Natividad Cepeda
Luna llena de cipreses
 
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02/10/2011 - 19:09 Escrito por Laura Espinar

Fue un otoño, cuando tan sólo los cipreses mantenían el verde intacto de sus ramas y cansada de pisar hojas muertas, pasé a la librería. Fui de un estante a otro sin premura,  empecé a leer un libro de poemas de Félix Grande; extraño y complicado, quizá un poco evangelio del alma que busca un refugio: pensé que no era el mejor libro para mí en ese momento, pero pagué por él. Salí a la calle llevándolo en mis manos, volviendo a destrozar las hojas  del otoño con mis altos zapatos de tacón.

Aquella noche cuando la casa era silencio abrí el libro con la misma anarquía que había recorrido las calles de mi pueblo. En lo alto el título: “Elogio de la desobediencia”  Apenas si respiré leyendo. Volví a leer despacio el poema y su mensaje de vida en cada línea. “Únicamente vive lo que arde alabado sea el fuego Abrásate de amor, juega tu juego Cerré el libro de poemas despacio, dejando la página 61 a oscuras.  Abrí de nuevo el libro, apareció después del prólogo  el título completo en letras mayúsculas LAS RUBÁIYÁTAS DE HORACIO MARTIN. Félix Grande Premio Nacional de Poesía  Editorial Lumen; de la página 9 a la 16  narración del autor, después hoja en blanco donde se lee RUBÁIYATAS pasé de las citas en la hoja siguiente y empecé a leer el primer poema al que siguieron los demás separando las hojas pegadas... Desde esa noche supe que Félix Grande era un poeta capaz de despertar las emociones.

 

Por el libro y por mi ha pasado la vida, he leído acerca de ese libro de poemas  ensayos exhaustivos, pienso que ninguno podrá igualarlo, incluso me atrevo a decir que hasta sobran, pues tan sólo es necesario abrir el libro y consumirlo con la misma pasión  que fue creado, con la exacta vigencia que mantiene hasta hoy.

Los poemas semejan a los verdes cipreses, no pasa el tiempo por ellos, no se detiene… Después de tantos años, todavía es fresca su lectura, y Horacio Martín, vive como escribió el poeta, más allá de cualquiera de las muertes porque confía en la poesía.

 

Es mi libro, se esconde en el último rincón del anaquel, y cuando quiere resurge ante mis ojos con su aroma  perenne  de vino joven recordando un otoño de luna llena y hojas amarillas donde por 3,75 pesetas  Félix Grande renace a la poesía con su grito de dios a pesar de ser hombre.

Cuando cierro sus paginas y lo dejo en silencio pienso que mañana será un patrimonio hermoso en la herencia de mis hijas. Hace unos días buscando unos papeles junto con otros libros cayó al suelo, lo recogieron las pequeñas manos de mi nieto de seis años y sugirió su lectura, deletreo el nombre del autor y difícilmente el título ¿qué quiere decir? me preguntó con su mirada limpia  y yo sencillamente le respondí que era un mensaje de amor para cuando él creciera.

       

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