El toro mitológico

Dada la inveterada afición —que hoy sería tildada como enfermiza por todas las escuelas psicológicas— de Zeus a transformarse en cualquier tipo de animal para seducir a sus amantes, a nadie puede ya sorprender que se presentase en forma de toro ante la jovencita Europa, que se bañaba junto a sus amigas en las dulces aguas del mar Egeo. Tuvo con ella tres hijos, uno de los cuales, Minos, sería más tarde rey de Creta. Y el toro en que Zeus se había transformado fue convertido después en la constelación de Tauro.
Así nace el mito, aunque Zeus ya había adoptado el mismo disfraz para raptar a la ninfa Io. Mito que, como todos los mitos, está lleno de vida y da lugar a sucesivas adaptaciones según las necesidades de los tiempos.
Dice el sentir popular que los hijos pagan los deslices de sus padres. Tal cosa le ocurrió a Minos, aunque sólo fuera por el afán de alimentar el mito y fortalecer la leyenda y la tragedia. Veamos cómo pasó.
Se cuenta que Minos, siendo ya rey, incumplió la promesa hecha al dios Poseidon de sacrificar en su honor el toro más hermoso de sus prados. Tamaña traición llevó a Poseidon a montar en divina cólera e hizo enloquecer al toro —desde entonces llamado Toro de Creta—, que se dedicó a devastar la isla, y caer enamorada por el astado a Pasífae, esposa de Minos. El concubinato entre ambos tuvo como fruto un ser ominoso, con cuerpo de hombre y cabeza de toro, poseedor de lujuria y apetito descomunales, el Minotauro.
Entonces el rey Minos, tal vez deseoso de tapar a los ojos del pueblo las veleidades de su esposa, construyó el laberinto para esconder en él al monstruo, que exigía de forma continua para su condumio los más tiernos y tiernas adolescentes. Hasta que fue derrotado y muerto por otro adolescente de cintura breve y anchos hombros, Teseo, con las armas de su belleza y su astucia. Entretanto, el propio Hércules había conseguido expulsar de la isla al padre del monstruo y amante de la reina, el Toro de Creta.
(Pequeños detalles y variantes de esta leyenda pueden encontrarse en cualquier compendio de “Mitología Clásica”, siendo especialmente recomendable la de Antonio Ruiz de Elvira. Y una moderna vuelta de tuerca a la personalidad del Minotauro está presente en la apasionante novela “Sinuhé el Egipcio”, del finlandés Mika Waltari).
De todas formas, no hay que olvidar que el toro ha estado presente en todas las culturas del ámbito mediterráneo, cuyos habitantes siempre le atribuyeron excelentes cualidades dinámicas y reproductoras. Puede ser considerado como un animal totémico que, como el resto de animales totémicos identificados por los antropólogos en todas las culturas, ha de ser ritualmente muerto y devorado por la tribu para así apoderarse de su arrojo y valor.
Aún así, la figura del toro y sus derivaciones no es de las más repetidas en la mitología clásica. Pero reaparece en el siglo V de nuestra era en el alto Egipto, en el último fulgor del helenismo, coincidiendo en el tiempo con la persecución de los “paganos” organizada por los cristianos en el Bajo Egipto, que Alejandro Amenabar relata con tanto efectismo en su película “Ágora”.
Allí, el iluminado poeta Nono de Panópolis, en su monumental “Dionisíacas”, que es la epopeya del dios Dioniso, ofrece una variante del mito muy poco conocida y que no suele figurar en los compendios de Mitología Clásica, pero que está disponible para la curiosidad del lector en la Biblioteca Clásica Gredos.
Cuenta el poeta que siendo Dioniso aún adolescente mantenía una relación amorosa —ya se sabe cómo eran los dioses antiguos— con un joven humano llamado Ámpelo, que gustaba de cabalgar en los prados un hermoso toro propiedad del dios. Celosa la envidiosa Selene de la belleza y orgullo del muchacho, ordenó a un tábano que aguijonease la piel del toro y este, al recibir la picadura, loco de dolor, descabalgó al joven Ámpelo, que se desnucó contra una roca y luego fue salvajemente corneado por el astado. Tras las tristes exequias, Dioniso condenó a la raza de los toros a morir atravesada por su afilado tirso y convirtió al joven en la planta de la vid. Para adornarse eternamente con sus frutos y poner a disposición de los humanos un lenitivo que echase al viento sus penas.
También cuenta Nono de Panópolis que el propio Dioniso creía soñar que, desde más allá de la muerte, la sombra de Ámpelo le gritaba: “Tengo ojos para ver, pero no puedo ver; tengo oídos para oír, pero no puedo oír”.
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