Nicolás del Hierro
La prosa de los poetas
 
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11/01/2012 - 18:32

Se dice, al menos se ha dicho durante bastante tiempo, que los poetas no sabemos escribir la prosa, porque la expresión se nos desliza fácilmente por la lírica y, entonces, puede hasta surgir un híbrido literario. Es posible que tal afirmación tuviera sus razones de ser en un tiempo pasado; más o menos lejano, pero pasado. Cierto que cuando más se hablaba así, cuando mayor referencia se hacía en el abordaje de tal negativa, los modos expresivos eran diferente, y distintos los enfoques temáticos; el fondo del diccionario difería en el uso del vocablo que hoy se emplea como utilización comunicativa. Desde siempre y para la eternidad, mientras unas palabras son bautizadas como recién nacidas; otras se hacen viejas por razón natural; desaparecen o se entierran en la capilla ardiente del olvido.
También es verdad que eran otros los nombres de novelistas destacados, incluso triunfantes, como los eran asimismo los poetas. Verbigracia, nombres y obras de unos y otros podríamos retrotraerlos desde la más clásica antigüedad hasta casi nuestro tiempo. No obstante, no voy a cimentar mi comentario en los clásicos latinos, ni siquiera comparar a Cervantes con Góngora, por aquella “gracia que a uno no quiso darle el cielo”, a pesar de los perfectos octosílabos que aparecen en buena parte de El Quijote, ni menos destacar el “culto barroquismo del segundo”. No, yo me quiero referir a tiempos más próximos.
No es extraño que hablen, y, sobre todo, menos extraño es que se hablara y mantuviera tal afirmación en los años de Pío Baroja, cuando en “Lucha por la vida: La busca” (1904), se palpara el tremendo desgarro de un Madrid desentrañado y de lucha social, o cuando Vicente Blasco Ibáñez, políticamente correcto para unos y todo lo contrario para los otros, de influencia francesa, aunque ligeramente apartado de Zola, se extendiera en un realismo decimonónico, aun llegando ser en su tiempo el más internacional de los novelistas españoles. Quizá, en posición inversa, esta comparación negativa ejercería con menor fuerza la prosa del egabrense Juan Valera, con su “Pepita Jiménez”, novela que, dentro del realismo, se ve revestida por un tinte romántico, cercano a no pocas expresiones y temas poéticos de entonces.
Razonamientos y corrillos hubo, y los hay, para todo y por los más; cenáculos donde nunca faltan mil y una diversas opiniones. Y puede que hasta tuvieran su razón. Pero lo que tampoco deja de ser cierto es que desde el conocido boom de la novela americana, la expresión comunicativa y narradora, ha encontrado una metamorfosis en su lenguaje, realizando la prosa con no pocas entonaciones líricas. Los de Allá, varios de ellos mientras vivían en Europa, incluso en España, fueron, quizá por su origen, capaces de darle un giro al vocabulario narrativo y, acercando su prosa a la expresión poética, consiguieron cambiar la mantenida opinión de pasados siglos para el entendimiento del idioma castellano. Bastaría que hojeáramos y ojeáramos títulos como “La ciudad y los perros” o “La casa verde”, de Mario Vargas Llosa, o la más compacta “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, y, cómo no, las más reducidas “Zona sagrada”, del mejicano Carlos Fuentes y la de no menos expresión lírica “Pedro Páramo”, del también mejicano Juan Rulfo.
A partir de las cuales, y entre otros títulos y autores, la novelística en castellano se pone un vestido largo, con adornos de vocabulario casi poético; ejercicio al que se acercan no pocos poetas españoles que, sin abandonar sus orígenes lingüísticos, irrumpen en el campo de la narrativa, rompiendo un mucho con la maléfica opinión de que “los poetas no saben escribir la prosa”.
Para esta defensa podríamos traer aquí decenas de nombres con obra vigente; escritores que, siempre en su origen de poetas, consiguen dominar la narrativa a través de la selección lingüística con que antes y después elevaron sus versos, sin que para nada se merme el estilo ni el tema a desarrollar en sus prosas. Pero acaso esta demostración nominal y de títulos en pura selección personal detallados, al ser tan numerosa como imaginarla podemos, y saberse en activo como poetas-escritores y escritores-poetas, la amplitud de número con la más que posible omisión de varios, podría originarnos lo inevitable en la consideración personal de cada quien, si relegado fuera. El ejemplo está ahí, en las páginas de las decenas de volúmenes que al abrirlas y leerlas nos mostrarán de modo fehaciente que sí, que el poeta, los poetas, son capaces de escribir la prosa como cualquier narrador. Muy diferente, sería lo contrario.

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