Hay casualidades que permiten el esclarecimiento de situaciones que, de otra forma, quedarían más disimuladas. Y estos días estamos asistiendo a esa situación. Porque, también es casualidad que mientras Manuel Fraga era enterrado en su querido Perbes, al son de no sé cuantas gaitas y en olor de multitud y casi de santidad, Baltasar Garzón se sentaba en el banquillo de los acusados a instancia de los abogados defensores de presuntos protagonistas del caso Gürtel; ese que parece ser que afecta a Madrid, a Valencia, a Baleares… y que fue denunciado por el concejal del PP de un pueblo madrileño, y desenredado en buena parte por la policía del pérfido Rubalcaba
Por supuesto no es cuestión de hacer ninguna crítica a los jueces que han aceptado tramitar tan interesada querella; pero uno no puede por menos que sonreír, un tanto avergonzado, por la prisa en sentar en el banquillo al juez instructor de un caso que todavía no se ha empezado a tramitar, que no han sido considerados hechos delictivos por los fiscales y que -siempre presuntamente- alberga tramas corruptas y metástasis hasta en las instancias más insólitas. La actitud gallarda o chulesca del expresidente Francisco Camps y su íntimo colaborador Ricardo Costa, que no han permitido orillar el ridículo proceso de los trajes regalados, prestados o pagados –que todo esto se ha dicho- nos ha adelantado ya a los sufridos españolitos edificantes conversaciones, que tan pronto declaran eternos amores como se califican de tontos… pero más groseramente. No tengo por menos que preguntarme qué no oiremos cuando los trajecitos den paso a “detallitos” de más enjundia… si es que los interesados en enterrar el tema no se salen con la suya.
Si hasta ahora solo se ha levantado, muy ligeramente el pico de la alfombra, supongo que, con independencia de las resoluciones judiciales, estarán de acuerdo en lo que nos espera, con el conocimiento de acciones y relaciones prodigiosas, cuando se ponga al descubierto la trama Gürtel en todo su grandioso esplendor. Aunque creo que el asunto, es de tan grueso calibre, que dudo mucho que salga a la luz. Y motivos para creerlo así, se han dado: tengo para mí que el intento del juez Garzón de poner en marcha la asignatura pendiente de la investigación y localización de las víctimas del franquismo -de tal justicia que hasta la ONU había criticado a España su pasividad en este sentido- con haber irritado a conservadores “patrióticos”, no les preocupó tanto como su eficaz entrada al caso Gürtel…Y el mundo asiste atónito a la persecución por la justicia española al juez que acorraló a Pinochet, que resuelve casos internacionales; que persigue a los GAL y los etarras; pero que ha molestado a españoles que conservan gran poderío. Tan atónito como a los honores rendidos al recientemente fallecido Manuel Fraga, al que se nos presenta, nada menos, que como artífice de la democratización española, cuando durante toda su vida fue un enamorado del franquismo, al que nunca criticó.
Todavía, en una entrevista concedida a El País en el año 2006, al hablar de la “Memoria Histórica” y del enterramiento de los muertos de los vencidos, su respuesta fue, como siempre, la de un autoritario:… “Todo el mundo tiene derecho a enterrar a sus muertos. Pero los muertos abandonados son de una guerra civil en la que toda la responsabilidad, toda, fue de la II República. ¡Toda!”. ¿Dónde está la evolución democrática de este, entonces, octogenario nada tonto y siempre estudioso, que da las mismas “razones” sobre la guerra que mi libro de texto de Formación del Espíritu Nacional de 1950? Y para que no se me tache de falsario, me responderé a esta pregunta retórica. Hace medio siglo, escribía este tildado de demócrata: “Es evidente que el glorioso alzamiento popular del 18 de julio de 1936 fue uno de los más simpáticos movimientos político-sociales del que mundo tiene memoria. Los observadores imparciales y el historiador objetivo han de reconocer que la mayor y la mejor parte del país fue la que se alzó el 18 de julio contra un gobierno ilegal y corrompido que preparaba la más siniestra de las revoluciones rojas desde el poder”. Parece que la evolución es mínima: quizá esto me recuerde más el texto de Formación del Espíritu Nacional del año 1947.
Fraga fue un autoritario patológico que abandonó de mala gana la política el 20-N (¡brava fecha!) del pasado año, que fue ministro dos veces en gobiernos dictatoriales; que murió sin presidir un gobierno democrático; que copió el modelo político “popular” europeo, de tendencia más que conservadora, al que no llamó “partido”, sino “alianza” y que constituyó con notables del franquismo. Que nunca fue capaz de ocupar el “centro” hasta la refundación en tiempos de Aznar; que votó contra las autonomías de la Constitución… hasta que pudo ser presidente de la de Galicia donde reinó como si de una Baviera hispana se tratase… que cuando fue desplazado de allí se refugió en el Senado, y que solo se retiró porque sufrió un accidente que le dejó secuelas.No me voy a recrear en otros luctuosos hechos de sus mandatos: por él y por no dar más armas a los que se burlan de esta España nuestra que sigue homenajeando a franquistas y persigue a los demócratas.


















