Francisco Mena Cantero
El maestro
 
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30/11/2011 - 20:47

No se trata de estudiar la figura del maestro o en general del profesional de la enseñanza. Es simplemente exponer las ideas sobre este tema que, al hilo de la lectura del magnífico libro “Al pie de la letra” del poeta hispalense Víctor Jiménez, me han ido surgiendo. Para que luego digan que la poesía no sirve para nada. Las bellas artes en general y la poesía en particular son el alimento espiritual del hombre. Sin este alimento, el hombre desciende peldaños en el orden de la creación. Se animaliza.

   Independientemente de su estado social, más o menos considerado, el maestro es una persona que, olvidándose de sí como el sacerdote o el médico, se entrega a los demás. Y, obviamente, aparte la llamada interior, cuando esta ocurre, el hombre o la mujer que se dedica a esta profesión necesita un estímulo exterior, entre otras cosas, porque tiene unas necesidades que cubrir. El maestro, el docente, es la persona que nos ilumina cuando jóvenes, para adquirir la verdad, al tiempo que, de alguna manera, se ve proyectado en el discípulo cuando este va logrando objetivos.

   El maestro, dice Santo Tomás, viene en ayuda de la inteligencia del discípulo, señalándole con sus palabras el camino hacia la verdad, que ella misma debe descubrir. Los hombres y mujeres que han alcanzado la sabiduría, en las artes o las ciencias, lo han hecho con la ayuda del maestro, aunque ellos hayan puesto de su parte esfuerzo, voluntad e inteligencia; mas sin la valiosa ayuda del maestro difícilmente lo hubieran conseguido.

   Por otra parte, el maestro, con su experiencia vital y científica, abre el camino de la vida al discípulo para que este sepa andar por él y hacerse un proyecto vital, porque, como afirma Ortega, el hombre es el único ser que no nace con la vida hecha, sino que posee unas potencialidades con las que, de acuerdo con su proyecto de vida, hacérsela. He aquí la grandeza del hombre, y la necesidad de ese hombre o mujer, al que hoy se le niega casi todo, para trazarse libremente un hermoso proyecto de vida.
 

  Si el mismo Dios tomó el nombre de maestro, qué grandeza no tendrá el ejercicio de esta profesión, hoy tan escasamente valorada por la sociedad, que solo se interesa por dividendos y dinero en metálico, cuando el dividendo y el “contante y sonante” que el maestro produce son de orden espiritual y a más largo plazo.
 

  Dar la espalda al maestro, al docente en general repito, es craso error por parte de padres y alumnos, que influyendo en discípulos, estos tampoco valoran a quien se deja su vivir entre ellos, ni se dejan guiar durante sus primeros pasos por la difícil selva de la vida, hasta que el propio alumno pueda hacerlo solo con garantía de éxito.
Este libro, que acabo de leer (1), escrito con verso fluido y perfecto, hace alusión, como suele hacerlo la buena poesía, a muchas cosas más sobre este tema tan candente hoy. Leerlo es grato y fustiga el espíritu tantas veces adormilado.

(1) AL PIE DE LA LETRA, de Víctor Jiménez. Ediciones de La Isla de Siltolá. Sevilla. 2011.

 

 

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