Mariano Velasco/Doctor en Sociología y CC. Políticas. Presidente de AEDA 23
Réquiem por las lagunas de Pedro Muñoz
 
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01/02/2012 - 20:07


El Convenio Ramsar, que así es como se conoce de forma más popular, creó una Lista de Zonas Húmedas de Importancia Internacional, compuesta en la actualidad por 1971 humedales de 160 países, de los cuales España aporta, desde el año de su incorporación (1982) hasta el momento actual, 68 humedales entre los que se pueden destacar por su categoría administrativa de protección, los de Doñana, y Daimiel, aunque si nos centramos en nuestro territorio, La Mancha, los humedales destacables e incluidos son muchos más, dadas sus especiales características y peculiaridades únicas en el contexto nacional.
Así que a priori y sin entrar en más consideraciones, parece que la efemérides del Día Mundial de los Humedales es algo importante a celebrar, y que para La Mancha Húmeda, dada su especialísima y singular conformación lo sería mucho más. Porque  al parecer incluir cualquier zona húmeda en la Lista Ramsar supone un motivo de garantía que asegura su protección, mejora y conservación. Pero… ¿Esto es así en la realidad?

 

En el invierno de 1985, María Antonia Monsalve y Joaquín Álvaro publicaban un artículo en la revista Quercus  con el fin de denunciar la execrable situación en que se encontraba la laguna de Pedro Muñoz (laguna del Pueblo o de la Vega) de unas 40 hectáreas de extensión.
Comenzaban describiendo las características de este humedal: endorreico, alimentado fundamentalmente por las aguas de lluvia y por los vertidos residuales de la población; para seguir detallando a continuación, como si de un patética letanía se tratara, los distintos usos tradicionales que de ella había venido haciendo Pedro Muñoz: márgenes utilizadas como escombreras y basurero local, uso de la cubeta como vertedero para el agua residual, instalación de naves industriales y talleres sin ningún tipo de control; en definitiva, la laguna del Pueblo  era un nauseabundo lugar rechazado con asco por toda la población.
Y sin embargo, pese a ese maltrato generalizado, mantenía la presencia de una abigarrada fauna: azulones, colorados, porrones, ánades friso, rabudos, cercetas, porrón moñudo, cucharas, fochas, pollas de agua, zampullines, lavandera blanca, cigüeñuelas, avocetas, chorlitejos, gaviotas, zampullín cuellinegro, fumareles, lavandera, aguiluchos laguneros; así como una interesante vegetación: anea, tarayes, carrizo, salicornia, y en base a todo ello solicitaban la implantación de medidas que ayudaran o posibilitaran la mejora de la situación.
Naturalmente este artículo, como tantos otros que se escribieron en la época en un intento de denunciar el grave deterioro que padecía lo que ya desde 1981 se había convenido en declarar como Reserva de la Biosfera de La Mancha Húmeda, pasó inadvertido no sólo para el común de la población manchega, sino también, lo que ya es mucho más grave, para las autoridades administrativas que debían velar por su protección.
Y es que hay que considerar que por aquellos años, para los manchegos, estas pútridas lagunas no eran otra cosa que focos de malos olores, criaderos de mosquitos, rémoras del pasado que a todo trance convenía eliminar. El progreso avanzaba en otra dirección: la de las grandes transformaciones agrícolas en base al regadío, la industrialización, el comercio y los servicios; en definitiva, el crecimiento económico puro y duro sin nada más que considerar.
Han pasado más de 25 años desde la publicación de aquella apasionada denuncia, y cabría ahora considerar si han cambiado las cosas, y en este hipotético caso,  si los cambios han logrado mejorar o sólo han servido para maquillar la situación y dejar que todo siga igual.
La laguna del Pueblo o de la Vega de Pedro Muñoz cuenta hoy con un total de 34 hectáreas inundables. Está declarada Refugio de Fauna, forma parte de la Reserva Natural del Conjunto Lagunar de Pedro Muñoz, está incluida en la Lista de Humedales de Importancia Internacional RAMSAR, pertenece a la Red Natura 2000: LIC y ZEPA “Humedales de La Mancha” y está declarada Zona Sensible del Parque Nacional de Las Tablas de Daimiel; es decir, cuenta con una importante protección adminis-trativa oficial.
Pese a todo ello se encuentra eutrofizada de forma perma-nente al recibir los efluentes de la depuradora local y su régimen hídrico se encuentra absolutamente transformado constituyendo las aguas residuales su principal aportación. Ha sido rellenada parcialmente con residuos urbanos, sólidos e industriales, se ha rodeado de un vallado artificial y sigue soportando muy importantes impactos derivados del pastoreo, la caza, el uso recreativo y la mala conservación. En definitiva, una situación absolutamente similar a la de hace tres décadas mediando no obstante, compras públicas de terrenos, Centro de Interpretación y las ya detalladas declaraciones administrativas de protección: ¿Para qué ha servido todo ello? –cabría preguntar.
Pues para constatar que no existe ninguna posibilidad de mejora, recuperación y buen uso de los humedales de La Mancha sin la auténtica implicación de las autoridades administrativas competentes, que ha de ir mucho más allá de efectuar meras declaraciones oficiales de  protección o de montar infraestructuras que luego no son capaces de sostener por la falta permanente de los recursos humanos y económicos necesarios para su funcionamiento permanente de forma oficial; pero también para hacernos comprender que nada de todo esto se puede lograr sin la implicación efectiva de la población local. Y esto es algo que sólo puede conseguirse con dosis masivas de formación y educación ambiental.
Para mantener y cuidar la naturaleza, un bosque, un humedal, un río o cualquier otro ecosistema que podamos considerar digno de proteger, hay que amar aquello que se pretende conservar. Y para amar hay que estudiar, conocer y saber. Sin embargo nada más lejos de la realidad. En La Mancha la educación ambiental ha sido algo prácticamente inexistente aún en los tiempos de bonanza económica. Así que asusta pensar en lo que previsiblemente ocurrirá en los tiempos actuales, sin que exista ningún interés ni aprecio institucional por estos humedales y con la catástrofe económica como benévolo paño de lágrimas con el que todo se puede justificar:  ¡Que Dios nos coja confesados!... Pobres humedales manchegos ¿cuántos réquiem tendremos que entonar?

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