Una de mis expresiones predilectas en lengua castellana, por cuanto tiene que ver con la esencia de las actitudes humanas, es “hacer como el Guadiana”. ¿A quién no le han dicho alguna vez, por su inconstancia, “eres como un Guadiana”, o “apareces y desapareces como el Guadiana”? Emerger y esconderse bajo la tierra, para salir otra vez a la superficie y volver a sumergirse en lo oscuro, y así en una serie interminable, tan maravillosa, tan mágica, que almas de todo tiempo han querido ver en ella un símbolo de nuestros comportamientos, de nuestro camino turbulento por la vida.
Bueno, esta metáfora nos servía en el pasado, porque los ojos del Guadiana hace más de veinte años que se secaron. Hoy no son más que unos anchos boquetes junto a cauces resecos, como entradas a una cueva desahuciada. Y no es así debido a un proceso natural e irreversible e inevitable. Sino más bien todo lo contrario: los ojos del Guadiana están secos, y la Mancha húmeda está siguiendo su misma suerte, como resultado de un plan minucioso y estudiado para dominar el medio y sacarle rentabilidad. Un plan que en sus inicios fue demandado y hasta bien intencionado, pero que va a acabar provocando una de las mayores catástrofes ecológicas de Europa.
Ahora suben fumarolas del subsuelo de turba de las Tablas de Daimiel, con un humo lento y pesado de cigarros interminables, y la prensa nacional se hace eco de tan extraño suceso. No es la primera vez que pasa, ya venía agrietándose el suelo y dejando escapar este fuego silencioso en el cauce requemado del Guadiana. Y el problema de las Tablas lleva cociéndose más tiempo que estos incendios de turba. Las Tablas llevan décadas convertidas en un secarral artificialmente alimentado al que todo el mundo quiere cortar el suero y dejar morir.
Desde el mirador de las Tablas, en el punto más alto de una suave loma, se divisa una gran llanura, como un mar amarillo de hierba reseca, donde en otro tiempo sí que hubo algo parecido a un mar de verdad: una extensa superficie permanentemente encharcada con un ecosistema propio y conectado a los cauces de los ríos Guadiana y Cigüela. Al fondo a la izquierda, donde acaba el color pajizo del área protegida, se divisa otra loma, pero de verde intenso en primavera, campos de cereal coronados por la estructura ciclópea de pívots de riego. No hace falta ir a los libros ni ver documentales: sin salir de las Tablas se entiende todo.
El problema serio empezó en los años 60, con una ley desarrollista, muy aplaudida, que trajo progreso económico para la región pero que levantó a su vez unos polvos que han traído estos lodos en que ahora nos embarrancamos todos. La Ley de 17 de julio de 1956 sobre Saneamiento y colonización de los terrenos pantanosos que se extienden inmediatos a los márgenes de los ríos Guadiana, Gigüela, Záncara y afluentes de estos dos últimos, en las provincias de Ciudad Real, Toledo y Cuenca, derivó en unas obras, a partir de 1965, que transformaron por completo el paisaje manchego.
Conjuntos lagunares
El plan se propuso, y consiguió, desecar la mayoría de conjuntos lagunares en los límites de estas tres provincias. Creó en esas tierras enormes superficies de regadío. Por lo general, la propiedad se hizo dispersa, muchos tuvieron un acceso razonable a la tierra y empezaron a sembrar y a producir, no para ellos, sino para los mercados hortofrutícolas de toda España. En cierto modo, para esto habían luchado muchos desheredados en la guerra, para el reparto y el acceso a la tierra, aunque fuera luego el dictador el que dirigiera el plan, o al menos lo sancionara. Todos contentos. Además se crearon numerosos pantanos por la zona. Uno de los más grandes es el embalse de Peñarroya, que recoge el agua directamente del complejo geológico único de las Lagunas de Ruidera. Y así abastece a unos cuantos pueblos, aunque para ello cesara el flujo de agua hacia las Tablas. Otro es el pantano de Vallehermoso, que recoge las aguas del río Azuer, y que además de pasar por mi pueblo también llevaba las aguas a las Tablas y hoy está más seco que el alma de Satanás. Y así tantos ejemplos, porque toda la Mancha es una zona hídrica interconectada. Debajo está el mayor acuífero de España, el 23, y todas las aguas fluían por arriba y por abajo fortaleciendo un ecosistema enérgico y excepcionalmente moldeado. Hoy ya no es así.
Detrás de la ley franquista estaba un espíritu de desarrollo, de progreso en una única dirección, del que no podemos espantarnos demasiado porque sigue vigente, nuestra economía lo sigue explotando sin pensar en alternativas. Tampoco Franco va a tener la culpa de todos nuestros males porque ya en los años 30 existían planes guiados por el mismo espíritu desarrollista, como, por ejemplo, el del trasvase del Tajo al Segura, que finalmente se construyó en los primeros 70 y que merecería otro extenso artículo.
En los 60 había pasado la época más negra de la miseria y el hambre en España. Se vivía en una dictadura autárquica pero se miraba al futuro. No dudo que expertos ingenieros y políticos regeneracionistas habrían hechos cosas mejores, y con más legitimidad. Pero lo que había era Franco y entonces todo el mundo estuvo feliz de que hubiera más tierra y más agua para regar y más negocios por montar. Además de los pantanos, se crearon pueblos nuevos, de colonización, donde se repartió tierra y se dio acceso al agua a través de sistemas de canalización con acequias. Pero también se empezaron a hacer pozos, perforando cada vez más hondo, pinchando todo el mapa de la región como la superficie de una diana gastada.
Hoy las acequias están desusadas y rotas. Hay más pozos de los que el acuífero puede mantener. En el año 1971 muchas de las obras proyectadas se pararon: ese verano las Tablas de Daimiel se habían secado. En 1986, cuando los ojos del Guadiana desaparecieron, alguien pensó que toda esta bonanza económica había propiciado que la situación se fuera de las manos. Se propuso una moratoria para los pozos y desde los 90 son ilegales todos los pozos nuevos para regar las cosechas. Pero este ordenamiento es, cuanto menos, ficticio. Porque claro, una vez que se ha vendido una idea de desarrollo única, basada en la agricultura y sus industrias adyacentes, a ver quién es el guapo que convence a la gente de que se dedique a otra cosa y no gaste agua. O que se vaya a trabajar a Madrid, cuando las cosas vengan mal dadas. De modo que todo quisqui siguió haciendo pozos y regando a tutiplén y seguramente con derecho –“por qué mi vecino puede y yo no” “yo solo no voy a secar el acuífero”, “aquí el que no corre, vuela”– hasta desembocar en el sindiós que hoy tenemos en la Mancha con la cuestión del agua.
Pérdida de fuentes
La Confederación Hidrográfica del Guadiana lleva años buscando formas de solucionar el problema económico y ecológico de la pérdida de las fuentes del agua. Buscando parches, porque nadie se quiere plantear una verdadera alternativa. El Plan Especial del Alto Guadiana, cuyo último capítulo fue consensuado en 2007, pretende comprar a los agricultores derechos de agua, para que dejen de regar o reconviertan sus cultivos. Pero no todas las autoridades están favoreciendo eso, precisamente. Y ahora el gobierno central ha congelado el volumen de esas partidas presupuestarias, con lo que todo el mundo está a la expectativa de que alguna autoridad dé algún paso firme en este terreno que, aunque seco, resulta tan resbaladizo.
El ecosistema natural y el actual abastecimiento hídrico en la Mancha no son compatibles. Nunca lo fueron. No aguantaron ni veinte años, y a medida que la bola fue creciendo, el agua fue mermando. Lo que la naturaleza dispuso en cientos de miles de años, el hombre ha necesitado sólo treinta o cuarenta para destrozarlo.
Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿a alguien realmente le interesa que las Tablas de Daimiel vuelvan a existir tal y como fueron? ¿O que las Lagunas de Ruidera conserven algo de su primigenia naturaleza? ¿O que los ríos dejen correr su agua por la Mancha o por cualquier otro sitio? ¿A alguien le interesa que existan espacios naturales, que vuelen patos y somormujos y que crezcan tarayes y masegares?
Creo que la respuesta está clara: nos interesa lo que nos pueda reportar un beneficio económico inmediato. Y los árboles y las aves del cielo no dan de comer tanto como el agua subterránea. Las Lagunas de Ruidera seguirán existiendo en la medida en que se sigan construyendo chalés y hoteles y complejos turísticos al lado de las playas. Algún cachondo o algún empresario con visión de futuro ha propuesto que las Tablas de Daimiel se reconviertan en una reserva de caza. Claro, algo que dé dinero. Y que dé dinero ahora. Pero exterminemos a los molestos patos y a las ranas que tienen la manía de cantar todo el tiempo por animales más grandes, jabalíes o ciervos, para que el tiro sea seguro. El paso de descatalogar a las Tablas como reserva de la biosfera está por darse, y pronto. El Consejo Científico de la Unesco ha dado de plazo a España hasta 2011 para recuperarlas. Muchos estarán esperando esta fecha, y la buena noticia del desahucio.
Ahora el gobierno, alarmado por los reportajes de EL PAÍS, se afana en ordenar trasvases rápidos que sofoquen el incendio de turbas subterráneas de las Tablas, a través de la tubería que sea. En el mejor de los casos, el agua llegará en enero de 2010. Desde su lugar de origen, esas aguas que apaguen estas llamas arrastrarán problemas muy similares a los que se sufren por estos parajes. Mucha gente, incluso en la zona, no entiende por qué se hace eso, por qué los patos tienen preferencia, por qué las Tablas son un lugar valioso e insustituible, por qué los humanos no pueden calmar su sed con toda el agua del mundo y tienen que compartirla. La acción del gobierno puede ser efectiva o propagandística: pero no definitiva. Periódicos nacionales llevan meses contando la agonía del parque. La cuestión del agua es sensible se hable donde se hable. Pero cientos de parches no pueden mantener segura una rueda cuando lo que se necesita es una cámara nueva para que la bicicleta ande y no corramos el riesgo de irnos contra el suelo. Nadie piensa en alternativas, nadie habla de cambiar el modelo productivo de la región. Todo el mundo hace cruces a los agricultores o a los ecologistas cuando los ven pasar.
Beberse el agua
Los agricultores no son unos criminales ni se beben ellos el agua. La transforman en frutos que después todos devoramos. Los ecologistas no son seres desquiciados que aman a las aves y tienen una oficina con aire acondicionado en la capital. No son demonios verdes. Los agricultores son los primeros ecologistas porque cuidan y trabajan el campo, porque viven en el campo y lo quieren, y no son más responsables que aquellos los están organizando desde arriba, con leyes y ordenaciones sin retorno. El problema no es buscar ejércitos enfrente contra los que acometer, aunque sean ejércitos de ovejas. El error está en el sistema operativo.
El último trasvase urgente será una cura de emergencia para bajar los humos a las fumarolas de las Tablas. Pero el problema es mucho más hondo porque nadie quiere proteger la naturaleza si no hay una transacción económica por ello. ¿Cómo convencemos al personal de que invertir en restaurar los ecosistemas naturales no es arrojar billetes a los charcos?
Los ojos del Guadiana probablemente no volverán a sorber y expulsar el agua. Y a nadie le preocupa demasiado. El acuífero manchego aún produce agua para ir tirando, y los principales intereses económicos de la región están tranquilos mientras puedan sacarla a la superficie. Los hombres, inconstantes y egoístas, no sabemos apreciar siquiera el valor de los símbolos. Si los ojos manan agua o las Tablas de Daimiel se encharcan, habrá más quejas que vítores. El mensaje es apagar los fuegos y dejar al mundo andar. Como un Guadiana, uno no puede dejar de emerger para gritar y denunciar, pero después esconderse en el subsuelo, donde la desidia y el desánimo nos callan a casi todos.
















Esto que digo está respaldado por todos los informes oficiales de las Tablas de Daimiel (ver Resumen Anual del PNTD de 1998).