Se ha dicho muchas veces y por fundados motivos que el hombre es un ser social por antonomasia, que no puede vivir aislado y siempre ha tenido la tendencia de integrarse en núcleos humanos más o menos numerosos, como podemos comprobar por infinidad de testimonios, de los tiempos prehistóricos hasta hoy. Es decir, primero la familia como entorno natural y habitual, después la unión de familias para constituir la tribu con su correspondiente jefe. Y, por último, la formación de la nación-estado, aunque fuera en su concepto más primitivo y elemental, abarcando un determinado territorio, fuera una ciudad o tuviera más extensión con diversas poblaciones, unidas por uno o varios lazos comunes (idelaes y programas de aspiraciones con defensa de intereses), con una serie de conductores, regidores y administradores, es decir de políticos, para llevar a cabo planes de supervivencia, mejora y progreso que desea la comunidad. Pues, toda comunidad humana tiene una serie de problemas por resolver, básicas necesidades que satisfacer y anhelos de seguridad y perfeccionamiento. Y para realizar esta actividad de progreso, necesita de una unión de voluntades y de unos cerebros que la dirijan por los caminos más adecuados y convenientes. Y así surge la organización social, que, paulatina y prácticamente, se va convirtiendo en el Estado. Al principio, muy rudimentario y simple, pero, en un constante avance. En Europa fueron los griegos los primeros, muchos siglos antes de nuestra Era, que encendieron brillantemente la llama de la Cultura (inicial con mayúscula) y la extendieron con sus pequeñas naves por el litoral del mar Mediterráneo, junto con los fenicios, un pueblo muy comerciante y marinero que habitó en la costa del actual Líbano. Los griegos en su gran impulso cultural crearon las ciencias y las artes, que tuvieron extraordinario desarollo. Recordemos a la Filosofía, la madre de todas las Ciencias, y a la Democracia representativa, que fue un enorme avance en aquel momento y para el futuro, señalando con especial acierto las cualidades y virtudes que tenían que poseer los políticos.
Es indudable que las naciones necesitan de un gobierno, que, como su nombre indica, realice la acción de dirigirlas por las rutas más adecuadas para alcanzar los fines de la paz, bienestar, prosperidad y amplia promoción humana, social y cultural que los pueblos quieren y demandan. Reflexionemos unos instantes sobre la Historia Universal, que es una gran fuente de enseñanzas, ejemplos, casos... Y encierra una densísima experiencia, cuyo estudio siempre nos puede ser útil.
Los Aliados (Estados Unidos e Inglaterra) con su victoria en la II Guerra Mundial impusieron en las naciones de su órbita de influencia el régimen democrático como el más indicado. Hay que reconocer que la democracia que idearon los antiguos griegos es excelente, resaltando la condición que imponían o debían tener sus políticos (los directores del sistema) como honradez, probada inteligencia y la mejor o más extensa preparación posible para el buen desempeño de la función política, esto es, el arte y ciencia de gobernar. Sus tratadistas unían las virtudes naturales y éticas a la formación que debían acreditar los aspirantes a los puestos de mando y responsabilidad. Ellos exigieron que los políticos tenían que poseer cierta edad (la preferida era la de la vejez), pues consideraban la experiencia que proporcionaba la larga vida como una fuente de sabiduría. Y hay que reconocer que tenían sobrada razón.
De cara al nuevo siglo y mileno hay que admitir que las principales ideas de la democracia de los antiguos griegos, están plenamente vigentes y que son oportunísimas en nuestro tiempo. Pueden seguir dando óptimos resultados en las naciones de todas las latitudes y en las futuras singlaturas. Reconociendo que es muy importante la práctica de las virtudes cívicas por parte de todos los ciudadanos para que pueda tener éxito. Y también, y esto es fundamental, que los que la representan y dirigen (sus mandatarios y altos cargos), den buen ejemplo en todos los aspectos y sean modelos en su actuación. Porque de los contrario, nos podríamos encontrar con una farsa teatral, que detrás de las apariencias, cortinas y biombos se escondiese la corrupción, el engaño y hasta la vileza. Esto sería matar a la democracia. Está en nuestras manos crear un espléndido camino político de cara al futuro, que nos convenza y llene de satisfacción. Y sea motivo de ventura y felicidad para todos, dentro de lo posible, en un ambiente de paz, optimismo y fraternidad.
Ángel Las Navas Pagán
La política en la andadura de los pueblos


















