha querido morir como redentor. Este segundo milenio tiene que ser el punto de partida para una nueva y radiante búsqueda del espíritu; lo que sí ha muerto es el materialismo marxista.”
Estas palabras parecían estar reflejadas en la paz y en la armonía de su rostro, porque había dicho lo que, en conciencia, tenía que decir.
Blas Camacho Zancaza
Algunos recuerdos de Fraga




















