Francisco García Pavón

          “…Nunca estuve tantas horas en una cama

así de ancha y dura. Tanto que durante el mes que viví

en aquella casa padecí un mal que nunca supe que existía…”

(De su novela “Preferí la guerra”).

          En una de esas carpetas que están muy bien guardadas y que sólo se miran muy de vez en cuando, tiene el que suscribe unas cuartillas, de su puño y letra, de este tomellosero de pro que fue Francisco García Pavón contestando a unas preguntas, a modo de breve entrevista, que servidor le hacía a finales de la década de los setenta para un semanario que por entonces se publicaba en la madrileña ciudad de Aranjuez, en la que el firmante cumplió su servicio militar.

          Noventa y ocho años habrán pasado, -el veinticuatro de septiembre-, del nacimiento de Francisco García Pavón en Tomelloso. Apenas veintiocho habrán transcurrido el próximo dieciocho de marzo de su muerte en Madrid. Y mientras tanto se fueron desgranando siete décadas que tejieron la biografía de este Doctor en Filosofía y Letras; profesor de la Escuela de Arte Dramático, de Madrid; escritor y crítico literario caracterizado, -como puede apreciarse en una buena parte de su creación-, por un exquisito estilo cervantino, aderezado con el gracejo costumbrista. Esta peculiar forma de narrar sus relatos, -aparte de ensayos y críticas más que autorizadas sobre la obra de otros autores-, lo convirtieron en un maestro de la novela policiaca comparable a Ignacio Aldecoa, y de la novela negra, condimentada con la crítica social en la medida que la época lo posibilitaba. ¡Cuánto le debió García Pavón, se me ocurre pensar, al imaginario Plinio, -Jefe de la Policía Local de Tomelloso-, y al también supuesto Don Lotario, veterinario de la época! Y si no que se lo pregunten, incluso hoy, a un público seguidor de pesquisas como robos, asesinatos,… que con su ayuda se esclarecieron  y ubicaron en diversos puntos de la geografía nacional, -también-, aunque mayormente en la provincial.

          Más de cuarenta obras, y hasta de cincuenta si contabilizamos los cuentos y otras que calificar podríamos como menores, salieron de su pluma fruto de su imaginación unas, y otras de la más pura realidad, que podemos clasificar en grandes bloques tales que “Libros de relatos”; “Obras ambientadas en Madrid durante la dictadura de Primo de Rivera”; “Obras ambientadas en Tomelloso durante la dictadura de Francisco Franco”; “Compilaciones”; “Historia”; “Ensayos y crítica social”, y “Artículos”. Porque hacerlo con todas resultaría excesivo recordaré ahora, -que yo creo que nunca viene mal el hacerlo-, algunos de sus títulos y de paso breves fragmentos de su texto, para conocimiento de unos, rememoración de otros y pienso que deleite de todos, o casi. “Cerca de Oviedo”, “Las campanas de Tirteafuera”, “Cuentos republicanos”, de donde entresaco: “…Las mujeres cuando cosían entre los pliegues rojos de las cortinas unas telas blancas, rosadas por el ambiente, como el hilo, con la aguja que parecía encendida, solían recordar a aquella buena Úrsula, amiga de la tía, que murió tan joven, con el pelo negro, copioso y destrenzado sobre el embozo blanquísimo…”; “El tren que no conduce nadie”, donde podemos leer: “…Desde que mi padre leyó su último periódico, pocas estaciones después, María me obligó a sentarme donde él iba siempre, enfrente, junto a la otra ventanilla. No quiso guardar las ropas de papá en las maletas y se las entregó a un viejo que pasó ofreciendo caramelos…”

          Quienes hoy vemos su nombre en facultades universitarias, institutos, certámenes,… no hemos de olvidar que Francisco García Pavón fue finalista del Premio Nadal en 1945, y ganador del mismo galardón veinticinco años después; que logró el Premio Nacional de la Crítica y otros como los concedidos por publicaciones tales que “El Correo Literario”, “Meridiano”, o “Ínsula”, solamente por citar algunos. Muy por encima, es verdad, hemos redescubierto la figura, -su personalidad y su obra-, de Francisco García Pavón. Vayan como rúbrica estas breves líneas de su obra “Los nacionales”: “…Aquel convento de los años cuarenta olía a cocido frío. En el anchísimo patio sólo había tres o cuatro árboles resecos, como si les doliera el riñón. Y en el portal, casi siempre se encontraba a un frailecillo tímido, que andaba muy deprisa, hacía reverencia a todo el que entraba, pero no se detenía con nadie…”