Durante la charla organizada hace un año en la UNED por la excelente aficionada Beatriz Badorrey, historiadora del Derecho de profesión e investigadora taurina de devoción, dijo el Boni, primer peón del Cid, que él les habla a los toros como a las personas, porque en el sorteo y el apartado se entera de sus nombres propios y por ellos los llama. Como el mayoral y el criador han estado llamándolos cuatro años: “Africano, bonito”; “Pajarillo, ven aquí”; “Vamos, Caminante”; “Tranquilo tú, Ruiseñor”… Los toros, añadió el Boni, se reconocen por esas palabras familiares, aunque salgan de un extraño personaje, dejándose querer en el ambiente hostil de la plaza ruidosa y colorida, nueva experiencia para la res acorralada, que agacha y deja de mover las orejas al oír expresiones amables que le traen la placidez de la dehesa.
Siguió diciendo el Boni que los toros citados por su nombre de pila también entornan los ojos, se relajan y renuncian a los coletazos desafiantes, batiendo el rabo con igual suavidad que una espectadora se abanica en el tendido. Todo según el Boni, que cautivó a cuantos estuvimos en su llana charla, amena e instructiva. En definitiva, que los toros pierden la voluntad como las amadas y, una vez camelados, se rinden al lidiador cual la amada al conquistador. “Haz conmigo lo que quieras", vienen a decir la fémina y el toro al quedar aptos para las caricias, y ya dijo Curro en Nimes, doctorando a Cristina Sánchez, que el toreo es caricia y torear es acariciar.
Nada más desaconsejable para el amante y para el torero que amenazar, dañar o gritar al socio que buscan y necesitan en su aventura. Detesto por parejo a los maltratadores de mujeres y a los toreadores que abrazan al toro, que le dan zapatillazos o patadas en el hocico, que lo apalean con el estoque en la testuz o que le palmotean las ancas. No digamos a quienes se agarran a él o sobre él se apoyan como “cowboys” de rodeo, habiéndolos tan bastos que les gustaría montarse encima, si es que alguno no lo hizo ya en más de un caso, humillando al bicorne y vejando la nobleza de la bestia más aristocrática del orbe.
De cómo relacionarse con el toro para dominarlo nos ilustraba Litri durante su entrevista en Taurodelta (n.º 34, abril 2011, pp.18-21), respondiendo así a José Ignacio de la Serna: “Con cariño, con dulzura, con temple y con bondad. Sin molestarle. Mirándolo. Incluso con la voz. Parece mentira, pero eso mismo, esa actitud de amistad se le transmite al toro. Porque al toro nunca hay que molestarle. Si te metes con él protesta y si protesta se defiende y entonces se mosquea y te quiere coger. Si lo tratas con violencia responde con violencia”.
A Dominguín le gustaba alardear de que galanteaba a los toros como a las mujeres, igual tratamiento a unos y otras, la misma receta para el toro arisco y prevenido que para la señora esquiva y recelosa. En síntesis –hecha por mí, tan humilde desconocedor de los toros y su condición como ignorante de las mujeres y la suya–, que al toro no hay que despreciarlo, y menos enojarlo. Por estética y ética, en primer lugar, pero también por tacto y táctica. Del toro hay que hacerse colega, así en la arena como en la finca y en los corrales o en los cajones, por difícil que resulte la camaradería en algunos de esos sitios. Y en el ruedo hay que confiar en él para que él confíe en ti, y para que, en expresión de Luis Miguel, “el entendimiento y la compenetración recíproca sean algo único y maravilloso".
Decía Curro Romero que cuando, concluida la faena, tenía sometido a su colaborador, no precisaba matarlo para sentirse satisfecho. Quizá en ello iba la razón de su deficiente espada y el porqué de los heterodoxos estoconazos, que el público pasaba por alto como algo accidental en el estilo y personalidad del faraón, como un complemento que no era ingrediente esencial de su espectáculo, ese rito o mito en que el genio de Camas condensaba el hecho supremo del toreo y su sublime ángel para interpretarlo.
Si de acercarse al toro con mimo y amigable diálogo hablamos, no puedo omitir a Ponce. Tiempo ha que le oí, en paralelo a lo aquí escrito, que templar el toreo debe empezar por templar al toro, ganártelo para tu causa y la suya, no otras, respectivamente, que torear y ser toreado. Logros inalcanzables mediante aspavientos, fuerza o brusquedad. Intimidación y amenazas son métodos inadecuados con quien, por irracional que sea, pide dulzura y afecto para poder tenerle de aliado, casi de cómplice. Por más que, paradojas de la vida, haya que matarlo (salvo que, ornando de naranja el palco, decida el presidente indultar previa petición del público, solicitud del espada y venia del ganadero).
La fiesta taurina es muerte y muerte tiene que seguir siendo, pero aporta grandeza sin perder una gota de drama y tragedia cuando la buena lidia, la desbordante bravura y la naturaleza sabia unida al arte creador truecan la estocada arrogante por la clemencia emocionante. Un perdón aplicado justamente al toro más entregado. Y precisamente por la consideración que le haya dispensado el maestro, por esta vez su “no” matador. ¿Quién dijo ver tortura, sadismo y crimen en la corrida, frente a coloquio, comunicación y comprensión con lenguaje de seducción y pactos de alianza en la misión, fin y destino de toro y torero? ¡Para sí quisieran los antitaurinos nuestra sensibilidad! Que Dios los perdone y ampare. Nosotros a lo nuestro.
















