No creo que la justicia tenga gripe; aunque a fuer de sincero he de confesar que tengo la firme sospecha de que, al menos, está constipada: cada vez son más sonoros, por conocidos, terribles estornudos que no son sino convulsas respuestas del organismo ante una situación que facilita la reacción enérgica ante la presencia o existencia de algo extraño y molesto. El estornudo, las secreciones nasales líquidas, son señal de que nuestro organismo reacciona de forma desmedida, alérgica, ante sustancias que, por lo que sea, no son del gusto de nuestro organismo; mas que nadie piense que creo a nuestros tribunales alérgicos a la justicia y que por ello estornuden alguna vez. Los jueces son cada vez mejores… y ya lo son mucho, aunque, al fin personas, no siempre la búsqueda de la justicia esté limpia de creencias, manías o sentimientos de pertenencia a clase u oficio. El auténtico problema de la justicia quizá esté en la alergia –y sigo con el símil- a que la luz del preciso control social ventile apolillados ropajes medievales.
Que nadie malinterprete el título de mi habitual columna, que me temo que hoy pueda ser un tanto extraña. Verán, llevo arrastrando esta gripe de moda más de diez días, ilusionándome con fugaces mejorías pasajeras. Mi antigua condición de fumador me está pasando factura, y tras una noche de toses y jadeos, antes de salir de la cama, me prometí a mí mismo llamar a la Directora para excusarme de no poder cumplir hoy con mi semanal columna. Pero no he sido capaz de cumplir con mi propósito: en el tiempo que velaba en la cama no pude dejar de pensar en la noticia de ayer: resulta que “el amiguito del alma”, que quería hablar con el Bigotes “de lo nuestro, que es muy bonito”; aquel cuya homenajeada esposa con un regalo tan fantástico que levantó suaves protestas hacia el donante por “haberse pasado tres pueblos”, pero sus tímidos reparos al obsequio no le impedían pedir que le cambiasen una talla de no sé qué. Es imposible sustraerse al sopor del “trancazo”: eso lo podía hacer antes, con menos años y más vida: avisaré al periódico. No creo que importe demasiado mi ausencia; pero ya no es tiempo de abandonar los buenos modos…
…Retomo el hilo de mi interrumpido comentario, abandonado hace unos días. El Camps que se fue contradiciendo en las explicaciones del pago o impago de sus trajes, el “amiguito del alma” de ese águila de los negocios apodado “El Bigotes” -compatible con el cariño profesado al anterior presidente del TSJ de Valencia-, el que en última instancia se negó a declarar su culpabilidad y pagar una multa para evitar el juicio, como hicieran sus subordinados que sí siguieron el consejo de los juristas del PP. Pero Camps es tan inocente como un niño: él y su amigo Costa pagaron sus trajes religiosamente – faltaría más- al tiempo que a sus subordinados se los regalaban empresas lideradas por “El Bigotes “, por lo que sí pecaron de cohecho impropio. ¡Pues qué bien! Todo ha transcurrido en medio de la más absoluta normalidad: las manifestaciones contradictorias, las dimisiones, los nerviosos movimientos de ocultación de la Secretaria General del PP, la opinión de la mitad más uno de los jurados de que los trajes de Camps no habían sido pagados por empresas de la trama Gürtel, en contra del informe pericial elaborado por interventores del Estado...
Todo ha sido absolutamente normal: desde el cariñoso saludo de Camps al jurado de sus paisanos de los que esperaba la justicia que otros le habían negado, hasta sus faltas de respeto al Presidente del Tribunal al que consideraba un político de la oposición socialista. Alguien puede culpar a la inexperiencia del jurado la aparente rareza de la resolución, pero ahí está la experiencia de situaciones límites, como la exculpación, por unanimidad, del jurado a aquel nacionalista asesino de ertzainas. Anomalía, por cierto, drásticamente abordada; aunque ello no deba servir para arremeter contra esa institución: a veces tampoco se entienden sentencias judiciales en las que la reciente institución del jurado no ha participado.
Aquí lo importante es que cada cual, pese a “moderneces” democráticas, sigue en su sitio: el melón de “la Gürtel” -que algún castizo personificó en los asistentes a la principesca boda de la hija de Aznar con el brillante hombre de negocios Alejandro Agag, sigue sin abrir; el irrespetuoso juez Garzón, que dejó de agradar a la derecha persiguiendo dudosas acciones antiterroristas del gobierno de González para arremeter contra gentes de bien, ya está pagando por intentar perjudicar saneados negocios de políticos de orden o gloriosas historias inventadas para reescribir una vergonzosa y sangrienta historia en honor de un salvaje fascismo. Instancias administrativas ya han avisado de peligro de prescripción… como si eso fuera una desgracia para los que pelean por su privilegiado estatus.
Quizá convenga tomar nota del mensaje subliminal del pío Sr. Camps, que ha agradecido la buena marcha de sus aventuras procesales, de la mano del líder conservador andaluz, a la Macarena. Pese a su exaltado valencianismo no lo ha hecho a su patrona, será porque es la Virgen de los Desamparados y ése no es su caso.
Domingo L. Sánchez Miras
Gripe y justicia




















