“Debemos ponernos todos los días las gafas de la igualdad y la inclusividad social”

Feminista por vocación y responsabilidad, la profesora de Pedagogía de la  Facultad de Educación ha recibido por derecho el I Premio por la Igualdad de la Diputación provincial. Investigadora inquieta, día a día escudriña las causas de la desigualdad para que algún día haya una verdadera equidad social entre hombres y mujeres. Pragmática y realista, prefiere el concepto inclusivo -aunque sea de nueva creación- y abarcar todo tipo de identidades que mantener palabras que perpetúan el machismo. Originaria de Almadén, inició sus análisis de género en la Universidad de Granada, donde forjó un espíritu crítico que le llevó a usar las gafas violetas, esas que cuestionan comportamientos y dichos discriminatorios. Allí tomó lecciones de quienes han sido sus referentes, Francisca Castellanos, Ana Rubio, Cristina Carrasco y, sobre todo, Dolores Villuendas, su directora de tesis. Y desde el escenario que fue “una ventana al mundo” llegó a la UCLM, donde ofrece a los alumnos herramientas didácticas para que como futuros maestros o agentes sociales puedan desmontar el discurso patriarcal. Del legado de sus investigaciones le han dejado poso las “poco estudiadas” mujeres rurales de la provincia, “inteligentes y proactivas”, aunque desgraciadamente se muevan en un “suelo pegajoso”.

J. Y. / Ciudad Real

PREGUNTA.- ¿Qué significado tienen para usted este tipo de premios? ¿Ayudan a visibilizar a las mujeres, el empoderamiento y la lucha contra la discriminación?

R.- Me parecen muy necesarios porque, más allá del carácter lúdico y festivo que tienen, visibilizan el trabajo y las trayectorias a favor de la igualdad que, como es mi caso, venimos haciendo desde hace mucho tiempo. La Diputación también ha querido resaltar el trabajo que he hecho a nivel provincial, porque siempre he estado vinculada a la ruralidad y al trabajo de las mujeres de Ciudad Real, aunque mi historia académica está en Granada. El galardón no pone la lupa en mi persona, sino en el trabajo por visibilizar  a las mujeres que se hace en mis investigaciones y desde la cotidianeidad. Me siento satisfecha y lo comparto con personas que me han acompañaron en mi travesía.

P.- ¿Cuándo empezó su activismo a favor del feminismo?

R.- La toma de conciencia fue en la Universidad de Granada, cuando empecé a tomar contacto con movimientos estudiantiles y con la teoría feminista a través de la carrera (Pedagogía), y de las magníficas sesiones en teoría educativa de profesoras  como Francisca Castellanos. Después, durante las clases de mi doctorado, centrado en el estudio de género con carácter interdepartamental, que fue pionero a nivel nacional, me introduje mucho más en estos movimientos escuchando a Ana Rubio (Derecho), Cristina Carrasco (de la Universidad de Barcelona), y a mi directora de tesis, Dolores Villuendas (Psicología). Con todas estas perspectivas tomo conciencia de que es importante ser feminista para luchar por la igualdad, sobre todo al conocer los datos que desvelan las lacras que sufrimos las mujeres, no sólo a nivel nacional, sino en todo el mundo. Por todo esto, la Universidad de Granada, intercultural y cosmopolita, fue para mí una ventana al mundo, ya que además fue una época de intensa convulsión educativa. Fue cuando subieron las tasas y se produjeron los primeros recortes y, como consecuencia, se crearon redes reivindicativas que me llamaron mucho la atención.

P.- Como mujer empoderada desde muy joven, ¿se ha sentido minusvalorada o ha sufrido alguna discriminación, como denuncia el vídeo ‘A mí también me ha pasado’, donde artistas, políticas y otras mujeres famosas cuentan experiencias traumáticas?

R.- Cuando era alumna, no me sentí marcada por ser mujer, aunque en clase éramos la mayoría chicas y empecé a detectar que era víctima de algunos micromachismos, que se hacían efectivos en el piropo, en el cuestionamiento a mis capacidades cuando exponía un trabajo frente a determinados profesores, en la preferencia de los  profesores a la hora de dirigirse a los pocos chicos… Y donde he notado más el machismo ha sido en la universidad como profesora. En estos ámbitos hay una discriminación muy perversa, que consentimos porque no somos capaces de detectarla. El feminismo te pone las gafas y yo he sido más sensible a esas pautas, a los comentarios o miradas de compañeros que me han cuestionado públicamente mi defensa del lenguaje inclusivo y mis investigaciones, incluso han hecho escarnio público. Para empezar, cuando llegué a la antigua Escuela de Magisterio tuve que luchar porque al rótulo de la puerta de mi despacho se le añadiera una ‘a’ y pusiera profesora, y tuve que dar explicaciones a una compañera sobre mi entrada como profesora, a través de un concurso público y baremado y sin ser la pupila de nadie.

La profesora de la Facultad de Educación durante la entrevista / Elena Rosa

P.- A qué se refería en su discurso cuando instó a “no bajar la guardia” ante “las desigualdades que nos acechan” en los ámbitos identitario, sexual y cibernético?

R.- A que en la evolución del feminismo se han ido desvelando nuevas identidades en la sociedad. Es un movimiento con una herramienta política y social que ha traído libertades para las mujeres y los hombres, y ha ayudado a que se abran muchos armarios, como el de lo Trans, el LGTBI, el de la perspectiva Queer,.. Y cuando eso se evidencia con categoría humana surge las dudas y se entienden estas identidades como peligros. Consideran que desestabilizan los núcleos de las familias tradicionales, y frente a la comprensión y a la interacción hacia estas nuevas identidades, hay un acoso y una reducción de las mismas. Es un  hostigamiento, a veces sutil y simbólico, y otras veces, directo, que hace que aparezcan nuevas desigualdades. En cuanto al ámbito de internet, siguen  exponiendo a las mujeres de manera hipersexualizada, semidesnudas, como objeto de deseo, como una cara y un cuerpo bonito, al margen de nuestras capacidades e inteligencia. Eso hay que revisarlo y vigilarlo, porque las mujeres no queremos renunciar a la belleza ni al erotismo ni a ser potencialmente visibles, pero con connotaciones unidas a nuestras capacidades. 

P.- Usted investiga las relaciones entre el género y la educación, y trabaja con futuros profesores, ¿qué herramientas les está dando para combatir la desigualdad?

R.- Hay una herramienta que estoy descubriendo, que es la reflexión-acción, con la que pongo en relación a los estudiantes con los datos y los discursos reales. Debatimos mucho sobre casos de la calle, en los medios de comunicación y sobre su propia cotidianiedad y realidad. Impulso la reflexión con discursos de igualdad, pero les doy mucho la palabra y que hagan aportaciones en bruto. Tenemos unos alumnos que cuando tratan conocimientos que tasan la igualdad, y que demuestran que con ellos la sociedad avanza mejor y con más calidad, se filian. También introduzco la perspectiva de género, figuras femeninas y masculinas que se han dejado la piel porque  las mujeres tengamos mayores cotas de responsabilidad, además de investigaciones y didáctica con materiales coeducativos. Cuando se expone toda la argumentación encima de la mesa con criterio, el alumnado se filia.

P.- ¿Quiénes son más receptivos las chicas o los chicos?

R.- Las clases con eminentemente de mujeres, la educación sigue siendo un campo muy feminizado y, en general, les cuesta entrar y asumir dinámicas de igualdad. Afortunadamente, en la facultad hay un grupo de profesores que trabajamos esta perspectiva en diferentes asignaturas y además organizamos actividades complementarias y culturales, y eso cala. Otra herramienta es el lenguaje, y hacemos un gran esfuerzo por mantener el lenguaje inclusivo, muy apoyado por el actual equipo decanal, con Charo Irisarri a la cabeza, una mujer de un gran recorrido feminista.

P.- Entonces, es importante que hombres y mujeres estemos unidos en la lucha contra la desigualdad, ¿no?

R.- Es importante que los hombres estén, pero si no quieren estar, no pasa nada, las mujeres tiramos de muchos carros. Creo que está en la calle y los varones tienen la oportunidad de aprender junto a nosotras. A mí cada vez me gusta menos hablar de lucha, es un camino que debemos recorrer, es de obligado cumplimiento en el ámbito formal, pero voluntario en el resto. Estamos hombres y mujeres, y personas que no se identifican con los marcadores ni femeninos ni masculinos (queer), a mí me gusta decir ‘todes’, y tenemos que estar en el camino de la igualdad para tener  mejor calidad de vida y más cotas de representatividad. No se puede convencer a los que no quieren, aunque al final se dan cuenta.

P.- Sobre su publicación 'Las mujeres de la provincia de Ciudad Real como agentes promotores del desarrollo sostenible', ¿Qué conclusiones sacó?

R.- Mi interés por el mundo rural viene desde que hice la tesis sobre la formación de la mujer en el ámbito de Ciudad Real. Fue hace más de 15 años, cuando analicé el impacto de las ayudas a mujeres contempladas en los programas europeos Leader y Proder. Me encontré a mujeres muy activas, propositivas, con ideas y posibilidades de entrar como agentes activos en las mancomunidades y en las cooperativas, aunque con un suelo pegajoso al carecer de recursos económicos. Hallé a gente maravillosa, inteligente, a gestoras de casas rurales, agricultoras, ganaderas, gestoras medioambientales y, en definitiva, a catalizadoras del desarrollo de su territorio. También destacaba el movimiento asociativo de amas de casa, las voluntarias y otras jóvenes que quería revertir sus estudios en la universidad en sus entornos. Posteriormente, analicé  la conciliación de las agricultoras.

P.-  ¿Y cuál es la radiografía que obtuvo?

R.- Es casi la misma que la de la tesis y que concluye que las mujeres en esos núcleos tienen muchas dificultades para su vida personal pero son muy interesantes a nivel social porque no dejan de llevar a cabo actividades que las desubican del espacio privado. Están en las cooperativas, en los ayuntamientos, en las asociaciones, son dinamizadoras culturales y mantenedoras de sus tradiciones, pero están poco investigadas y se desconoce lo que hacen porque persisten los juicios previos de que están en sus casas.

P.- Usted también ha estudiado  el uso del lenguaje no sexista como herramienta de un mundo más igualitario, ¿qué representa?

R.- Soy beligerante con la Real Academia de la Lengua (RAE)  porque creo que no hay una herramienta más democrática para la igualdad que el lenguaje, y si hay un motor de avance es el que nos podamos comunicar e interaccionar. Todos hemos oído lo que es un hombre público y una mujer pública, por ejemplo, y hemos tenido que patalear y levantar la voz demasiado. Se da mucho poder a esta institución, y tendrá poder pero no razón. Creo que igual que incorporan palabras actualizadas a la realidad y que por el uso se institucionalizan, se tendrían que hacer con otros conceptos sociales relacionados con el género y que nos representan a ‘todes’. Hay personas que no se sienten vinculadas a ningún género. Los medios de comunicación también deberían estar más atentos y usar un lenguaje más inclusivo  como alumnado, ciudadanía o docentes. Es cuestión de ser conscientes y ponernos todos los días las gafas de la igualdad y de la inclusividad social.