¿Tiene legitimidad la sociedad occidental para -después de años y años de despilfarro consumista- dictarle ahora al resto de la humanidad que no puede gozar de los niveles de bienestar que ella disfrutó?
Nunca como hoy hemos escuchado tantas voces que defienden ralentizar la velocidad de desarrollo de nuestra sociedad y un menor consumo. Uno de los puntos de vista clásicos de nuestra sociedad consiste en ver el problema desde una sola óptica: la occidental, por lo que creo que debemos realizar la aproximación desde un punto de vista global. No toda la humanidad cuenta con el mismo nivel de consumo ni evidentemente de desarrollo; no todo el consumo está destinado a satisfacer necesidades sofisticadas y, por consiguiente, no todo el consumo tiene el mismo destino.
¿Está nuestra sociedad preparada para reducir el nivel de consumo y su velocidad de desarrollo? Para entender bien esta dimensión del consumo, me gusta pensar en una analogía basada en la ley de los vasos comunicantes o “Principio de Pascal”: Hasta hace relativamente poco tiempo, nuestro planeta, a nivel de consumo, estaba formado por una serie de vasos no comunicados con distintos niveles de agua. Estas columnas de agua de distintas alturas representan el nivel de consumo por continentes o países; de este modo, el consumo en los países del Este era muy distinto en calidad y nivel que en occidente; al igual que lo era en Asia o la triste evidencia de África. Son las fronteras en sentido amplio, las que soportaban estas diferencias “de presión” o desarrollo.
La globalización está uniformando nuestra civilización a marchas forzadas, en especial el consumo, con la consecuente aceleración de las economías y las crisis derivadas. Es como si de repente nuestros vasos “Pascal” se hubiesen comunicado de golpe provocando una unificación de los distintos niveles. Mientras unos países (vasos Pascal) han ganado altura con la unificación (aumento del nivel de calidad de vida y consumo), otros están perdiendo altura, reduciendo su nivel de consumo.
Este es el estado en el que nos encontramos en la actualidad. Países, con generaciones enteras de sus habitantes, están viendo como tienen que reducir bruscamente sus nieles de consumo y calidad de vida tal como hoy la entendemos, para que otros puedan elevar el suyo y acercar sus estándares de vida a los occidentales. Es lo que algunos denominan “La Chinificación de Europa”, es decir, en Europa, por primera vez, los hijos tienen peor calidad de vida que los padres.
La pregunta del millón (si el planeta resiste) es: ¿Cómo será el consumo una vez unificados globalmente los estándares en todos los continentes?, ¿Seguirá basado en el sinsentido actual de consumo desaforado e impulsivo, o por el contrario entrará en una nueva pauta de consumo evolutivo basado en el bien social?
Una de las bases del nuevo consumo debe ser homogeneizar los estándares a nivel global, sin repetir los errores regionales que han llevado a la insostenibilidad del planeta. Para ello, es básica y necesaria una visión de generación y con visión de “clase perteneciente a la humanidad”. A los occidentales, nos toca ceder en nuestra evolución (descender en nuestros tubos Pascal) para igualarnos con el resto de la humanidad. Al igual que en otros tiempos crecimos “gracias” a otros continentes y sociedades, hoy nos toca soportar su crecimiento y ver como el eje del mismo se desplaza a otras fronteras (tubos Pascal). Occidente debe sacrificar varias generaciones hasta que la humanidad se iguale en su crecimiento y vuelva a crecer conjuntamente y (es de esperar) con unas pautas más humanas y holísticas de todo el planeta. Es pura física.


















