Muchas gracias, Elena y Carme

Pero Dios nos libre de pensar que las mujeres jóvenes no tienen riesgos ahora que no se juegan palpablemente la vida, porque jugarse la vida es también arriesgar el prestigio, la capacidad de ser oportuna, la contingencia de contrarrestar lo bien hecho pero mal entendido, e incluso de equivocarse.

El agradecimiento tiene sus consecuencias y una de ellas es corresponder a los bienes recibidos en la cuantía y calidad recogidas. A eso aspiro, aunque pueda parecer un simple modo de hablar cuando el deseo de daros las gracias procede de alguien que casi os dobla la edad. En la mayoría de las aportaciones de estos días todos resaltan vuestra dedicación, preparación, sentido de la responsabilidad y agudeza para ver los problemas e intuir las soluciones. Dedicación técnica y política por encima de vuestras propias necesidades que no eran menores ni mucho menos. Y no es una cualidad menor vuestros semblantes agraciados, simpáticos e inspiradores de confianza.  
Ya no estáis entre nosotros pero vuestro recuerdo  perdurará por mucho tiempo hasta que otros/otras mejoren vuestra huella; porque siendo importante el ser y el hacer lo es mucho más dejar huella, y ambas lo habéis conseguido. 

Tuve ocasión de asistir a dos reuniones presididas por Carme Chacón en Ferraz por asuntos relacionados con la enseñanza, cuando acababa de aterrizar en Madrid. Nos impresionó al aparecer saludando a diestro y siniestro y pidiendo permiso para elegir sitio donde sentarse. Lo sabía todo, lo que no sabía con certeza lo sospechaba, y nos citó de inmediato para aportar y adoptar  soluciones. Pero este recuerdo no lo traigo aquí para adornar lo que ahora todos elogiamos, sino porque me hace sentir rubor lo que le comenté en la despedida: Carme, no puedes ser tan sencilla, hazte de valer, hazme caso.  Como es natural, no me hizo caso, y gracias a ella y al resto de las mujeres de su generación dedicadas a la política, las mujeres de ahora no tienen que retar a nadie sino dejarse ser.

Mucho se ha dicho del contraste entre generaciones y casi siempre por encontronazos entre los mayores que creen que lo han vivido todo y los menores que piensan que descubren la pólvora a cada paso. Pues bien, no es cierto que los mayores hayamos vivido todo y que a los jóvenes no les quede cancha, y si no permítanme una última reflexión.

Mi generación puede hablar de los riesgos de pertenecer a un partido político o un sindicato clandestino en los últimos años del franquismo, y sobre todo del miedo. Y si no, que se lo pregunten a la familia de Arturo Ruiz, muerto de un balazo o más, por osar escribir “libertad” en una pared. Pero Dios nos libre de pensar que las mujeres jóvenes no tienen riesgos ahora que no se juegan palpablemente la vida, porque jugarse la vida es también arriesgar el prestigio, la capacidad de ser oportuna, la contingencia de contrarrestar lo bien hecho pero mal entendido, e incluso de equivocarse. El reconocimiento de la tropa por Carma Chacón embarazada y sus gritos femeninos de ¡Viva España! Y ¡Viva el Rey! no fueron actitudes chocantes, sino riesgos superados que han dejado huella.

Emociona la juventud de las que nos han dejado recientemente y eso hace que nos fijemos más y mejor en sus cualidades, pero también debería servir para que prestemos atención a tantas mujeres que también han dejado o están dejando huella; para pisar por esas huellas e ir dejando las nuestras. En el partido socialista hay muchísimas porque el PSOE es un partido de oportunidades y es de agradecer que hayan tenido buena vista: García Page al elegir a Elena Cruz, y J.L. Rodríguez Zapatero al recurrir a Carme Chacón. 
D.E.P.