Alertas y alarmas sanitarias

En 1976 la revista Newsweek llevaba a su portada una fotografía en la que aparecía un hombre moribundo y un sanitario con mascarilla junto a un titular que decía: “El misterio de la fiebre asesina”. Lo que en ese momento era un enigma no tardó en dejar de serlo. La responsable de la neumonía que afectó a numerosos soldados que acudieron a la convención de la Legión Americana de Filadelfia era una bacteria que, en alusión al cuerpo al que pertenecían los afectados, se denominó legionela. Viendo las declaraciones públicas de algunos responsables políticos en las últimas semanas a propósito del brote de Manzanares, he creído que me estaban hablando de una infección tan desconocida y, por tanto, de consecuencias tan imprevisibles como lo era en 1976. Se ha dicho que la situación en la localidad era “alarmante” y sus vecinos vivían en un ambiente donde reinaba “el miedo”. 

Da la impresión de que más que un escenario así, lo que pretendía era crearse ese ambiente. Los calificativos no describen la realidad de lo que ha sucedido porque, afortunadamente, la infección por esta bacteria, sus síntomas, qué población resulta más vulnerable y la forma de actuar ante la enfermedad es bien conocida por los profesionales y por las autoridades sanitarias. Lo que cabe en estas circunstancias es lo que se ha hecho: estar alerta para detectar cuanto antes el foco de la infección, evitar que se propague y atender con rapidez a las personas afectadas. 

Un ingrediente fundamental en esa tesitura es la información porque da herramientas a los ciudadanos para saber cómo actuar. Es decir, tranquiliza y disipa las dudas que puedan tener y la lógica inquietud que a todos nos invade cuando lo que está en juego es la salud. Para que tenga este efecto la información debe responder a la evidencia científica, ser clara –comprensible para cualquier persona– y estar actualizada al momento. Y un aspecto clave: deber ser unívoca. Es decir, lo que dicen los profesionales y los responsables sanitarios tiene que coincidir con lo que cuentan los medios y con las declaraciones de los políticos. 

¿Se han dado estas condiciones en el brote de Manzanares? Sí, excepto en el último punto. Algunos políticos con sus declaraciones han actuado, una vez más, de manera irresponsable, porque no había motivo para intentar generar alarma. Sí para estar en guardia, para tener plenamente operativos todos los instrumentos de un sistema sanitario de los mejores del mundo como el que tenemos en España –también en Castilla-La Mancha– ; un operativo experto en hacer frente a este tipo de problemas y a otros mucho más graves. Esta capacidad de reacción ha quedado en evidencia; el brote está controlado. Pero también ha quedado clara la voluntad de algunas personas por transformar la alerta en temor. ¿Qué se gana? Desde el punto de vista de la salud pública, nada, porque todos sabemos que el miedo solo mueve a la parálisis y a actuaciones irracionales. 

Llueve sobre mojado, es un fenómeno que se repite periódicamente. Lo vivimos a finales de 2014 con la crisis del ébola, y echando la vista atrás, siete años anes, en 2009, con la gripe A, y en 2000 con el mal de las vacas locas. Pero la situación provocada por el brote de Manzanares reviste dos características singulares que la diferencian de las otras crisis, lo que deberían haber tenido en cuenta algunos políticos. Por un lado, no eran un mal desconocido o de consecuencias imprevisibles como aquellas, y por otro, la mortalidad de la legionela es reducida, alrededor del 4% de los afectados (En Manzanares ha sido todavía menor). Son dos razones de peso para no propiciar la alarma sino la confianza en nuestra capacidad para hacerle frente. En un sistema sanitario como el español no está justificado el miedo, pero hablando de una infección tan recurrente como esta, menos todavía. Salvo que lo que que se pretenda por parte de algunos dirigentes es precisamente eso, provocarlo, con los réditos que ello conlleva.