En prosa o en verso, hay una cualidad que, ya a estas alturas de su obra, parece perenne en todos los libros de Pedro A. González Moreno: el presentar una disposición estructural sabiamente elegida que pasa inadvertida, porque no “se ve”, ni parece resultado de una programación a priori, pero que actúa como hilo conductor de la lectura y apuntala su significado último.
Así, antes del peregrinar lírico por paisajes y poblados sobre los que se proyectará una intensa vena melancólica y elegíaca, no deja de agradecerse que en este libro, “Más allá de la llanura” (Biblioteca de Autores Manchegos, Diputación de Ciudad Real), se trate el problema de la “identidad” manchega, servido con sólida documentación y erudición, rebatiendo los prejuicios del “catecismo” y el desprecio snob a lo particular, los complejos de inferioridad, y mostrando una sólida capacidad de argumentación que permite revertir, en beneficio de la propia tesis, planteamientos que podrían revelarse, en principio, contrarios a la misma:
Así, por ejemplo, el carácter de “constructo artificial” de Castilla-La Mancha (resultado de un reparto territorial arbitrario de la división en autonomías), se convierte en un elemento positivo en cuanto permite desvirtuar los tópicos terruñeros y pintorescos asociados a la zona, y defender su esencial multiplicidad tanto en lo meramente natural y paisajístico como en lo más propiamente étnico. No resulta obvio, por desgracia, el recordatorio de los clásicos literarios españoles que nos ha regalado la tierra, o los que la eligieron como motivo de inspiración.
Y mucho menos obvio resulta aún el rescate del olvido de unos cuantos nombres que parecen irremediablemente condenados a estudios regionales y cuya autenticidad queda realzada en su contraste con los fatuos y vanidosos que contaminan nuestro mundo lírico; o que ciertos detalles como el progresivo segundo plano del motivo paisajístico en las nuevas promociones de poetas manchegos se revele como un signo fatídico de la ruptura de los lazos emocionales entre hombre y naturaleza, un signo que alimenta la intensa tristeza con la que está teñido el libro. Ni siquiera la “fábula de Barataria”, que podría tacharse como un elemento caprichoso o accesorio, resulta inapropiada: apuntala el aire ancestral que debe tener todo texto literario que aspire a pulsar el sentir de la tierra y refuerza esa apelación a la toma de conciencia comunal con su moraleja simbólica.
Para la segunda parte, titulada “La Mancha: luces de cal y sombras de la sed”, que es la más propiamente relacionada con la literatura de viajes, es de justicia que se utilice a Cervantes y El Quijote como elementos vertebradores del trayecto, pero también que se planteen alegorías menos previsibles como la del tren, que al fin y al cabo es animal de llanura, símbolo enriquecido con una heterodoxia que le hace rehuir los trayectos mercantiles y pragmáticos al uso y embarcarse en una insólita ruta hacia el sur, por tierras baldías y humedales supervivientes, por donde se desvela la esencial, aunque apenas perceptible para el ojo común, irracionalidad de La Mancha, tierra de “propiedades alucinógenas que, unidas a los efectos de la reverberación de la luz, son causa de extrañas visiones, de ahí que haya sido siempre muy propicia al espejismo”.
Hay semblanzas especialmente lúcidas, como las de Villanueva de los Infantes, un pueblo cuya belleza aspira a hacerse patente en los residuos de una tradición literaria fosilizada por la indiferencia de propios y extraños; o Ciudad Real que, en efecto, sintetiza por sí sola esa agobiante culpa por la desustanciación del pasado histórico y cultural que acecha al viajero en tantos rincones de la región; o Tomelloso, tan peculiar en su contraste entre la llana democratización agraria y una dignidad intelectual que los propios manchegos nos hemos apresurado a desmentir por el sentimiento de culpa de no ser posmodernos.
A propósito de Tomelloso y de la necesaria alusión a García Pavón, narrador (nos tememos) nunca suficientemente reivindicado, se suscita la única pega que podría planteársele al libro: que entre la preponderancia de paisajes, monumentos y retales del tiempo abolido, su autor, “desobedeciendo” no sólo al novelista de Tomelloso sino al itinerario alcarreño de Cela, no haya prestado un poco más de atención a ciertos tipos humanos y psicológicos característicos de nuestra región: pocas cosas más manchegas que aquel erudito local, el “sabio” convecino de Plinio y su compañero de correrías detectivescas, paradigma de la necesaria excentricidad de los nacidos en entornos que imponen represión y miras estrechas, pero volcada a una sabiduría vital y humana poco pulida pero quizá por ello más auténtica, por crecer al margen de los refinamientos académicos e intelectuales.
En relación a la citada intensidad elegíaca del libro, que le permite justos y muy logrados caprichos de evocación subjetiva, como el canto generacional del capítulo “Señas de identidad de una generación perdida” (una vez más hábilmente colocado detrás del retrato de Calzada de Calatrava), hace que cualquier elemento del camino se antoje señal de ruina y desolación, ya se trate de humedales convertidos en secarral, almenas de castillo, o poblachones desolados que hermanan a La Mancha con perturbadores territorios de ficción como Comala, Santa María o el condado de Yoknapatawpha de Faulkner.
Ya al final, y en relación con la habilidad estructural que hemos comentado al principio, encontramos una brillante analogía cervantina para sugerir la intersección entre lo real y lo fantástico que lleva implícita La Mancha y que el autor ha convertido también en su credo estético y en una síntesis esclarecedora (“La belleza desolada”) que acentúa la intensidad lírica al nivel máximo de toda la emoción de que es capaz.
A propósito de lo lírico, conociendo la ya dilatada y la brillante obra poética del autor, una enumeración de las cualidades de su estilo no puede ser sino una obviedad fastidiosa: ahí están las mínimas alegorías de la cotidianidad, la cuidada adjetivación, la simple cadencia musical de tantas oraciones, perceptible en detalles como que varios capítulos culminen con una acentuación climática del tono poético...: en definitiva (y éste era quizá el mejor tributo con que se podía honrar a Cervantes), la evidencia de que las palabras no son un mero vehículo, sino un valor en sí mismas.
Es también habitual en la literatura de González Moreno que determinadas ideas esenciales no tengan una realización verbal explícita, y de ahí que también resulte conmovedor el hecho de que la tristeza del libro no se quede en sí misma, errática y satisfecha en su autocompasión, sino que apunte a un “subtexto” invisible, que no es sino la defensa de una inversión de las relaciones jerárquicas entre hombre y naturaleza (de manera similar, por ejemplo, a la que plantea Curiel en sus recientes “Luminarias”: y no podemos, en este sentido, sino felicitarnos de que este espíritu esté cundiendo con asiduidad tan lúcida en las últimas letras manchegas).
Defensa, en fin, la de “Más allá de la llanura”, que es una llamada enérgica a que el hombre deponga el prejuicio de dominación (léase agresión) resultante de su condición racional y vuelva a esa humildad de sentirse uno más en el ciclo vivo de la naturaleza, de dejarse aleccionar por la tierra: algo que los antiguos, de forma tan intuitiva, sabían convertir en su abecé existencial, sin proponérselo siquiera.


















