De cañas por Almagro sin pisar la Plaza

El turista y el visitante ocasional acaban siempre en el centro de la localidad más turística de la provincia, pero existen bastantes más opciones, algunas de ellas muy recomendables

Francisco J. Otero
Almagro

Eso de que todos los caminos llevan a Roma no es más que una frase hecha, porque en Almagro donde de verdad conducen es a la Plaza Mayor. Que se lo pregunten a los turistas y visitantes, que acaban siempre allí, sentados en alguna terraza, disfrutando de un espacio mágico. Algunos almagreños, sin embargo, luchan de vez en cuando contra la corriente para salir de cañas, alejándose de la Plaza Mayor. Vamos a seguir sus pasos, descubriendo una pequeña parte de todo lo que ofrece la localidad encajera saliendo de centro neurálgico. Hay mucho más, pero esta pequeña ruta nos puede dar una idea de lo que se están perdiendo los que no se atreven a investigar.
Comencemos por la calle Gran Maestre, que viene a nacer al final de la Plaza, donde estuvo la iglesia parroquial de la localidad y ahora reina Diego de Almagro. Frente a los Palacios Maestrales, allá donde los calatravos empezaron a lustrar el pueblo, el Museo Nacional del Teatro en la actualidad, se encuentra La Posada. Se trata de la antigua Posada de San Bartolomé, del siglo XVI, reconvertida en hotel rural. Al margen de las cuestiones gastronómicas, merece la pena la visita solo por la arquitectura.
Solo echarle un vistazo a los patios merece la pena, pero lo que nos interesa a nosotros está a la derecha, según se entra.  La taberna de La Posada, apenas un pasillo, guarda el aroma de otros tiempos. En las paredes, antiguos programas de mano teatrales, alguna carta… La caña está bien tirada y la tapa es sencilla pero aceptable. De cualquier manera, es solo un “aperitivo”, nunca mejor dicho.

Empezamos
Salimos, ya un poco más entonados con la cañita, y seguimos por la calle Gran Maestre. Nos tropezamos con la iglesia de San Bartolomé. Frente a ella, el busto del clavero Fernando Fernández de Córdoba. Preside su plaza, pero a los calatravos Almagro les debe una. Su presencia, sugerida, insinuada, ha sido opacada por la de los Fugger, que nunca estuvieron por aquí. Pasa como con las cañas de la Plaza, que no dejan ver a los turistas el resto. Así que como acto de desagravio, o de homenaje, como prefieran, la siguiente nos la tomamos a la salud de aquellos guerreros, que también fueron monjes. Lo hacemos después de alcanzar la ronda por la misma calle Gran Maestre. Vamos a parar a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, que fue de la Universidad, el AUREA del Festival.  Frente a ella, apenas torciendo a la izquierda veinte metros tras salir a la ronda, El Rincón del Monaguillo. El ambiente taurino encajero tiene en este lugar su tabernáculo, su punto de encuentro, su tertulia. Responde a lo previsto: cuadros y fotografías taurinas en las paredes, algún cartel anunciando corridas fabulosas. Tiene un cierto aire nostálgico, que se acrecentó recientemente con el fallecimiento del Monaguillo, “alma mater” no solo del bar, sino de muchas conversaciones de toros y toreros. Su hijo y su viuda mantienen bien alto el prestigio de este rincón.
El “Monaguillo” es una grata experiencia para los visitantes desprevenidos. Las raciones y tapas llevan nombres del ambiente, taurino se entiende. Así que la conversación gira, normalmente, en torno  a la relación entre el significado y el significante, vamos, en qué tiene que ver lo que se come con el nombre. Por poner un ejemplo, el Lleno de Jesulín es un delicioso plato de almejas. Hagan apuestas sobre lo que les pondrán con una Vuelta al Ruedo, un Pasodoble, unos Atributos, un Ayudao… Contribuye al buen rato no sólo el léxico, sino la calidad del producto y el método, pues pide uno por medio de un formulario y, cuando está lista la comanda, con un micrófono se avisa de que, por decir algo, ya están las Verónicas del Tendido siete. Si su mesa es la siete, vayan a por ellas. Una advertencia: la cerveza es Cruzcampo. Para aquellos que hemos nacido al norte de Despeñaperros, el consuelo es que está muy bien tirada y fresquita.
Dejamos el “Monaguillo” con el pecho “alante, la mano atrás” y seguimos la ronda hacia la derecha. Nos llama, desde el otro lado de la calle, La Bodega, donde un cartel de otros tiempos nos recuerda que se vende queso y berenjenas caseras. Pueden ustedes atarse al mástil y desoír los cantos de sirena o cruzar. Nosotros, estoicos, tomamos la segunda opción, pero si van con tiempo y ganas, crucen.

Llegamos al meollo
Nuestros pasos nos llevan al Bolsillones. Es hora de que se descubran, de que se quiten el sombrero si es que lo llevan puesto. Acaban de lavarle la cara a este bar, aminorando, quizás, la sorpresa de encontrar una cocina sin complejos, atrevida, moderna y tradicional al mismo tiempo, en un local de los de toda la vida, sin pretensiones. Uno de los preferidos de los almagreños, con razón. Su oferta va del cous-cous a la brandada de bacalao, pasando por unos saquitos de marisco o unos tacos, sin olvidarse de sus croquetones, sus tortillas, sus berenjenas o sus gambas al ajillo. Se atreven con un tartar de salmón o un bombón ibérico. Y todo, sin excepciones, está bueno. Las claves son la materia prima, porque, por poner un ejemplo, sus mini hamburguesas no guardan ningún parecido con esas cosas rosas que venden en según que lugares; y la imaginación y el atrevimiento de la cocina.
Si a esas virtudes le suman el precio (la tapa se elige entre una gran variedad y con tres o cuatro no tendrán que cenar) y que la cerveza es Estrella de Galicia, el Bolsillones es un fijo en todas las quinielas. Pongan en el otro lado de la balanza que suele estar lleno, con lo que hay que ir con calma porque no siempre bebida y comida coinciden, y que la acústica no es su fuerte, lo que, dependiendo de la calidad de la conversación, puede ser tanto un inconveniente como una ventaja. ¡Ah! y continúan la tradición almagreña de bautizar las tapas, como vimos en el “Monaguillo”. Pueden preguntar qué es cada cosa. Se lo explican amablemente, pero no hace falta, corren pocos riesgos pidan lo que pidan, excepto el de que se queden con ganas de más.

Buenos vinos
Seguimos la ruta sin movernos prácticamente. Junto al Bolsillones está La Tabernilla. Pocos y buenos vinos, Estrella de Galicia y una cocina de aires modernos pero con raíces profundas. Espectacular su torrezno. No esperen unas cortezas, sino que tiene más que ver con algunas de las versiones sorianas, no todas, claro, que la discusión sobre los torreznos es casi tan irresoluble como el de la cebolla en la tortilla. La existencia de España se basa, en gran medida, en esa disyuntiva, en ese equilibrio entre el yin de los cebolleros y el yan de los anti cebolleros. Con los torreznos, su paso por el horno, cuánto tiempo freirlo a baja temperatura antes de darle el toque final, el adobo o no, son materia de tratados. El de La Tabernilla es una gran pieza, veteada, pero con mucha carne, crujiente y jugosa, coronada por una berenjena de Almagro, más decorativa que otra cosa. La carta incluye una gran variedad de tostas, el clásico “foie” con reducción de Pedro Ximénez, frituras varias y un apartado “mancheguista”, con la Santa Cuatridad: migas, gachas, pisto y asadillo.
Dejamos atrás el Bolsillones y La Tabernilla para encarar el tramo final de nuestra ruta, ya con el estómago agradecido. Bajamos por la calle Pilar para tomar  San Agustín, la vía principal del teatro almagreño, pues en ella se encuentra el Hospital y el Teatro Municipal. En medio de ambos, el Abrasador. Es una franquicia, pero de las que dan tanta libertad a sus franquiciados que éstos dotan de personalidad a sus locales. En el caso de Almagro, Placi, el dueño, lo ha convertido en un referente en la localidad. Su fuerte, en el restaurante, son las carnes, pero en el bar son muchos lo que van buscando sus “Deseos carnosos de berenjena”, tapa con la que ganó el tercer premio del Concurso Provincial hace apenas un mes. Es, básicamente. una tempura de berenjena de Almagro. Incluso para aquellos que mantenemos tensas relaciones con los encurtidos, es apetecible. La cerveza, una vez más, es Cruzampo y. una vez más, está bien tirada. Tratan bien el vino y su oferta de raciones es cuidada y de buena calidad. Hay tostas, huevos rotos, jamón recién cortado… Apuestas seguras para el cliente.

El tramo más largo
Tomen un par de cervezas y vayan al baño antes de salir, que hay que afrontar, antes de llegar a la última parada, el tramo más largo. La verdad es que es apenas un paseo, pero para muchos almagreños, la distancia está bordeando el límite para coger el coche. Bajen en dirección a la Plaza, tuerzan por la calle Encomienda, pasen el Almacén de los Fúcares, que nunca fue suyo, y tomen la calle Tercia hasta desembocar en la Ronda. A la derecha se encuentran la rotonda de la Encajera. La oferta en la zona es amplia. Tienen las mejores pizzas argentinas de la provincia en el Baires, el Santo y, desde la acera de enfrente, reclaman su atención el Calatrava, el Pablo y la Hospedería, pero nosotros nos vamos a sentar en la terraza del Carmelo, otro de los establecimientos míticos. El Carmelo es, sobre todo, un lugar honesto: buenos precios y generosos en la cantidad, especialmente con las tapas, en las que no escatiman. Una oferta tradicional, segura, rápida y profesional. Uno de esos sitios en los que no se falla nunca. O casi, que todos somos humanos.
Fiel seguidor de la tradición bautista encajera, encuentran rodolfos, camperos, tierra y mar y, por supuesto, piruletas. Son tortillas, pollo empanado, bacon.. Todo ello en buena cantidad, con la posibilidad de que el parroquiano elija lo que quiera de sus tapas y la seguridad de que en el plato no va a quedar nada.
Aquí termina nuestra ruta. Es solo una de las posibles. Almagro es mucho más que su Plaza Mayor y lo mejor es explorarlo gastronómicamente por su cuenta. Seguro que descubren muchas cosas que merecen la pena.