Histérica omnipresencia

Martín-Miguel Rubio Esteban

Los políticos antiguos pensaban que la gente normal se podía hartar de verles en el foro político, y esta era una de las razones que les hacía repartir su poder y acción política entre los amigos

La comunicación sempiterna e inútil de esta aldea global entraña la idea de que quien más veces sale en el pavés de los medios, aunque sea para decir bagatelas y perogrulladas, más poder tiene, más importante es. Ello hace que la mayor parte de los políticos dediquen la mayor parte de su tiempo a subir “o descargar” sus apariciones a distintas plataformas digitales. Ya no es su agudeza o sus inteligentes propuestas, o la habilidad con que esgrimen sus argumentos en la palestra política frente a sus adversarios lo que les proporciona su fuerza electoral, sino el tiempo de presencia “corporal” en las distintas y variadas plataformas. Cuanto más su figura corporal sea vista en distintos espacios, más posibilidades, suponen, tienen de conquistar o mantenerse en el poder. Ya no se trata de hacer una buena oposición razonada y constructiva, o de gestionar el poder con proficuas tomas de decisión, sino de ser protagonista omnipresente en esta aldea global, aunque sea para hacer saber que se va de caza con los amigos, o que va a misa, o hace alpinismo, o nada en la piscina, o lleva a su hijo a la escuela, y no estrictamente para que la gente conozca sus objetivos políticos. La metafísica del ser constantemente estando triunfa sobre la acción política. Visibilizar la vida del político es más importante que la política.

Esta es una superstición bárbara que aborrecía el Mundo Clásico; esto es, Grecia y Roma. Los políticos antiguos pensaban, por el contrario, que la gente normal se podía hartar de verles en el foro político, y esta era una de las razones que les hacía repartir su poder y acción política entre los amigos. Los amigos sustituían al líder a fin de que el pueblo no llegase a cansarse de la cansina presencia del político pontificando las veinticuatro horas. Una mezcla de moderación y de pudor obligaba al político a dosificar su presencia ante el electorado. El enemigo del amor es la hartura, y un político acosando al pueblo de continuo con su prédica se hacía repulsivo e impopular, y cuando fracasaban eran motivo de alegría.

El gran político debe acercarse al pueblo cuando éste está deseoso de él, y que lo eche de menos cuando no está presente. Tampoco el político en vida puede permitirse ser pintado o esculpido si no quiere ser odiado por un pueblo libre. Catón, en un momento en que Roma estaba llena de estatuas de políticos, rehusó que hicieran su propia estatua, diciendo: “Prefiero que la gente se pregunte por qué no hay una estatua mía que por qué la hay”. A falta de capacidad para presentar iniciativas políticas que mejoren la vida de los ciudadanos, el político hodierno, sin la decencia clásica, busca su gloria en la participación de un don divino, la ubicuidad. Con su tribuna ubicua y sempiterna nos castiga a todos los ciudadanos veinticuatro horas.

Pero la mejor y más segura defensa de la fama del político es su discreción, mientras que aquellas famas que son grandes, excesivas, ciclópeas y constantemente expuestas, lo mismo que las estatuas demasiado grandes que impiden la perspectiva de las calles, son pronto derribadas.