María José Prieto, periodista
Menores: La gran responsabilidad social
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Si hay algo que nos duele especialmente a las personas (cuerdas) es la muerte de niños y niñas. Pero cuando la muerte se produce al saltar una niña de unos 15 años desde la furgoneta que la trasladaba a un centro de menores, alejado de su entorno y tutelado por la administración, la cosa es mucho más espeluznante.  Si a esto añadimos que el centro de destino había sido denunciado por el Defensor de Pueblo, junto a otros, por el trato que se daba a los menores, la historia va adquiriendo consistencia penal, aunque puede que la realidad sea distinta. Habrá de ser una investigación rigurosa e imparcial la única capaz de reconstruir esta tragedia y dirimir responsabilidades.


Pero no nos viene mal darle vueltas a la criminalización generalizada que existe entorno a los adolescentes en general y a los llamados problemáticos, en particular, aunque estos últimos sean ajenos a la vida que les ha tocado en suerte. Indefensos absolutamente ante las acusaciones falsas, ante las decisiones injustas, ante la arbitrariedad, dependientes de ciertos adultos inadecuados, no deseados, abandonados, no queridos, muchos de ellos y ellas maltratados, arrojados a la fuerza a un mundo que desde su nacimiento les fue hostil.


La administración tutelante está obligada a investigar de manera rigurosa e imparcial aunque el resultado duela. Hay que escuchar a los menores y, especialmente, hay que investigar con inteligencia lo que ocurre cuando se cierran las puertas de éste y de otros muchos centros de menores…y de mayores. Hay que buscar profesionales comprometidos que inspiren confianza a los residentes y no firmar en blanco las versiones de los responsables de dichos centros. No se trata de criminalizar a sus trabajadores, sino de no culpabilizar por sistema a los menores.


Todos, de una u otra forma, somos culpables de la muerte de esta niña, al margen de las circunstancias reales. Somos cómplices cuando otorgamos carta blanca para desarrollar algunos servicios sociales, cuando culpamos a priori al grupo de chavales más próximo cuando aparece un banco roto, una papelera quemada. Cuando confundimos su lucha interior por convertirse en adultos, con una desvergonzada afrenta, una indolencia continua, un desafío permanente a las normas establecidas.


Olvidamos que nosotros también pasamos por ahí y no vale decir que eran otros tiempos, que había más respeto, más educación. Esto tampoco se lo han inventado ellos, sino que se lo hemos dejado nosotros, la generación anterior. Seguramente no les hemos querido lo suficiente como para educarles en condiciones. Hemos construido un mundo, unos valores, en los que el dinero y   la posesión de cosas son el don mas preciado, lo que da el reconocimiento y el prestigio social. Diariamente soltamos frases estúpidas sobre el deseo de ser ricos que ellos escuchan y hemos creído construir una sociedad perfecta en las necesidades básicas.


Pero hemos ignorado, presiento que a sabiendas, que detrás seguían viniendo al mundo seres indefensos y frágiles que nunca pidieron nacer. Y hemos olvidado, con tantas comodidades, que estamos obligados a cuidarlos, a criarlos, a quererlos y a educarlos en valores consistentes. Y no solo a los propios.


Los derechos humanos son también, desde luego, los derechos del niño: a ser oído, a ser escuchado, a ser atendido, a ser creído. A no ser tratado con prejuicios, aunque tenga granos en la cara, aunque lleve los pantalones arrastrando o los pelos de punta. Porque hay muchos más adultos delincuentes, mentirosos, estafadores, drogadictos, destrozadores de mobiliario urbano, malas compañías, hipócritas, mal hablados, acosadores, maltratadores….que menores.

Además, puesto que esto que hemos construido es mentira en buena parte como se viene demostrando con intensidad en los últimos tiempos, que nada ni nadie es lo que parece, pongan ustedes nombres que los hay para todos los gustos y que tenemos una gran tarea por delante tan “sencilla” como la de construir una sociedad mejor, empecemos por controlar de verdad los lugares cerrados donde confinamos a los que estorban nuestra vida de primera clase como son esos menores, los presos, los ancianos, los enfermos mentales y otros colectivos de ellos y de ellas necesitados de toda nuestra atención y cariño. Esta es, sin duda, la gran responsabilidad social.

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